Cómo es la iniciativa científica para evitar colisiones de satélites en un espacio cada vez más congestionado

Un equipo del Laboratorio Lawrence Livermore de Estados Unidos simuló durante seis años esa cantidad de trayectorias en el espacio cercano a la Tierra y la Luna para anticipar colisiones en un entorno orbital cada vez más congestionado y vulnerable a tormentas solares que afectan a la Tierra

Infobae

La órbita baja de la Tierra dejó de ser un territorio casi vacío. Hoy funciona como una autopista invisible satelital que sostiene la vida moderna. Comunicaciones, navegación por GPS, observación climática y transmisión de datos dependen de miles de satélites que cruzan el cielo a gran velocidad.


A esa flota se suman fragmentos de misiones pasadas, restos de cohetes y piezas de antiguas colisiones. En conjunto, más de 45.000 objetos creados por el ser humano rodean el planeta.

El crecimiento resulta vertiginoso. Solo SpaceX despliega una megaconstelación que supera los 9000 dispositivos. Amazon anunció su propio proyecto de gran escala. China avanza con planes similares.

Más de 45 mil objetos
Más de 45 mil objetos creados por el ser humano orbitan la Tierra, entre satélites activos restos de cohetes y desechos espaciales (NASA)

El calendario de lanzamientos previsto para 2026 anticipa aún más tráfico. Este aumento transforma la órbita baja, situada entre 200 y 1.200 kilómetros de altitud, en un entorno denso y complejo.

En ese contexto, un equipo del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore en California presentó una herramienta que podría marcar un punto de inflexión. Los investigadores modelaron un millón de órbitas durante seis años en el espacio cislunar, que incluye la región entre la Tierra y la Luna. El objetivo fue comprender la estabilidad de las trayectorias y detectar zonas de posible congestión futura.

El desafío técnico resultó colosal. El laboratorio utilizó una base de datos de acceso abierto y recurrió a las supercomputadoras Quartz y Ruby. El cálculo demandó 1,6 millones de horas de CPU. En una sola computadora, ese trabajo habría requerido más de 182 años. Con la infraestructura del laboratorio, el procesamiento tomó apenas tres días.

El Laboratorio Lawrence Livermore simuló
El Laboratorio Lawrence Livermore simuló un millón de órbitas durante seis años para anticipar colisiones en el espacio cislunar (UMA)

El volumen de datos permitió aplicar técnicas avanzadas de análisis. Denvir Higgins, científico del LLNL, explicó el alcance del proyecto: “Cuando se tienen un millón de órbitas, se puede obtener un análisis muy completo mediante aplicaciones de aprendizaje automático”. Y agregó: “Se puede intentar predecir la vida útil de la órbita, su estabilidad o detectar anomalías para ver si una órbita se mueve de forma extraña”.

El resultado ofrece un mapa dinámico del comportamiento orbital. Aproximadamente la mitad de las trayectorias simuladas permaneció estable durante al menos un año. Menos del 10 por ciento mantuvo estabilidad durante los seis años completos. Este dato revela que la estabilidad prolongada no constituye la norma, sino la excepción.

La investigación aporta otra lección clave. Predecir con precisión la posición futura de un satélite no resulta sencillo. Travis Yeager, también científico del LLNL, lo expresó con claridad: “Si quieres saber dónde estará un satélite dentro de una semana, no existe una ecuación que te indique dónde estará”. Luego subrayó el método necesario: “Hay que avanzar poco a poco”.

Ese avance gradual define la dinámica orbital. Cada objeto responde a múltiples fuerzas, desde la gravedad terrestre y lunar hasta la presión de la radiación solar. En un entorno con miles de trayectorias activas, pequeñas variaciones pueden generar cruces peligrosos. La nueva simulación permite identificar intersecciones potenciales antes de que se conviertan en amenazas reales.

Las supercomputadoras Quartz y Ruby
Las supercomputadoras Quartz y Ruby procesaron 1,6 millones de horas de CPU en solo tres días para modelar trayectorias orbitales (Freepik)

El riesgo invisible que crece con cada lanzamiento

La utilidad de este mapa adquiere mayor relevancia ante un escenario inquietante. Diversos estudios advierten sobre la posibilidad de un efecto en cascada conocido como síndrome de Kessler. Según esta hipótesis, una colisión accidental podría generar fragmentos que impacten otros satélites, lo que produciría más escombros y nuevas colisiones. El resultado sería una reacción en cadena capaz de inutilizar regiones enteras de la órbita baja durante décadas.

