¿Es viable una Cataluña independiente?

Un análisis prudente de los riesgos económicos lo desaconseja


José Carlos Díez
El País
Este es el quinto intento de independencia de Cataluña desde 1492. Aunque el debate se centra en Rajoy, los recortes, el estatuto, el expolio fiscal, etc., la realidad es que el fenómeno tiene un comportamiento cíclico. Igual que la propia naturaleza y los ciclos políticos y económicos, los ciclos independentistas no son regulares, aunque sí hay hechos estilizados que se repiten a lo largo de la historia.


La mayoría de intentos de independencia se han producido durante depresiones económicas. En la primera República la declaración unilateral de independencia duró apenas dos días. En 1864 pinchó la burbuja del ferrocarril y varias empresas quebraron e impagaron sus créditos. Las quiebras de Catalana General de Crédito y Crédito Inmobiliario Barcelonés provocaron una intensa restricción de crédito que derivó en una grave crisis bancaria y una depresión económica.

Entre 1865 1870 la Guerra de Secesión en EEUU provocó una escasez de algodón en los mercados internacionales y los precios se doblaron. En España la industria textil catalana fue la más afectada y sufrió una profunda crisis con fuerte destrucción de empleo. Y en 1867 y 1868, la falta de alimentos por la sequía produjo una crisis de subsistencia.

La solución de dicha crisis fue una negociación con la burguesía catalana que acabó con el Arancel de Cánovas en 1892. La industria catalana ya estaba muy protegida con aranceles superiores del 40% pero consiguió la prohibición total de importaciones textiles en España. Ese arancel supuso un monopolio para la industria catalana que ponía precios por encima de mercado y que eliminó todos los incentivos para innovar como hacían sus competidores holandeses, alemanes, italianos, británicos o estadounidenses. El resultado fue el declive secular de la economía española y una transferencia de rentas de todos los consumidores españoles a los capitalistas catalanes.

En 1934, el intento más reciente de independencia, Cataluña al igual que el resto de España y del mundo padecían los efectos de la Gran Depresión. En 2017, los catalanes y los españoles padecemos aún las cicatrices de otra grave crisis financiera y económica mundial que tiene muchas similitudes con las dos crisis explicadas anteriores. Muchos catalanes culpan a Zapatero y a Rajoy, pero los créditos que alimentaron la burbuja que causó la crisis. los pidieron promotores catalanes, se los concedieron banqueros catalanes y las casas las compraron familias catalanas.

En 2008 pinchó una burbuja inmobiliaria en EEUU, en Reino Unido, en Dinamarca, en Nueva Zelanda pues los catalanes y el resto de españoles no tenemos un gen para provocar burbujas. Todos los países a lo largo de su historia han sufrido depresiones provocadas por graves crisis de exceso de deuda y de crédito. Pero Italia tuvo las mismas condiciones para formar una burbuja y no lo hizo. Por lo tanto, la burbuja que ha provocado tanto descontento en Cataluña es made in Cataluña.

El problema en Europa es que se cometieron graves errores en la gestión de la crisis que llevaron a una segunda recesión, agravando la crisis social y política en la que nos encontramos. Esa crisis fue 100% made in Europe y es inmoral que desde Bruselas se diga ahora que el problema catalán es un problema español. Una condición necesaria para solucionar la crisis política y social en Cataluñaa es reducir la tasa de paro y de pobreza.

La política monetaria del BCE ha funcionado pero la tasa de paro sigue siendo muy elevada y, como nos enseñó Keynes, Cataluña, como el resto de España, necesita aumentar la inversión. En el caso catalán la prioridad es el desarrollo del arco Mediterráneo, que debería ser parte del plan que ha propuesto Juncker y la Comisión y que el Consejo ha bloqueado con el veto de Alemania. Si Macron de verdad quiere liderar un proyecto europeo de progreso, el desarrollo del Mediterráneo es condición necesaria.

Analizadas las causas de la crisis social en Cataluña, toca ser realista en el presente y mirar al futuro para buscar soluciones. El problema es político y social y en este artículo sólo vamos a analizar temas económicos. La solución será holística, multidisciplinar y multicultural o no será. Por lo tanto, el análisis a continuación es una parte importante pero no es el todo.

Nadie sabe lo que va a suceder en el futuro y lo único cierto cuando haces previsiones es que te vas a equivocar. Lo que aportamos los economistas son modelos teóricos contrastados con la evidencia empírica y predicciones sobre esos modelos basadas en hipótesis de comportamiento futuro de las variables que componen el modelo. Es el mismo método que utiliza la física para hacer predicciones meteorológicas. Todos somos conscientes que los meteorólogos se equivocan en sus previsiones pero la mayoría las consultamos.

