ANÁLISIS / A Wilstermann no le alcanzó con la luz de Chávez

Wilstermann extendió a la Copa Libertadores la crisis que padece en la competencia doméstica. Igualó sin goles con un Boca Juniors cauteloso, intimidado por sus temores a la altitud. Ante un equipo escasamente propositivo, Wilstermann no tuvo fútbol. Se apoyó en la luz de su figura, pero sin acompañarle, exhibiendo su involución y su progresiva desintegración colectiva.


José Vladimir Nogales
JNN Digital
Un mal aire sopla por el Capriles desde hace semanas, entristeciendo las almas del wilstermanismo. Toda la ambición, la coherencia y el descaro de los últimos años se están congelando en poco tiempo, azotados por ese viento fatal. Ya no parece tratarse sólo de un mal comienzo, de la dificultad típica para arrancar un nuevo curso laboral sin dejarse vencer por la rutina. Tanta derrota, tanta inoperancia ya no parece un mal pasajero. Del estado actual ya no quedan dudas. La depresión de Wilstermann es un hecho.


Si el equipo estaba deshilachado, la afición tampoco contribuyó a elevar los ánimos. Quedó mucha grada al descubierto. Un escenario descolorido que se confundió con el fútbol pálido de Wilstermann. La actitud del equipo de Portugal, con el perfil ofensivo que le confería la presencia de un batallón de atacantes, resultó tan propositiva como irrelevante fue su juego. Wilstermann estuvo precipitado, demasiado ansioso, sin ritmo, sin conexiones en el centro del campo. Sólo Chávez, encontrando zonas explotables a espaldas de Marcone y Nández, intentó poner algo de orientación en su fútbol. Con las bajas prestaciones de Saucedo y Ortíz, el equipo estaba reventado por el eje y los recursos que aún le quedaban en escena se anularon por sí mismos. Pongámosle nombres: Serginho y Lucas, dos futbolistas que sostuvieron a Wilstermann la pasada campaña, han empezado la actual en estado vegetativo. Y ahí quedó Wilstermann, voluntarioso, aplicado y estéril, incapaz de encontrar salidas ante un rival que no deparó sorpresas, que vivió de la fórmula clásica que, a falta de otras alegrías, mezcla organización y trabajo, adobados con alguna perla que Tévez o Benedetto se guardan en el joyero. Cuando Tévez consiguió combinarse con Reynoso, Almendras o Benedetto, encontrando espacios a espaldas de los siempre dispersos volantes, Boca dispuso de oportunidades. Cuando le tocó defender, o sea, casi siempre, el cuadro xeneize lo hacía con dos líneas de cuatro perfectamente dibujadas entre la media luna y el círculo central. Con tipos duros, como Nández, entregados a la causa de cerrar espacios y obligar a Wilstermann a pensar. Buena estrategia. Principalmente, si se tiene en cuenta que al equipo rojo le cuesta pensar. Sobre todo, no lo consigue en el centro del campo, esa despoblada franja de terreno por la que la pelota transitaba con dificultad.

Sin ritmo, sin circulación fluida, sin ir más allá de las generosas prestaciones de Chávez, Wilstermann no logró perturbar el disciplinado posicionamiento de Boca. En consecuencia, tampoco procuró su desgaste. El cuadro argentino controló con eficacia los espacios, no sufrió en ninguna zona y, cuando pudo, descargó en Tévez (luego Zárate) y Reynoso la responsabilidad de articular alguna réplica. La imprecisión, atribuida al estado del campo, conspiró contra sus posibilidades.

A Wilstermann no le faltó coraje, pero de juego estuvo tieso. Dispuso de oportunidades para anotar, fruto de la inspiración de Chávez o algún aislado destello individual, pero nunca como efecto de su juego. Saucedo acusó falta de ritmo y Ortíz dio demasiadas señales de angustia. En la izquierda, Serginho hizo algunas cosas interesantes. Por la derecha, muy poco de Núñez. Por ahí, el equipo anduvo rengo, obligado a recostarse sobre la izquierda. Núñez, perezoso y turbulento, no ayudó casi en nada, ni compareciendo en el área llevándose marcas para descomprimir espacios. Quedaba petrificado en el perímetro, viendo, sin inmutarse, el desarrollo de la acción. Cuando se le pinchó el físico, fue sustituido por Tonino Melgar, que aportó manejo, apoyo a Chávez, pero restó desborde, presencia periférica.

Boca se encontró comodísmo en un partido donde se defendió con mucha gente y contragolpeó con cierta claridad. En todas las zonas del campo parecía que habían más jugadores de Boca. O al revés. Wilstermann ha llegado a un punto donde siempre aparece desnudo. Permanentemente parece tener menos gente: en defensa, en medio campo y en la delantera. Lo pagó frente a Boca que, sin consumir mucha energía, se movió por el campo con toda naturalidad. Nunca entró en crisis. Sólo le faltó dar el golpe.

Pese a disponer de oportunidades para ganar (el triple despilfarro abajo del arco tras desborde de Chávez, el tiro pifiado de Saucedo y el disparo en comba que Chávez ensayó y salió junto al poste, con Andrada tieso como estatua) , el fútbol de Wilstermann quedó muy expuesto. Se reveló falto de ritmo, escaso de rodaje, desintegrado. El 0-0 con Boca no evita pensar que el equipo está condenado a una temporada dramática. Tiene difícil el torneo local (quinto, a seis puntos del líder), el fixture de la Copa es terrible y la posibilidad de regeneración no existe. Con las rotaciones, Portugal perdió invaluable tiempo y ha desintegrado al equipo de un modo flagrante.

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