Rayo-Real Madrid / El Madrid se duerme
El Rayo le arranca un empate al líder con justicia en un partido cerradísimo. Mbappé anduvo desaparecido.
Lo cierto es que el líder se dejó dos puntos y dio síntomas de andar extraviado después de un buen comienzo de curso. Los fantasmas del pasado volvieron a visitarle.
Batalla, en una de sus intervenciones durante el choque.JAVIER GANDULCambiar tras una derrota evita muchas explicaciones. Esa mezcla de falta de descanso de algunos y exceso de desencanto con casi todos justifica cualquier medida. Las que tomó Xabi Alonso fueron más moderadas que severas: Asencio, que estuvo impecable, por Militao y Brahim, apagado, para suplir la ausencia obligada de Tchouameni. Dos retoques para volver al 4-2-3-1 y dejar a todas las piezas nucleares a salvo de la quema, Vinicius incluido. Se entiende. Fue el verdadero agitador de un equipo amodorrado. Tampoco esta vez entró Trent, cuya llegada hizo más ruido que su juego. Así que Valverde siguió en comisión de servicios como lateral.
El Rayo había llegado al partido aquejado de ese brote de egos alborotados que afecta con más virulencia a los grandes. Su primera gran remontada europea tuvo el ‘spin-off’ de la discusión entre Balliu e Iñigo Pérez, agravada con la espantada posterior del entrenador que dio hasta para un gabinete de crisis en el vestuario. El once, en cambio, no habló de revolución. Volvieron siete titulares que no lo fueron ante el Lech Poznan en la variante más conservadora de un equipo valiente: un mediocentro (Pedro Díaz) de mediapunta, un extremo (Isi o De Frutos, según los casos) de nueve.
De Ratiu a Vinicius
Vallecas, en cualquier caso, no lo pone fácil. Lo dice el número de magnicidios que se contabilizan allí. Un campo pequeño, un público presionante, un equipo atentísimo en la presión y muy periférico en todos los sentidos, desde la localización del barrio a sus mejores futbolistas, todos de banda. Uno de ellos es Ratiu, un lateral que a veces se olvida de que lo es. Suya fue la primera gran ocasión del partido, en un ataque de extremo que le llevó hasta el área pequeña para disparar por el palo de Courtois. Por su lado fuerte es casi inexpugnable. Por el débil, casi también.
Hasta entonces el partido era una planicie, mucho pase, ninguna progresión en el último tercio y un tirito de Arda Güler para confirmar que se jugaba con porterías.
Batalla se anticipa a Bellingham en el área del Rayo.Susana VeraSin embargo, a raíz de la ocasión del rumano creció mucho la actividad. De pronto, el Madrid erró dos blancos fáciles. Batalla le sacó a Vinicius un tiro a quemarropa por intuición felina (pudo haber penalti previo de Chavarría a Bellingham) y Asencio, sin nadie en tres metros a la redonda, cabeceó sin tino un centro templadísimo de Carreras. También se rompió Pedro Díaz e Iñigo Pérez decidió subir el nivel de vigilancia al parchear el percance con un segundo lateral izquierdo, Pacha Espino. El movimiento se completó con el pase de Álvaro a la posición de punta.
Todo coincidió con la entrada en juego de Vinicius, que también quiso sacar partido de esas alegrías de Ratiu. Dos esláloms estuvieron a punto de cuajar. Mbappé, en cambio, seguía en Anfield: poco auxiliado, poco propositivo. El Rayo, en cambio, se mantenía firme y osado: seguía alejando al Madrid de su área y le presionaba con cierto éxito en la salida, tan atento a los detalles como su técnico, que braceaba en la banda de una tarde fría con su manga corta habitual. No le asustan ni el Madrid ni el este de Siberia.
Cambios que no cambiaron nada
Para evitar un mal mayor, Xabi metió a Militao por el amonestado Huijsen, santificado prematuramente. Poco a poco el Madrid fue imponiendo la lógica y comenzó a empujar al Rayo hacia su área sin capitalizar ese dominio. Güler rozó el palo con martillazo desde fuera del área, Batalla le negó el hueco a Bellingham junto a su palo y Mbappé, que hasta entonces se había tomado la tarde libre, cruzó demasiado un misil de derecha.
Iñigo Pérez advirtió el peligro que se cernía sobre su equipo y comenzó a meter piernas frescas (Fran Pérez y Óscar Valentín). Para entonces el partido ya no tenía costuras. El Madrid apretaba, pero replegaba mal y se exponía demasiado. A punto estuvo de hacérselo pagar dos veces De Frutos antes de ser sustituido. Ese ya no era el equipo metódico y ordenado de Xabi Alonso. La entrada de Ceballos tuvo mucho que ver con aquellos minutos fuera de control, mientras su equipo buscaba los últimos intentos apelando a las permutas: Camavinga en la derecha, Mbappé dejándose ver por la izquierda, Vinicius probando por el centro. Como nada resultaba Xabi gastó su última bala, Rodrygo, otra vez en la derecha, pero aquello ya tenía mal remedio. La batalla de la intensidad estaba perdida.


