Independiente no pudo con Newell’s: un partido rutinario y las agresiones contra Malcorra

El exvolante de Rosario Central fue el centro de los ataques de los hinchas rojinegros

Hay partidos que invitan a vestirse de frac, galera y bastón. Por juego asociado, por calidad de las individualidades, por todo lo que el fútbol puede tener de arte y de belleza. Escasean en nuestros torneos, pero siempre cabe la esperanza de encontrar agujas en los pajares. Hay otros partidos, la mayoría, que son días de trabajo en la fábrica. Exigen arremangarse, ponerse el delantal de laburo, sudar y rasparse desde el minuto uno al 90 y pico. Resulta sencillo imaginar cómo fue el que lucharon y pelearon Newell’s e Independiente en el Coloso Marcelo Bielsa.


Fue 1-1 sobre el final, como para dejar expuesto que ninguno de los dos había hecho méritos suficientes para ganar, aunque le cayó mejor al local, que logró sobreponerse a su impotencia y nulidad futbolística para igualarlo a puro empeño, dientes apretados y centros a la olla. Al Rojo, tal como le ocurrió en el debut frente a Estudiantes y definió Gabriel Ávalos, su goleador, le quedó “un sabor raro”, la sensación de que volvió a dejar escapar un par de esos puntos que suelen doler en la suma a fin de año.

El abrazo de Malcorra a Ávalos, autor del gol de Independiente en el Coloso Bielsa
El abrazo de Malcorra a Ávalos, autor del gol de Independiente en el Coloso BielsaJuan Jose Garcia - FOTOBAIRES

Será imposible saber si Gustavo Quinteros planificó algo diferente a lo que enseñaron los suyos en Rosario. Lo concreto es que sin duda habrá estado muy alejado de sus prédicas y del camino con el que pretende erigir a su equipo en protagonista del campeonato. Por razones ajenas, sin duda, pero también propias.

Plantó el entrenador un conjunto con carácter teóricamente ofensivo. Apostó por Lautaro Millán, mediocampista de espíritu atacante, como supuesta compañía de Rodrigo Fernández Cedrés en la tarea de recuperación y juego; y confió en la sabiduría de Ignacio Malcorra para manejar los hilos en el tercio final de la cancha. Si la idea tenía que ser dominar el juego a partir de la posesión, sin dudas que falló. El Rojo nunca fue capaz de adueñarse de la pelota, más allá de un puñado de segundos por acción.

Es verdad que el Rojo tuvo enfrente un ejército dispuesto a cavar todas las trincheras posibles para impedirle un diálogo fluido con el balón, pero no fue menos cierto que le faltaron ideas, claridad, movilidad y sutileza técnica para lograr que los pases lleguen a otro jugador vestido de blanco. No tuvo circulación en la salida, tampoco encontró espacios para elaborar en el medio y mucho menos, talento en la llegada.

La pelota en el medio; ni Leonardo Godoy ni Valentino Acuña logran dominarla
La pelota en el medio; ni Leonardo Godoy ni Valentino Acuña logran dominarlaJuan Jose Garcia - FOTOBAIRES

Sí tuvo una dosis de contundencia. La que le permitió sacar ventaja a los 33, cuando Ávalos peinó un pase largo de Rodrigo Rey, Malcorra prolongó hacia Matías Abaldo, el uruguayo le ganó por única vez en la noche a Armando Méndez, su derechazo fue repelido hacia el centro por Gabriel Arias y el mismo delantero paraguayo que había iniciado el ataque, de tijera, marcó el 1 a 0.

Después, en el segundo tiempo, el Rojo incluso empeoró su imagen. Porque agigantó su déficit en el manejo del juego y, además, multiplicó una falencia que ya había asomado desde el arranque: la incapacidad para rechazar los centros cruzados con los que la Lepra le bombardeó sin piedad el área. Rodrigo Rey le había ahogado el grito a un cabezazo de Saúl Salcedo antes del descanso. Le anularon un tanto por fuera de juego a Nicolás Goitea en la segunda parte. Alcanzó la igualdad en el enésimo, a los 44, cuando en la medialuna Jerónimo Gómez Mattar ganó en el salto, devolvió la pelota al área y Michael Hoyos la acomodó junto al palo derecho. Y hasta pudo ganarlo con el último golpe de cabeza de Saúl Salcedo que se fue apenas ancho.

Lucha y forcejeo en lo alto entre Lomónaco y Cóccaro
Lucha y forcejeo en lo alto entre Lomónaco y CóccaroJuan Jose Garcia - FOTOBAIRES

El empate agónico, de todos modos, no tapa las infinitas deficiencias que mostró el local, dentro y fuera de la cancha. “Newell’s es un club en terapia intensiva”, sentenció Ignacio Boero, presidente desde diciembre apenas asumir el mando. Se refería principalmente a una deuda que ronda los 25 millones de dólares, aunque algunos estiran hasta los 35 millones. Vista la primera presentación del año del rojinegro en su estadio, ya tiene como para sumar unos cuantos argumentos a su diagnóstico.

El imponente espectáculo de pirotecnia y bengalas que brindaron las tribunas para recibir al equipo demoró muy poco tiempo en afearse. La presencia en el conjunto rival de un “enemigo” con pasado reciente en Rosario Central como Malcorra (no debe olvidarse que un nene de categorías infantiles fue sancionado por el club después de pedirle un autógrafo), comenzó a alterar el juego y el estado nervioso del partido en cuanto el veterano volante se acercó a patear el primer córner.

Llovieron encendedores y otros elementos que el jugador fue entregando al árbitro Daniel Zamora. El encuentro se detuvo un par de minutos y la mecha quedó encendida. A los 39 de esa primera mitad, Malcorra tuvo la ocurrencia de acercarse a la línea de fondo propia para ubicarse como barrera ante un tiro libre. La lluvia fue esta vez más contundente: un palo y una botella de plástico con algo de líquido en su interior. Hubo pedido de calma desde los parlantes y charlas con la policía y el delegado de la Liga Profesional.

Ocurriría una vez más a los 29 de la segunda mitad, ya con menos virulencia. Cuando le tocó salir, a falta de seis minutos para el final, Malcorra dejó escapar su bronca hacia los hinchas rosarinos con un gesto inequívoco.

Quedó demostrado que Boero tiene por delante una tarea titánica para levantar la economía de su club. Pero también otras semejantes para mejorar la conducta de su gente en las tribunas (la presión sobre los jugadores se hizo sentir desde mucho antes del cierre) y de esa manera aliviar la densidad del aire y permitir que el juego del equipo pueda levantar la puntería. Fue empate en Rosario. Un 1 a 1 que no pasará a ninguna historia. Un partido olvidable, como cualquier día de trabajo rutinario y aburrido en la fábrica.

Lo mejor del empate en Rosario

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