Gabriela y la creación de una realidad nacional

A tal punto ha trastocado Gabriela nuestra percepción de la verdad de la realidad que ya aceptamos que verdad y realidad no necesariamente coinciden

Jorge Patiño Sarcinelli
matemático y escritor
Todo indica que hay varios rostros de Zapata, afirmaba el editorial de un periódico cruceño. Y todos ellos son conocidos (aunque ninguno verdadero), tienta complementar, parodiando la famosa frase del Presidente que se hizo viral, más por lo inverosímil de la excusa que porque nos dijese algo de Gabriela; del sujeto no esperábamos observaciones psicológicas sobre el objeto.


Sería fácil pero peligroso trivializar a la Srta. Zapata. El hecho de que jamás la llamemos así, sino que haya hecho de su nombre un símbolo que ha opacado a todas las demás Gabrielas del país, y que haya tenido a media nación paralizada como en una decisión por penales, escuchando lo que todos anticipaban que sería fantasía más que revelación, debería llevar a preguntarnos si no subestiman a Gabriela los que creen que ella es apenas una indefensa muchacha que llegó a la cama de Su Excelencia.

Que ella fue un día esa muchacha inocente es una de las pocas verdades de una historia que ha cautivado la atención nacional como una telenovela barata, sin que todavía se sepa si es que hay algo de verdad en ella o si habrá un capítulo con desenlace final. Que esa muchacha ha crecido –tal vez a punta de golpes y cirugía– y es hoy una mujer con más recursos de lo que suponen los incautos parece ser otra de las pocas verdades de la trama.

Leo lo que escribo arriba y no puedo dejar de notar cuán indeciso sueno en mis afirmaciones, como si dudara de todo lo que he visto y leído. A tal punto ha trastocado Gabriela nuestra percepción de la verdad de la realidad que ya aceptamos que verdad y realidad no necesariamente coinciden; ella ha pirandellizado la realidad; y esto no es poca cosa como logro literario y sicológico.

Estamos todos, o casi, habituados a la idea de que hay una verdad de los hechos que hace que la pregunta ¿qué sucedió realmente? tenga sentido y una respuesta única, y que si no la conocemos es porque alguien nos oculta la verdad, tergiversando los hechos o callando. Sólo en el cine y en el teatro aceptamos naturalmente la idea de que la verdad pueda estar siendo creada a nuestra vista.

¿Cómo reaccionamos, entonces, a la posibilidad de que Gabriela esté creando una verdad a medida que la filman las cámaras, o que Jimmy Iturri la haya a su vez recreado en el proceso de edición con sólo seleccionar el orden en que presentaba las frases de Gabriela?

Decir que una verdad sustituye a otra no sólo implica que la primera era en realidad mentirosa, sino que el acto pone en duda la segunda verdad, que al nacer en mala cuna, nace algo manchada y contrahecha. Pero Gabriela deja esta tesis en la cuneta de la irrelevancia. La nueva verdad que ella nos revela es en todo aún menos verdadera que la anterior.
¿Será? ¿O será que es todo un juego de espejos y no sólo la segunda verdad no es ni más ni menos verdad que la anterior, que ninguna es verdaderamente verdadera, o que, finalmente esta historia no tiene fondo; es decir, que no hay en ella verdad, al menos en el plano de los hechos?

No hay que ponerle demasiada fe a las palabras como instrumentos captadores de realidad, ni olvidar que la realidad incluye todo lo sucedido, también en la imaginación; y en el imaginario colectivo hay un niño, que existirá aunque nos muestren su esqueleto inexistente.

No; nos resistimos a creer semejantes aberraciones. Alguna verdad real tiene que haber, nos dice el instinto filosófico con el que estamos equipados para buscarla. Creemos firmemente en el principio del tercero excluido y sólo aceptamos que haya una de dos posibilidades: sí o no, hubo o no hubo niño, murió o no murió. No puede haber para esas alternativas una tercera opción.

Eso, al menos, nos dice nuestra formación occidental cartesiana. Pero estamos en tiempos de cambio y debemos abandonar los viejos paradigmas para aceptar los que nos traen las culturas ancestrales de estas tierras. En estos el tercero no está excluido. Por una especie de ceguera lógica, lo hemos ignorado y hemos forzado a la sociedad a una disyuntiva entre apenas dos opciones: Si o No, existe o no existe.

Por ejemplo, la idea misma de reducir el futuro del país a una díada de opciones mutuamente excluyentes es una aberración lógica en la cultura que acepta el tercero ya no excluido. Un año después, el país todavía se retuerce en contorsiones dialécticas que buscan no un tercero excluido sino seis. Son seis alternativas deambulando en busca de legalidad.

Los malos doctores y políticos que han escrito la Constitución le han negado al país la opción de seguir su propio camino democrático. Si Evo no es candidato, el país se verá forzado a elegir de una lista de candidatos inviables, ineptos o inadecuados que han declarado la intención de postularse. Hemos hecho lo que Rousseau dijo que es un absurdo: ponerse cadenas para el futuro.

Pocos se conforman con la posibilidad de que Gabriela no nos revele jamás los secretos que sólo ella conoce, de que no aparezcan los testigos o evidencias que la fuercen a revelar la verdad. Pero la metáfora de que hay una verdad encerrada en la mente de Gabriela, sugiere otra: la de que en el laberinto de su mente conviven verdades y mentiras vestidas de pálido gris, y todo lo que podemos esperar que salga de ahí son confusiones verbales y contradictorias verdades.

Tal vez una verdad verdadera, la única versión que era espejo fiel de la realidad verdaderamente ocurrida, se haya perdido para siempre en ese laberinto y quienes ahí la persiguen lo hacen a riesgo de perderse en hipótesis. Dudo que esta generación no muera dudando.

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