El modelo Portugal naufraga sin remedio
José Vladimir Nogales
JNN Digital
Y se desmoronó Wilstermann. Venía de incrustarse en el lote de equipos que pelean el campeonato, pero dos derrotas consecutivas en casa lo pusieron delante del espejo. Porque la pirotécnia de engañosos resultados tapaba la realidad: el equipo no tiene una construcción futbolística definida. Estaba parado sobre arenas movedizas y, en algún momento, se iba a hundir. Por eso, no puede extrañarle a nadie que este preocupante momento haya adquirido formato de crisis.
Más que vencer, el equipo de Portugal necesitaba convencer. No hizo ni una cosa ni la otra. No aprovechó el envión anímico que presuponía su holgada victoria en Warnes. Wilstermann fue un manojo de nervios al que no le brotó ni una idea. No tuvo fútbol, como hasta ahora, ni tampoco coraje para quebrar a un medroso Guabirá, que hizo bandera del fútbol basura.
Fue, el de ayer, un Wilstermann sin ideas, sin fútbol y, lo más grave de todo, sin convicciones. Un Wilstermann que cambia de nombres y esquema como de camiseta, pero que sigue sin saber a qué juega. El armado de Portugal, tanto como el dibujo –pretendidamente ambicioso- falló otra vez. Dispuso la presencia de dos hombres de área y dos extremos (Serginho y Núñez) con reconocible vocación ofensiva y escaso apego por el retroceso. Por la irrefrenable inclinación de los extremos a irse de punta, el dibujo asumía la forma de un ultraofensivo 4-2-4, con los riesgos que esa estrategia conlleva, si los extremos no auxilian en la ocupación de espacios en el centro del campo. Pero, por llenarse de atacantes, se quedó sin medio campo. Los dos volantes que Portugal incluyó en el organigrama eran Villarroel y Ortíz, pero ninguno de ellos alcanzó importancia en el manejo. Fue una falla grosera de Portugal: no contó, por decisión propia, con una manija y, en consecuencia, el equipo no tuvo vuelo. La obstinación del técnico con sus incoherentes rotaciones está llevando a Wilstermann al desastre, mucho más por insistir con Villarroel, un jugador liviano en exceso, que no encuentra su sitio en el campo ni en el organigrama y que, vaya coincidencia, figura en la nómina de todas las catástrofes. El tándem Pedriel-Álvarez tampoco funcionó: porque nunca fue bien abastecido, porque Pedriel está completamente fuera de forma y porque Álvarez aún no retornó de su abducción saudí.
Presionado por Mojica, Ortiz falló clamorosamente. Perdió un balón crítico en salida, exponiendo a todo el desorientado personal. En desventaja, la pelota empezó a quemar a Wilstermann, porque siempre estuvo descompensado, acelerado, descompuesto. En ese contexto, todo le salía mal y no por ausencia de fortuna. Parecía que nadie escuchaba los retos de Portugal, los reclamos de la gente, ni la supuesta autocrítica que ensayaron en la intimidad. Serginho, fastidiado, era el símbolo de la impotencia. El ingreso de Chávez no corrigió el descalabro de Portugal ni los errores de bulto de un colectivo descompuesto.
Guabirá hizo su negocio, aunque se retrasó demasiado. Mucho más después del penal fallado por Pedriel. Pero sostuvo el resultado por la densidad de su defensa y la seguridad de su juego aéreo. Anotó el segundo tras un certero contragolpe que encontró pésimamente dispuesta la contención de un equipo desbocado por la ceguera de su insensata búsqueda.
Wilstermann fue puro nervio y aceleración y, en este contexto, ya no puede pensar en pelear el campeonato. Ahora viene Destroyers, volverán Saucedo y Alex. Pero Wilstermann necesita que vuelva el fútbol. Urgente.


