Crisis de gobernanza el Real Madrid

Lo que se necesita el club es una dirección técnica profesional, y un presidente que rinda cuentas a los socios, que compita en unas elecciones más abiertas y con un número de mandatos limitado

Carlos Sebastián
El País
La actual crisis deportiva del Real Madrid es la consecuencia de una crisis más profunda de carácter institucional. Es un caso claro de mala gobernanza que, como ocurre en muchos países y en otros tipos de organizaciones, suele causar deterioro en su funcionamiento y malos resultados en su actividad.


No es exagerado decir que en el Real Madrid la toma de decisiones está muy concentrada en una persona. Y que esa persona, elegida en su día por los socios, no tiene limitación de mandatos —una característica muy indeseable en la mayoría de los modelos de gobernanza, que no está presente en algunas sociedades deportivas como el Barça—, ha impulsado además un cambio de reglas que dificulta la aparición de rivales en las elecciones, y esos cambios "constitucionales" han sido aprobado por un subconjunto de socios —los compromisarios— escasamente representativos y relativamente manejables.

Esa forma de ejercer el poder, que es la causa del deterioro institucional, suele ir acompañada de un estrechamiento del aparato de decisión. Este es evidente en la sección de fútbol del Real Madrid. Basta compararla con la de clubes alemanes y británicos, pero también con la de la sección de baloncesto del propio Real Madrid, que tiene un sólido proyecto deportivo dirigido desde hace años por profesionales especialistas. Una manifestación de este raquitismo de la dirección técnica es la ceguera ante las carencias de la plantilla, ocultadas por el triunfo en Kiev, final a la que se llegó con tres buenos partidos fuera de casa (seguidos de dos desastrosas actuaciones en el Bernabéu), en una temporada en la que el juego y los resultados en Liga y Copa fueron impropios de un club puntero. Pero aún peor, el dirigente único no sólo fue incapaz de percibir lo evidente —la necesidad de renovar la plantilla— sino que hizo oídos sordos cuando su entrenador —el mejor del mundo, según sus palabras— supeditó su continuidad a la renovación del equipo. Pero la plantilla no solo no se renovó, sino que se deterioró aún más con la pérdida de su gran goleador. Y aquí estamos.

Ahora, manteniendo la analogía con los países institucionalmente subdesarrollados, se nos anunciará un Salvador. Pero no es esto. Lo que se necesita es un club con una dirección técnica profesional y un presidente que rinda cuentas a los socios —los propietarios del club, según dice él, aunque lo cierto es que el presidente actúa como si fuera el único propietario—, que compita en unas elecciones más abiertas y, también, insisto, que tenga el número de mandatos limitado.

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