Adiós, Muñeco: River ganó y despidió a la leyenda
El Millo, en un Monumental emotivo y caliente, superó 3-1 a Banfield. Comienza una nueva etapa.
OléLa noticia no tapó la historia. Consigna de estado de WhatsApp hecha trapo que baja desde la tribuna San Martín Alta junto con al alias convertido en eterno mantra. Un emotivo “Muñeco, Muñeco” que sacude las fibras por primera vez pasaditas las 18.45 de un jueves. Que se repetirá hasta el límite de lo incontable durante la tardenoche de la despedida de Marcelo Daniel Gallardo. Para algunos prematura, para otros tantos demasiado incómoda. Pero para casi todos, indigerible.
Pero el eslogan del telón es claro. Por eso el rugido por las tantas noches en la que hubo en qué creer. Por los catorce títulos. Las dos Libertadores. Los clásicos ganados ante Boca. Madrid. Mendoza. El “sí, sí, sí” en la escalera de la Bombonera, la historia hermosísima retratada en los marcos LED del anillo interno y en el video del club para homenajear al símbolo eterno.
Al mito que es remera, que es lágrima de padres que sollozan con sus criaturas de seis o siete añitos, que no vivieron las gestas del Muñeco pero que crecieron con la leyenda. Es una silueta adherida a una gorra, un cartel escrito en fibrón dándole las gracias, es la sonrisa de los que por honor a lo ocurrido fueron al Monumental solamente para aplaudirlo, para honrarlo. Para disfrutar una última vez a quien fue -y será para siempre- Napoleón.
Un Gallardo que llegó a ser estatua de seis toneladas y media. Pero que demostró ser humano. Y falló en las decisiones, en cambios, en elecciones de mercados multimillonarios para las escalas argentinas y que no tuvieron rédito. Y que luego de intentar “recuperar el espíritu” como lo había prometido al volver en 2024, de ver que nada de lo proyectado salió. Y que, entonces eligió el adiós como proceso sanador ante una realidad que el domingo sintió irreversible: la falta de respuestas de ese mismo plantel que modeló para competir por todo en las últimas horas de febrero decantó en despedida.
Un entrenador que habló con la formación que eligió para su última función. Con dos de sus hijos futbolísticos repatriados en la segunda era - Gonzalo Montiel y Lucas Martínez Quarta, quienes en la intimidad sintieron fuerte en el corazón la partida del Muñeco- entre los nueve canteranos titulares -otros dos ingresaron en el segundo tiempo. Más un estreno ( Facundo González) y el juvenil que queda como la mejor noticia del último sprint del segundo ciclo, Joaquín Freitas.
“Muñeco, Muñeco”.
La gente le canta. Gallardo agradece. Alza la mano. Luego junta palmas, ofrece disculpas por no haberlos podido hacer felices como en otros tiempos. Se sienta en el banco pero luego se para. Activa. Da indicaciones. No quiere que parezca una despedida sino uno más de sus partidos de esa segunda era de 570 días que está próxima a extinguirse. Por eso no quiso ningún reconocimiento, ni plaquetas, ni camisetas. Cero cotillón: sólo él y la gente para una última función. Quizás es por eso, porque todavía el dolor le pesa, es que evita los gestos de emoción ante el abrazo de Lucas Martínez Quarta luego del 1-0. Una corrida que fue múltiple y a la que MG respondió con solemne tranquilidad. Esperando el saque del medio. Y que siga, siga...
El Liberti arenga una esperanza que sabe bien que no tiene fundamento. Que ya hay una decisión tomada, anunciada en un video de dos minutos que el lunes hizo crujir corazones. Lo hace justo después de que el resistido Sebastián Driussi marcara el segundo. Otra vez abrazo. Otra vez, agradecimiento sin aspavientos de un técnico que prefería prescindir de esos gestos.
Un Gallardo que, sin embargo, rememora una versión propia de antaño. Y pega un salto eufórico revoleando las manos y mirando hacia la tribuna para celebrar el gol del pibe Freitas, que se queda en el córner para el grito sagrado. El tercero que decorará un resultado casi alegórico: un final con un 1-3, con la paradoja que quien precipitó el desenlace fue Guillermo. Rebuscada mano del libretista del destino.
Es la última explosión en un Monumental que poco a poco se prepara para una última emoción. El final de Hernán Mastrángelo. El saludo que cruza con todos sus colaboradores antes de caminar hasta la mitad de la cancha de un Gallardo que le mete dos líneas de cuatro al lagrimal para evitar quebrarse.
Que saluda a los árbitros, a Martínez Quarta, el capitán al que designó para la función despedida, y que regresa por el mismo sendero, solo, dejando atrás a sus futbolistas en el círculo central y hundiéndose en las penumbras del túnel. Dejando atrás y solos a los futbolistas. Aquellos que una vez más escucharon ese fuerte rugir de un estadio Liberti que entró en incandescencia apenas el prócer salió de escena.
Un último mensaje. Una última señal. Una última imagen de un entrenador que ya habita otra vez en esa historia que escribió.


