ANÁLISIS / Por sus dramas defensivos, Wilstermann capituló

José Vladimir Nogales
JNN Digital
Los problemas que Wilstermann padeció frente a Cuenca aparecieron desde el inicio y en todas las líneas. Quizá el más agudo, y nunca resuelto, está en la mitad de campo, donde existe escasa capacidad de contención por la debilidad de la marca. Ortiz, que debería ser el más posicional de los medio centro, es el gran incordio. Se posiciona mal, recupera poco, no vuelve cuando es superado y con la pelota es tóxico. En la jugada que da origen al penal con el que Cuenca abre el marcador, se observa a un Wilstermann posicionalmente descompuesto. Ortíz, muy separado de Saucedo (con quien debe escalonarse a falta de efectivos para el patrullaje de la zona ancha), va a presionar demasiado lejos y sin garantías. No gana el balón (porque llega tarde) ni impide el lanzamiento a sus espaldas, donde se abre terreno fértil. Es un error salir a ejecutar una presión lejana sin el respaldo de la línea de defensa achicando por detrás. El riesgo es que, con un balón largo, se rompan las líneas de presión y la defensa quede expuesta. Así ocurrió. Con un pelotazo, Rodríguez buscó el pique de Pita a espaldas de un Montero extraviado en la pradera. El central dudó ante la llegada de Alex, permitiendo que el atacante le robase el balón, vaciando a los defensas centrales con un solo movimiento. 

Ortíz va a presionar lejos sin éxito. No gana el balón ni intenta impedir el lanzamiento hacia Pita.

Víctima de su duda, Montero pierde posición y balón ante Pita, que deja desairados a los centrales. Delante de ellos había un enorme espacio descubierto, lo que revela la distancia que existe entre volantes y defensas, habitual causa del déficit en la contención.

EL DURO GOLPE

El empate de Cuenca, a 11 minutos del final, retrató a un defectuoso Wilstermann. Sus calamidades defensivas, que tienen por origen la escasez de marca en el centro del campo, afloraron en el pináculo de su degradación. Con el equipo encogido y sin contragolpe, quedaba resistir en las trincheras. En ese empeño, era menester resolver cómo llevar a cabo tamaña empresa más allá de las consignas voluntaristas. Es imperioso disponer de herramientas. Y Wilstermann, condenado a jugar contra nátura, no las tenía. Su congénita fragilidad en medio campo puso en evidencia una estructura sin equilibrio táctico, destinada a padecer cuando no es posible tener la pelota. Y si el módulo de contención incluye a Ortíz como órgano vital, la degradación de las competencias resulta insoluble. Ortíz tomó la marca de Preciado, pero nunca pareció perturbarle. Su tímida vigilancia no evitó que la nefasta jugada prosperase en sus narices. El volante ecuatoriano conectó con Pita ante la cortesía anfitriona del estático volante. Tampoco ayudó Montero, que otorgó análogas concesiones hospitalarias. El punta buscó el balón con sutileza, despegándose de la tibia marca de un central inerte, permanentemente desarbolado, que exhibió su fatigosa incomodidad durante toda la sufriente batalla. Pita ubicó a Caravalí sobre una zona militarizada, libre de los rigores fronterizos. Aponte, como es habitual en sus vaporosas prestaciones, acompañó la acción sin intervenir. Quizá cree en el mágico poder de la mirada o confía que, en algún momento, emerjan escondidas virtudes telequinéticas que le alivien la engorrosa tarea de pegarse como garrapata a sus adversarios para sacarles el balón. O quizá, simplemente, es alérgico al roce, explicando así su perezosa faena obstructiva. Y ante ese desmayo laboral, Caravalí metió un pase profundo, detectando los metros fértiles detrás de Montero. Allá corrieron Pita y Preciado, despegándose de sus inertes custodios. Uno controló el balón y el otro definió ante un desprotegido Jimnez



Ortiz no impide la conexión de Preciado con Pita, que logra huir de la presión de Montero. La jugada retrata a Ortiz, incapaz ganar un duelo individual, pero también exhibe la debilidad del medio campo. Atrás de Saucedo aparecen dos hombres sin marca, con amplitud de espacio para causar daño. En el centro de la defensa, Alex y Montero tuvieron que batirse mano a mano con los dos puntas rivales. No había margen de error. Peña no leyó lo que ocurría.

Aponte observa a Caravalí, nada hará por frenarle. Preciado va a buscar la descarga al vacío detectado en el área. Ortíz ya perdió de vista a su marca.

Ante la pasiva mirada de Aponte, Caravali mete un hiriente pase filtrado a la espalda de Montero. Para allá van Preciado y Pita. Ortíz y Montero, estáticos, miran la pelota, despreocupándose de sus marcas.  

Preciado intenta controlar el balón detrás de Montero. Pita sigue la jugada, mientras Ortiz y Montero observan resignados. 

Alex, que cierra desesperadamente, no consigue impedir el tiro de Pita. Ortíz, Montero y Aponte observan desde la comodidad de su palco.

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