El ultra que busca sacar partido a un navajazo

Bolsonaro utiliza las redes sociales para hacer campaña mientras se recupera en el hospital de la cuchillada

Tom C. Avendaño
São Paulo, El País
Llevaba una camiseta amarillo chillón para que, luego en las fotos, se le distinguiese entre los cientos de seguidores agolpados a su alrededor. Jair Bolsonaro, el odiado ultraderechista y, a la vez, el admirado hombre de a pie que le planta cara a la élite política brasileña, el candidato con más intención de voto y más rechazo en las encuestas para las presidenciales de octubre, estaba flotando muy visiblemente sobre cientos de sus partidarios. Iba cargado en hombros, en Juiz de Fora, una ciudad de medio millón de habitantes en lo profundo de Minas Gerais, al sudeste de Brasil. Y de forma igualmente visible, en un segundo todo empezó a ir mal.


Bolsonaro grita y se lleva las manos al costado. Un enfermo mental de 40 años acaba de apuñalarle en el abdomen con un cuchillo de cocina. Le ha cortado una vena y parte de su intestino grueso. Algunos testigos comentarían luego que vieron las heces del candidato desparramarse por la escena. Varios hombres agarran el cuerpo para llevarlo al hospital. Son tantos y van tan rápido que, a lo lejos, solo se ve la camiseta amarilla. Son las tres de la tarde y Brasil está a punto de sumirse una vez más en lo desconocido. Por primera vez en su joven democracia, un candidato presidencial ha sido atacado.

Bolsonaro fue operado de urgencia y con éxito. Para cuando despertó, todo había cambiado. Sus 12 rivales habían interrumpido sus campañas. Las instituciones de las que tantas veces se había burlado le deseaban lo mejor. Y él, Jair Messias Bolsonaro, tendría que estar hospitalizado una semana más y reposando en casa el mes que falta para los comicios.

Todo eso suponen buenas noticias para él. Hará campaña exclusivamente a través de las redes, donde ha demostrado estar más cómodo que en los mítines y los debates y donde tiene más de cinco millones de seguidores. Su equipo rastrea obsesivamente todos los datos: en las 24 horas siguientes al ataque, acaparó el 98% de las búsquedas en el Google brasileño y fue mencionado en Twitter 1,7 millones de veces. En el mundo real, la campaña queda delegada a sus hijos, el candidato al Senado Flavio y el diputado Eduardo. También está su número dos, el candidato a vicepresidente y exmilitar Antônio Hamiton Mourão, quien se empeña de mantener viva la conocida marca Bolsonaro. El viernes se plantó ante una periodista que había sido torturada por los militares y defendió la dictadura. “Los héroes matan”, argumentó.

Salidas de tono de ese tipo es lo que llevaron a Jair Messias Bolsonaro, hijo de un dentista ambulante, a meterse en política. Se había alistado en el Ejército como paracaidista hacia el final de la dictadura militar (1964-1985), donde no destacaba gran cosa. Pero en 1986 escribió una carta a la revista Veja, una de las mayores de Brasil, quejándose de los sueldos de los bajos rangos militares. Aquello le ganó 15 días de prisión militar y el comienzo de su carrera política. Al poco tiempo, era elegido concejal en Río de Janeiro y congresista en 1991.
La mayor votación en 2014

En su hemeroteca hay diatribas a favor de la dictadura y contra cualquier minoría imaginable (“sería incapaz de amar a un hijo gay, prefiero que muera en un accidente”). Hay peticiones de que alguien dispare al entonces presidente Fernando Henrique Cardoso y de que se cierre el Congreso. Hay frases como “a ti no te violaría porque no lo mereces”, dicho a una diputada en televisión, o “un policía que no mata no es policía”. Todas sirvieron para lo mismo: amasar un ejército de seguidores que, como él, rechazaban el orden establecido tras la dictadura.

A lo largo de las décadas, el número de resentidos con el establishment fue creciendo tanto que Bolsonaro fue el diputado más votado de las elecciones de 2014. Y aún podría seguir creciendo si, con suerte, llegaba una tormenta política que hiciese débiles a los demás. Llegaron tres: una enorme recesión, el caso Petrobras y el impeachment a Dilma Rousseff.

Su campaña presidencial ha tenido como pilares atacar a Brasilia en general y a la izquierda en particular, renegar de la corrección política y defender la dictadura. También promete armas para frenar la violencia en el país. Esa es la cuarta tormenta, la más ignorada por los políticos: solo en 2017 los homicidios se dispararon a 63.880. Un récord. Y en el Brasil profundo, donde ni con la llegada de la democracia un tiro deja de resolver lo que un pleito judicial solo enmaraña, lo mismo ocurre con la violencia política.

En 2018, con la crispación a niveles insostenibles, la sangre de políticos empezó a llegar también a las ciudades. En marzo, Marielle Franco, una concejal de izquierdas de Rio de Janeiro, fue asesinada de cuatro tiros en la cabeza y la policía no ha encontrado aún al culpable. Semanas después, alguien pegó dos tiros a unos autobuses llenos de seguidores de Lula da Silva. Y el jueves, un camarero de 40 años, Adélio Bispo de Oliveira, un enfermo mental obsesionado con la “derecha masónica”, llevó esa corriente a Juiz de Fora.

Desde ese jueves, solo es posible ver a Bolsonaro a través de sus queridas redes sociales. Pero se le ve mucho. Él, inconsciente tras la primera cirugía, farfullando: “¿Cómo pueden ser los humanos tan malos? Nunca le hice daño a nadie”. Él, inmóvil en la misma cama mientras su hija le enjuaga el sudor de la cara. El avión privado que le lleva a São Paulo. Él, ayer, incorporado en un sillón de un hospital paulista, con cinco tubos colgados del cuerpo, haciendo su característico gesto triunfal de disparar con las manos. Es un regreso al terreno que le vio medrar, lejos de los encorsetados ritmos de las campañas tradicionales brasileñas a los que no estaba consiguiendo adaptarse. donde muchos políticos imaginaban que moriría su delirio presidencial.

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