Desde 1494, la economía se rige por el principio de partida doble de Luca Pacioli:“todo deudor tiene un acreedor”. En macroeconomía, los economistas por deformación solemos centrar nuestros análisis en el activo y el potencial de crecimiento de la renta por habitante y obviamos la financiación y el pasivo. Pero cualquier ciudadano que se quiera independizar de casa de sus padres suele tener un plan financiero para pagar el alquiler o la hipoteca y para comprar insumos o alimentos básicos.

Los políticos catalanes que defienden la viabilidad económica de la independencia anticipan un país de Nunca Jamás y el plan de financiación ni está ni se le espera. En el país de Nunca Jamás de Artur Mas la independencia sería amistosa y pactada con España y Cataluña mantendría el mismo estatus jurídico en Europa que disfruta en la actualidad. Tras lo acontecido en las últimas semanas muchos han aterrizado a la realidad.

En el País de Nunca Jamás 2.0 de Puigdemont y Junqueras, los catalanes son tan importantes que el resto de socios europeos mantendrían a Cataluña su estatus jurídico actual, a pesar de la resistencia de España. Es la misma tesis de los defensores del brexit. Los británicos han descubierto ya que era falso; que el proceso durará varios años y que su poder de negociación está próximo a cero. Una simple ley que limite la operativa financiera en la City de Londres por empresas y bancos pertenecientes a la Unión Europea provocaría una crisis financiera y una depresión económica en el Reino Unido.

A esto hay que añadir que todos los países tienen un problema territorial y aceptar la independencia de Cataluña abriría la caja de Pandora. Además, los tratados limitan la actuación de los políticos y los funcionarios europeos y ya deberíamos haber aprendido que cambiar los es muy complejo y poco probable a corto plazo. El artículo 4 del Tratado de la Unión dice que esta “respetará las funciones esenciales del Estado, especialmente las que tienen por objeto garantizar su integridad territorial”. Cataluña no está en el Tratado y debería negociar su adhesión como un nuevo Estado y su entrada debería ser aprobada por unanimidad de todos los países miembros, incluida España.

Los estudios que defienden que la independencia no sólo no tendrá costes, sino que los catalanes mejorarían su nivel de vida, están basados en supuestos con una baja probabilidad de éxito. Lo mismo sucede con las amenazas apocalípticas como las del ministro Guindos que ha afirmado que el PIB catalán caería un 20% si se independizan. Los economistas debemos ser honestos y reconocer que la incertidumbre es tan elevada que no podemos pretender medir troncos de leña en balanzas de precisión.

Los británicos tienen moneda propia, máxima calificación crediticia, un banco central creíble y tipos de interés próximos al 0% y eso ha permitido que se mantenga la creación de empleo. Cataluña no tiene moneda ni banco central y su rating está próximo al de Grecia. La Generalitat no tiene acceso a los mercados internacionales de financiación desde 2010 y hay inversores deseando vender sus bonos en el mercado secundario pero no hay nadie interesado en comprarlos.

Otro problema sería cómo financiar la deuda externa, especialmente las deudas bancarias. Los bancos catalanes deben a empresas y familias 2,5 veces el PIB catalán, la mayoría son residentes en la comunidad. Por no perder el sentido de la magnitud, Lehman Brothers tan sólo tenía pasivos por el 4% del PIB de EEUU y Bankia del 30% del PIB español.

Los banqueros catalanes explican a los inversores internacionales que no habrá independencia. Los inversores les creen o de lo contrario los precios de sus acciones en Bolsa se habrían desplomado, algo que no ha sucedido. Los bancos catalanes explican también que incluso tras la independencia podrían acceder al BCE. Pero, como acabamos de comprobar con Banco Popular, ni el BCE puede evitar la quiebra de un banco si hay una fuga de depósitos.

Conclusión: la incertidumbre de cuál sería el estatus jurídico de una Catalunya independiente es tan elevada que no es posible responder a la pregunta de su viabilidad con precisión. Lo prudente es advertir que existen cisnes negros, como aprendimos tras la quiebra de Lehman. Y que aunque la probabilidad de éxito sea pequeña sus efectos provocarían más infelicidad a los ciudadanos catalanes y del resto de España.

Un análisis prudente de los riesgos desaconseja la independencia. Los esfuerzos en democracia deben concentrarse en convencer a un porcentaje de catalanes que quieren la independencia que juntos hemos duplicado el empleo y triplicado el gasto social por habitante desde 1978. Y juntos tenemos la obligación de dejarles a nuestros hijos un país mejor que el que nosotros heredamos de nuestros padres.

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