El día que España y Portugal se repartieron Groenlandia sin saberlo: pasó en un pequeño pueblo de Valladolid en 1494

Mientras los diplomáticos de los Reyes Católicos regalaban el 90% de la mayor isla del mundo por no saber dónde terminaba el mapa, una legión de balleneros vascos convertía el hielo en la primera zona industrial del planeta mucho antes de que Dinamarca se adueñara del Ártico.

Mariano Tovar
As
En junio de 1494, un grupo de hombres se sentó a trocear el mundo en Tordesillas. Tenían un problema: Cristóbal Colón había vuelto de las “Indias” con más preguntas que respuestas y el mapa se les había quedado pequeño. Necesitaban una raya. Una frontera que les permitiera descubrir un mundo que se había vuelto gigantesco sin terminar a bofetadas.

Trazaron una línea imaginaria, que daba la vuelta al mundo de polo a polo, a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. A la izquierda, para Castilla; a la derecha, para Portugal. Fue un reparto de ciegos. Lo que aquellos diplomáticos no sabían, mientras movían la pluma sobre pergaminos que eran más fe que geografía, es que al proyectar esa línea hacia el norte estaban cortando Groenlandia como quien corta un queso.

Por pura ignorancia, España le acababa de regalar a Portugal el 90% de la isla más grande del planeta. En aquel despacho de Tordesillas, Groenlandia era algo tan irreal como la Atlántida; una leyenda de vikingos en un lugar inhóspito. En aquella reunión nadie sospechaba que estaban entregando un territorio casi cuatro veces más grande que la Península Ibérica, simplemente porque no sabían dónde terminaba el mundo por arriba. Lo más curioso es que el 10% que correspondió a España era la zona de Thule, donde hoy está la base militar estadounidense y la parte más estratégica del Ártico.

El día que España y Portugal se repartieron Groenlandia sin saberlo: pasó en un pequeño pueblo de Valladolid en 1494El papel que troceó el mundo: Original del Tratado de Tordesillas firmado el 7 de junio de 1494. Unos cuantos folios de pergamino y una línea trazada por ciegos bastaron para que España regalara Groenlandia a Portugal sin que nadie en Valladolid sospechara que el mapa seguía hacia arriba.

Portugal no tardó en reclamar su pedazo de nada. En el año 1500, un hidalgo llamado Gaspar Corte Real zarpó de las Azores en busca del Paso del Noroeste hacia las especias de Asia. Lo que se encontró no fue la ruta a las Indias, sino un muro de hielo impenetrable. Acostumbrado a la luz de Lisboa y al agua tibia del Atlántico Sur, Gaspar bautizó aquel infierno como “Terra Verde”. En una de esas bromas macabras de navegante, en un desierto de dos millones de kilómetros cuadrados donde el único color es el blanco cegador y donde no crece ni una brizna de hierba, él describió una tierra verde con frondosos bosques.

Pero Gaspar no se dio por vencido. Regresó a Groenlandia un año más tarde con tres naves. Poco después, envió de vuelta a dos de sus barcos para que contaran el nuevo fracaso en la búsqueda de un paso que no existía entre los icebergs, pero él decidió quedarse allí y seguir intentándolo. Nunca más se supo de él. El Ártico no deja testigos.

La tragedia no terminó con un solo cadáver. En 1502, su hermano Miguel, devorado por la culpa o por la misma ambición ciega, armó otra expedición para rescatar a Gaspar. Cometió el mismo error, y también desapareció entre el hielo de Groenlandia y la bruma de Terranova. Un tercer hermano, Vasco Anés, quiso ir en su rescate en 1503, pero el rey ya no lo permitió: a ese ritmo, Groenlandia iba a dejar Portugal sin marinos. Aquel “regalo” de Tordesillas era en realidad una trampa mortal que no se dejaba domar por imperios.

El día que España y Portugal se repartieron Groenlandia sin saberlo: pasó en un pequeño pueblo de Valladolid en 1494El primer mapa del mundo moderno y la prueba de la carambola de Tordesillas. En el Planisferio de Cantino (1502), la 'Raya' corta el Atlántico y deja a Groenlandia —dibujada como una península verde en el norte— bajo el control de Portugal.

Mientras los aventureros morían, la gente real buscaba dinero real con mucho más éxito. Y en el siglo XVI, lo más valioso no era el oro, sino la grasa de ballena. Era el petróleo de la época, el combustible que iluminaba las noches de Europa. Aquí es donde la historia se convierte en una aventura épica protagonizada por balleneros vascos.

Desde puertos como Orio, Pasajes o Bermeo, salían expediciones comerciales que llegaban hasta el fin del mundo. Los vascos eran los mejores marinos del planeta y los únicos con el cuajo suficiente para clavarle un arpón a una ballena en aguas que congelan los pulmones. No eran cuatro locos en una barca; eran barcos de 200 toneladas con tripulaciones de hasta 60 hombres que operaban con una precisión quirúrgica.

En lugares como Red Bay, en Terranova, los arqueólogos han encontrado restos de 15 estaciones balleneras vascas. Había hornos para derretir la grasa, talleres de tonelería y cementerios. Aquellos hombres de Guipúzcoa y Vizcaya crearon la primera zona industrial del Ártico y Groenlandia era zona de paso y de caza. Llevaban miles de barricas desmontadas en las bodegas y regresaban con ellas llenas de aceite, una carga que hoy valdría millones de euros.

El día que España y Portugal se repartieron Groenlandia sin saberlo: pasó en un pequeño pueblo de Valladolid en 1494Durante casi un siglo, los balleneros vascos fueron los auténticos reyes del Atlántico Norte.

El dominio fue tan absoluto que entre 1530 y 1600 los vascos fueron los reyes de los mares del norte. En las tabernas de Islandia y en las costas de Groenlandia se llegó a hablar pidgin, una lengua que mezclaba el euskera con dialectos algonquinos e islandés. Es una imagen que parece de ciencia ficción: un arponero de Bermeo negociando con un esquimal en una lengua inventada por la necesidad de entenderse entre el hielo. Pasó.

España nunca colonizó Groenlandia porque el hielo no brillaba tanto como el oro y la plata del Nuevo Mundo. Pero el Tratado de Tordesillas dejó un rastro jurídico curioso. Durante siglos, la soberanía de aquellas tierras estuvo en un limbo. El giro definitivo llegó en 1721, cuando un misionero noruego-danés, Hans Egede, convenció al rey de Dinamarca para que le dejara ir a buscar a los descendientes de los vikingos. No encontró ni un solo noruego vivo, pero en lugar de darse la vuelta, se quedó y fundó lo que hoy es Nuuk. Dinamarca se quedó la isla definitivamente en 1814, tras las guerras napoleónicas. Gracias al Tratado de Kiel le arrebató a Noruega sus derechos sobre el hielo. Pero si los balleneros vascos hubieran decidido plantar una bandera en el lugar en que cazaban ballenas, el mapa del Ártico hoy podría ser muy distinto

Entradas populares