La densidad actual acerca ese escenario a la realidad. En 2025 se registraron 300.000 maniobras de evasión por parte de dispositivos de una sola empresa para evitar impactos. Este dato ilustra la intensidad del tráfico espacial. Cada satélite ejecuta ajustes constantes bajo supervisión desde Tierra. El sistema funciona como una coreografía precisa, sostenida por algoritmos y monitoreo continuo.

Sin embargo, esa coreografía depende de un equilibrio delicado. Un estudio reciente introdujo un indicador denominado CRASH Clock para estimar el tiempo disponible antes de una colisión grave si se pierde el control activo.

Solo la megaconstelación de SpaceX
Solo la megaconstelación de SpaceX supera los 9 mil satélites, en una órbita baja cada vez más congestionada (Freepik)

El resultado fue alarmante. En caso de interrupción significativa, el margen crítico podría reducirse a apenas cinco días y medio. Si los operadores perdieran el control durante 24 horas, por ejemplo ante una tormenta solar, la probabilidad de una colisión catastrófica aumentaría al 30 por ciento.

Las tormentas solares constituyen el factor externo más inquietante. Estas erupciones del Sol alteran la atmósfera superior de la Tierra y provocan su expansión. El aumento de fricción modifica las trayectorias orbitales y exige más maniobras correctivas. Además, pueden afectar sistemas electrónicos y comunicaciones, lo que limita la capacidad de respuesta de los satélites.

Un evento extremo similar a la tormenta Carrington de 1859, que dañó la infraestructura telegráfica de su época, hoy impactaría redes eléctricas y sistemas de navegación. En ese contexto, el control orbital podría quedar comprometido en cuestión de horas. Un satélite sin capacidad de maniobra se convierte en un proyectil impredecible dentro de un entorno saturado.

Una tormenta solar que interrumpa
Una tormenta solar que interrumpa el control durante 24 horas elevaría al 30 por ciento el riesgo de colisión catastrófica (NASA)

La simulación de un millón de órbitas ofrece una herramienta para anticipar estos escenarios. Permite detectar zonas donde múltiples trayectorias convergen y evaluar la estabilidad de cada ruta a lo largo del tiempo. También brinda información para planificar lanzamientos futuros con mayor precisión.

El aporte resulta especialmente valioso en ausencia de coordinación global. Los países y empresas lanzan satélites sin un sistema internacional unificado de gestión del tráfico espacial. La nueva metodología proporciona datos que podrían apoyar decisiones regulatorias y estrategias de mitigación de riesgos.

La pregunta de fondo apunta al límite del crecimiento orbital. La órbita baja se convirtió en un recurso estratégico, pero su capacidad no es infinita. Cada nuevo lanzamiento incrementa la complejidad del sistema. Sin herramientas predictivas avanzadas, el margen de error se reduce.

La órbita baja situada entre
La órbita baja situada entre 200 y 1200 kilómetros sostiene servicios clave como comunicaciones navegación y observación (Evreka)

El trabajo del LLNL no elimina el riesgo, pero aporta una base cuantitativa inédita. Al modelar un millón de trayectorias, los investigadores construyeron un laboratorio virtual del espacio cercano. Allí se pueden ensayar escenarios, medir estabilidad y anticipar intersecciones críticas antes de que ocurran en la realidad.

El espacio alrededor de la Tierra ya no es un vacío silencioso. Funciona como una infraestructura vital y frágil. El nuevo mapa orbital revela que el orden actual depende de cálculos constantes, maniobras precisas y condiciones solares favorables. También muestra que la estabilidad prolongada no resulta garantizada.

Frente a un entorno cada vez más congestionado y expuesto a fenómenos naturales inevitables, comprender la dinámica orbital se vuelve una necesidad urgente. La simulación masiva marca un paso decisivo en esa dirección. El desafío ahora consiste en traducir ese conocimiento en políticas y tecnologías que mantengan el equilibrio antes de que una colisión desencadene el colapso que los científicos intentan evitar.

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