Donald Trump siembra dudas sobre la limpieza de las elecciones

El candidato republicano abona las teorías de la conspiración para descalificar a la demócrata Hillary Clinton

Marc Bassets
Washington, El País
Cuando Donald Trump acusa al presidente Barack Obama y a la aspirante demócrata a la Casa Blanca, Hillary Clinton, de fundar el ISIS, repite un bulo que ha circulado por Oriente Próximo, Rusia y Estados Unidos. No es la primera teoría conspirativa del republicano. El viernes, en Pensilvania, sembró dudas sobre la legitimidad de las elecciones de noviembre al asegurar, sin pruebas, que estarán amañadas. Trump convierte una tradición muy estadounidense —las sospechas sobre poderes ocultos que mueven los hilos de la historia— en un elemento central en su campaña a la Casa Blanca.

“¿Por qué no muestra su certificado de nacimiento?”, dijo Trump en el programa The View, de la cadena ABC, en marzo de 2011. Trump era entonces un multimillonario de Nueva York, un constructor famoso por sus rascacielos y sus escándalos en la prensa del corazón, y una estrella de la telerrealidad. Había flirteado varias veces con una candidatura presidencial pero nunca se había lanzado.

Su obsesión con el certificado de nacimiento de Obama le convirtió en el portavoz más célebre de una de las teorías conspirativas que más fortuna ha hecho en tiempos recientes: la que sostiene que el presidente no nació en Estados Unidos sino en Kenia y, por tanto, es ilegítimo. Era una teoría con claro fondo racista: Obama es el primer comandante en jefe afroamericano. Aquella cruzada fue el primer paso para una carrera política construida sobre los cimientos de la deslegitimación del demócrata Obama y la promoción de teorías de la conspiración sin fundamento en la realidad.

Cinco años después, Trump es el candidato del Partido Republicano a la Casa Blanca. En lo esencial, nada ha variado. Las teorías conspirativas siguen siendo arma predilecta en su campaña. Y estas se dirigen, entre otros, a Obama y a su rival demócrata en noviembre, Hillary Clinton.

El candidato se hizo eco de ideas de los truthers cuando, en un debate de las primarias, responsabilizó al presidente republicano George W. Bush de no proteger adecuadamente al país ante el 11-S. Otra de las teorías de Jones trata de un supuesto plan de dominio mundial de lo quienes él llama los “globalistas”, un término que Trump usa para contraponerlo a lo que define como su propio credo, el “americanismo”.

El aspirante republicano ha recuperado el bulo sobre la muerte en 1993 de Vince Foster, un colaborador de los Clinton que se suicidó, y sobre el papel de las vacunas en el autismo.

Pero la que más repite en los últimos días, sobre todo desde que ha empezado a perder terreno ante Clinton, es la de que las elecciones de noviembre no serán limpias. El viernes lo repitió. Dijo que si pierde Pensilvania, un Estado que necesita ganar y en el que los sondeos le son adversos, será porque Clinton habrá hecho trampas. Es una manera de deslegitimar el resultado antes incluso de que se juegue el partido.

El argumento de Trump es que los votantes de Clinton votarán varias veces, vulnerando la ley. Uno de los caballos de batalla del Partido Republicano en los últimos años ha consistido en endurecer las condiciones para votar, con el argumento del fraude. Las pruebas de que haya existido son poco concluyentes, y menos aún que haya decidido ninguna elección.

Otra teoría reciente de Trump: cuando asegura que Obama y Clinton fundaron el Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés), el grupo yihadista que ha ocupado partes de Irak y Siria y ha perpetrado ataques terroristas en Europa y Estados Unidos. La teoría tiene una conexión con la que sostenía que Obama no había nacido en Estados Unidos: presentarle como un extranjero, cuya lealtad a la patria sería cuestionable, y culpable de un acto de alta traición como sería la complicidad con los terroristas.

Del comunismo al ISIS

“No se entera”, dijo Trump en alusión a Obama, después de la matanza de medio centenar de personas en una discoteca de Orlando (Florida). “O se entera mejor de lo que cualquier persona pueda entender”. Con frecuencia Trump pone en circulación las teorías sobre supuestas conjuras de forma indirecta, citando rumores o imprecisas declaraciones de otras personas.

