Falleció José Gandarillas, querido periodista cochabambino

JNN Digital

En la soleada tarde de este lunes 28, algo casi inédito en el génesis de un otoño frío y brumoso, el periodista José Antonio Gandarillas Jiménez (Gandacho, para su entrañable círculo laboral) falleció a la edad de 85 años (nació el 13 de junio de 1936).


Cochabambino de nacimiento (y wilstermanista de corazón), Gandarillas dedicó casi toda su vida (62 años) al periodismo deportivo, desarrollando una vasta carrera en medios radiales y escritos, principalmente en el diario Los Tiempos, donde se mantuvo en actividad durante 45 años, incluso después de acogerse a la jubilación.

Amante del deporte y del ejercicio periodístico, la trayectoria de Gandarillas comenzó de una manera casi anecdótica, ofreciendo resultados de los campeonatos argentino y español a la redacción del diario El Mundo, cuando era casi imposible obtener esa información por la escasez de recursos para acceder a los servicios de las agencias de noticias. Gandarillas, extraordinariamente hábil para recoger información de las emisoras radiales del exterior e inusitadamente veloz para el registro de los datos extraídos de las ondas de radio, ofrecía un insospechado caudal de noticias deportivas -resultados, alineaciones, tabla de clasificación- para plasmarlas en la sección dedicada al deporte y que comenzaba a contar, cada vez, con más ávidos lectores, cuyo apetito informativo se buscaba saciar. Gandarillas, estudiante de la carrera de Economía hasta 1959, fue incorporado por Carlos Dalence, editor de deportes de El Mundo, donde comenzó como colaborador y, paulatinamente, incursionó en otras áreas de producción hasta, finalmente, encontrar su sitio en el mundo como periodista deportivo. Las noticias deportivas las recibía a través de emisoras del exterior e interior y para ello contaba con una radio en la que podía captar radiodifusoras de todo el mundo y del interior del país para seguir de cerca los programas deportivos y noticiosos y para escribir para el periódico y la emisora. En los eventos automovilísticos, transmitidos en tiempo real por las emisoras radiales, Gandarillas exhibía una descomunal destreza en el cálculo de los tiempos de carrera de cada piloto y en la construcción de la clasificación final. Su velocidad mental para ejecutar operaciones complejas era admirable y muy requerida en un tiempo en el que no existían dispositivos electrónicos que aliviasen la pereza del cerebro.

Cuando estaba en el tercer curso en economía en la Universidad Mayor de San Simón, su trayectoria dio un giro. Felipe Cáceres, que trabajaba en un programa deportivo de Radio Cochabamba, le invitó a participar de sus emisiones. Comentó sobre el fútbol, en la primera gran época de Wilstermann, donde brillaban figuras como Máximo Alcócer, Ausberto García, Renán López y César Sánchez. Tal experiencia le inoculó la pasión por el periodismo, cambiándole la vida. Dejó la universidad para desarrollar una profesión diferente a la que seguía.  Entre 1960 y 1966 pasó a trabajar en radio Nacional, donde colaboró con Dalence en el programa deportivo “Salud América”, que informaba sobre todos los preparativos de las selecciones sudamericanas que participaron en la Copa América de 1963.

Hombre bonachón, de sonrisa perenne, era un optimista de ley. Nada parecía ensombrecer ese rostro amigable y bondadoso, que proyectaba una paciencia inagotable en un ámbito a veces cruel e incapaz de distinguir la sutil división entre broma y ofensa, desatando perturbadoras mofas que buscaban alborotar su alma benigna. Afable en las tertulias, apacible en los tumultos retóricos y calmo en las horas convulsas de un cierre de jornada, Gandarillas exhibía la calma de un monje Zen, imperturbable y pragmático, capaz de ofrecer soluciones simples a dramas mayúsculos. Como muchos que habitan las noctámbulas salas de redacción de los ya casi extintos medios escritos -aquellos heridos de muerte por la inmediatez que ofrecen los recursos tecnológicos de la era digital-, Gandarillas llevaba esa vida vampírica de los periodistas de antaño, alérgicos a la luz del día y cómodos entre las inescrutables sombras de noches eternas, saciando su avidez de noticias, adictos sin cura a insomnes jornadas de trasnoche.