“Muchas personas dicen que los iraníes mataron al científico que ayudó a Estados Unidos debido a los emails pirateados de Hillary Clinton”, escribió hace unos días en la red social Twitter. El comentario vinculaba el robo de correos electrónicos de Clinton en su etapa como secretario de Estado con la ejecución del científico iraní Shahram Amiri, acusado por Teherán de espiar para Estados Unidos. La fórmula “muchas personas dicen…” le permitía lanzar falsedades sin asumirlas como propias.

En mayo, cuando estaba a punto de lograr la nominación después de tres meses de elecciones primarias, Trump atacó a su principal rival en el partido, el senador Ted Cruz, con una teoría especial. Era especial porque conectaba a Cruz con el episodio que dio pie a la madre de todas las teorías conspirativas en Estados Unidos: el asesinato del presidente John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963.

Trump, citando una fotografía publicada en la publicación amarillista National Enquirer, sostenía que el padre del senador Cruz, el cubano Rafael Cruz, estuvo con Lee Harvey Oswald, el asesino de Kennedy, unos meses antes del magnicidio. Cruz lo negó, y no hay pruebas de que la persona que sale en la vieja foto con Oswald sea Cruz padre, pero Trump no ha dejado de repetirlo.

Trump es el último heredero de lo que el historiador Richard Hofstadter llamó, a principios de los años sesenta del siglo pasado, “el estilo paranoide en la política americana”. En aquella época era la Sociedad John Birch, cuyo fundador, Robert Welch, decía que “las influencias comunistas tiene el control casi absoluto del Gobierno federal y que el presidente Dwight Eisenhower era “un agente dedicado y consciente de la conspiración comunista”. La conspiración pervive. Del comunismo al ISIS, poco ha cambiado.
Los otros intrigantes

El campo anti-Trump también tiene sus teorías de la conspiración. Una de ellas es que Trump es un producto de los Clinton, el expresidente Bill y la candidata Hillary. Según esta teoría, el matrimonio promovió su candidatura como republicano consciente de que sería un aspirante débil y fácil de batir y, además, destruiría al Partido Republicano con su estilo heterodoxo y su falta de experiencia. Como prueba se esgrime una conversación telefónica que Bill Clinton y Donald Trump mantuvieron en mayo de 2015, unas semanas antes de que este último presentase su candidatura.

Otra teoría describe a Trump como un infiltrado en EE UU del presidente Vladímir Putin: un agente extranjero destinado a dinamitar por dentro la primera potencia mundial. “En el núcleo de esta idea se encuentra una intersección genuina de intereses”, ha escrito en The Washington Post Jesse Walker, autor de The United States of Paranoia: a conspiracy theory (Estados Unidos de paranoia: una teoría de la conspiración). Trump admira a Putin, y las posiciones del republicano sobre la OTAN o la anexión de Crimea pueden complacerle. El supuesto papel ruso en el robo y difusión de correos electrónicos del Partido Demócrata reforzaría la teoría. En realidad, como dijo el exdirector de la CIA Michael Morell, es más verosímil que, si Trump es un agente, lo sea involuntariamente. Esta teoría, escribió Walker, “invita a los votantes a rechazarle con argumentos trumpianos, una combinación que podría disminuir el atractivo del hombre. Pero al amplificar las ansiedades sobre los outsiders [elementos externos como los espías], puede reforzar un miedo que no está tan lejos del trumpismo”.


El cóctel de la conspiración

“Donald Trump sabe cómo tomar un poco de cada teoría de la conspiración”, dice Jonathan Kay, autor de Among the truthers. A journey through America’s growing conspiracist underground (Entre los que buscan la verdad: un viaje por el creciente submundo conspiracionista de América). “Para él, lo conspirativo es como un bufé. Porque sabe que, si toma un poco de cada teoría, expresa algo de estas distintas subculturas, toca algunas notas en un instrumento musical para cada una de ellas y las excita”.

El título del libro de Kay hace referencia a los truthers, los grupúsculos que sostienen que, detrás de los atentados del 11 de septiembre de 2001 hubo una conspiración ocultada por los medios y el Gobierno. El gran apóstol de los truthers es Alex Jones. En junio, Jones asistió a la convención de Cleveland, que nominó a Trump candidato, y participó en un acto en los márgenes del evento con Roger Stone, otro conspiracionista ilustre y cercano a Trump.

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