Ante la inminencia del cierre de edición, la sala de redacción solía adoptar ese aire fantasmal que confiere el profundo silencio y el súbito vacío, apenas profanado por algún tecleo tardío, que reverberaba tenebroso en la fría atmósfera de un recinto apenas iluminado. Solía ser Gandarillas, apurando la última noticia, cerrando la portada, con el aire espectral que, cuando se extinguían las luces de neón, adoptaba el responsable del cierre, moviéndose entre sombras perezosas y sonidos dormidos. Su aire apacible no agitaba la voraz exigencia de los custodios del cierre, siempre atormentados por una estructura programática ajena a la dinámica de acontecimientos sin tiempo, pero implacables -como capataces- para dar cumplimiento al gran diseño empresarial. José Gandarillas no solía complicarse con nada. Resolvía todo con celeridad, acomodándose a las prisas, aún si eso implicase sacrificar algo. Luego, cumplida la labor, montaba su aparatosa bicicleta Hércules y se adentraba en la oscura y silente quietud de la interminable noche.

Era una persona simple, que evitaba las complejidades innecesarias, de vida plena y sin mácula, nunca torcida por vicios perversos. De risa fácil y sincera, Gandarillas era una invitación a la alegría, a tomar la vida por el lado luminoso. Nada parecía cambiar su humor, salvo que perdiese Wilstermann. Aún así, lo sufría en silencio, sin exteriorizar emociones ahogadas en la búsqueda de explicaciones inverosímiles. Le faltaba espíritu crítico, quizá por buscar siempre el lado bueno de los hechos. No era una persona rencorosa, ni cuando fuese desafiada su tolerancia. 

En 1964 fue a trabajar a Radio Centro (junto con Dalence), que emitió por primera vez en febrero de ese año. Permaneció en la emisora hasta 1985 no sólo en el programa deportivo, sino también elaborando noticias del interior del país. Fue premiado por dar la primicia de la muerte del presidente René Barrientos en Arque, del general Joaquín Zenteno Anaya en Paris, Francia, y del expresidente Juan José Torrez en la Argentina, cuando estaban como jefes de prensa Adolfo Mier Rivas y José Nogales Nogales.

En su trayectoria periodística también trabajó en los periódicos Extra y Prensa Libre desde 1966 hasta 1977. El 12 de septiembre de ese año fue contratado, como corresponsal, por el diario Hoy de La Paz, cuando el jefe de la página deportiva era Miguel Velarde. Al mismo tiempo, hacía notas para Los Tiempos, donde trabajó desde el 26 de septiembre de 1977 (previamente de mayo del 76 a septiembre del 77, fue corrector). También desarrolló su labor en los diarios Clarín, Correo Boliviano, La Voz y Gente, que se editaban en Editorial Canelas.

Escribió una nota deportiva para la revista El Gráfico de Argentina. Comentó sobre Wilstermann en todos sus viajes al exterior, tanto en emisoras como diarios del extranjero.  Por muchos años, colaboró en la página principal, las páginas locales de Los Tiempos. En síntesis, pasé casi por todas las secciones del periódico, ya que además fui director interino en Prensa Libre, durante unas dos semanas, porque el cargo quedo acéfalo.

Su trayectoria le valió a Gandarillas recibir en 2010 el galardón de "Ciudadano Meritorio", como parte de los reconocimientos que hicieron las autoridades en el Bicentenario de Cochabamba. También recibió los honores del Círculo de Periodistas Deportivos de Cochabamba (CPDC), entidad de la que fue socio fundador en 1960.

Nadie que haya compartido una sala de redacción con José Gandarillas, en sus largos años en el periodismo, tendrá poco que contar. Siempre saltará alguna anécdota, algún relato risueño, alguna historia inverosímil sobre insólitos duelos de esgrima con las reglas para diagramar como arma, sobre graciosos émulos de lucha libre o competencias ciclísticas de madrugada en las desérticas calles. Muchos narrarán vivencias compartidas, experiencias edificantes, todas agradables, jocosas, vivificantes. Quedarán, perennes, sus gratos recuerdos ahora que, tristemente, se adentró en la noche infinita.



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