El terrorismo pone en jaque la estrategia europea de seguridad

La UE se encuentra, por primera vez, sin instrumentos para evitar los ataques terroristas indiscriminados. La alarma por lo ocurrido agrieta la unidad de los demócratas

Claudi Pérez
Bruselas, El País
Europa asiste atónita a una pesadilla difícil de combatir. El continente que ha pasado casi 60 años levantando barreras interiores y abriendo —limitadamente— sus puertas exteriores a poblaciones extranjeras se enfrenta a un fenómeno inesperado. Acostumbrada a adoptar medidas inmediatas para tratar de atajar cualquier crisis, la Unión Europea se encuentra, por primera vez, sin instrumentos para evitar los ataques terroristas indiscriminados que azotan a sus ciudadanías en París, en Niza, en Bruselas o en el corazón de Baviera. La alarma por lo ocurrido agrieta la unidad de los demócratas, con la irrupción de discursos radicales (en la ultraderecha, pero también en partidos más convencionales contaminados por esa retórica) que exigen medidas que bordean los usos democráticos.


Europa lleva casi una década en crisis. La Gran Recesión golpeó duro a este lado del Atlántico, y después se sucedieron la crisis griega, irlandesa, portuguesa, española y chipriota. El lío no ha terminado --la banca italiana está ahora en el disparadero, las cicatrices económicas siguen ahí--, pero ha dejado una guerra de baja intensidad entre Norte y Sur, y ha puesto al descubierto unas grietas en Europa que habían estado bastante bien disimuladas hasta ahora. Pero eso no es todo. La crisis europea ha dado un salto cualitativo con tres fenómenos de alto voltaje político que se superponen a los problemas del euro: el Brexit reabre dudas existenciales acerca de la fragmentación del proyecto europeo, y las crisis migratoria y de seguridad plantean graves problemas a la UE, con dificultades para encontrar respuesta para los nuevos desafíos.

Se esperaba un arreón conjunto de Berlín y París este año con una propuesta ambiciosa sobre el futuro de la Unión, pero el Elíseo y la cancillería están en un mar de dudas, golpeados duramente por el terrorismo y con amenazas populistas (Le Pen, AfD y Pegida) cada vez más visibles a apenas unos meses de las elecciones. Los ministros de Exteriores de Alemania y Francia alumbraron lo más parecido a una propuesta europea a finales de junio, tanto para reforzar la unión económica como en términos de seguridad. Pero sin el sello de Angela Merkel y François Hollande, nadie termina de creerse la receta conjunta: un semestre europeo de seguridad y defensa para que los socios vean el grado de compromiso de los demás con un cuadro de indicadores; un consejo europeo de defensa; una cadena de mando única para las operaciones militares; un compromiso para aumentar las capacidades comunes en materia militar: “No parece el salto cualitativo que demanda la situación”, resumen fuentes diplomáticas, “aunque al menos es algo para empezar a debatir qué demonios quieren los socios a apenas unas meses de dos elecciones cruciales, en Francia y Alemania, y con un reguero de atentados que hacen que nadie se sienta seguro”.

Ante la falta de una propuesta común, van llegando las reacciones nacionales. Merkel rechazó el jueves cambiar su política migratoria por los atentados, pero anunció un plan antiterrorista que contempla agilizar la expulsión de los solicitantes de asilo que hayan cometido delitos, la creación de un sistema de alerta temprana contra la radicalización de refugiados y la posibilidad de desplegar el Ejército si es necesario. Hollande propone crear una Guardia Nacional formada por reservas operativas de civiles voluntarios y militares jubilados, aunque la falta de detalles deja entrever un Gobierno muy tocado y una oposición que reclama dureza, con medidas como centros de detención o arresto domiciliario para todos los sospechosos de terrorismo, en el límite de lo que puede hacer el Estado de derecho.

“Ni la propuesta francoalemana ni las medidas que salen de Bruselas ni las respuestas puramente nacionales van impedir que el nuevo terrorismo siga golpeando: que un lobo solitario estampe un camión sobre la multitud, o un excombatiente entre en una iglesia y acuchille a un párroco”, reflexiona Camino Mortera, del Centro para la Reforma de Europa, un laboratorio de ideas londinense. “La militarización y las fuertes medidas de seguridad son medidas cosméticas. Puede que hagan que la gente se sienta un poco más segura; puede que ayuden a contener mínimamente el auge de los movimientos populistas. Pero su resultado es muy incierto”, añade.

Políticos y expertos invocan estos días el llamado modelo de seguridad israelí, con chequeos previos de equipaje en transportes y militarización de los espacios públicos. Pero el modelo es difícilmente trasladable a una Europa con innumerables zonas abiertas. Aun así, la tendencia ya ha comenzado. El ejército patrulla desde hace meses las calles de Francia y Bélgica y en Alemania las autoridades de Baviera (el Estado más rico y conservador del país, donde han ocurrido todos los ataques de los últimos días) ya lo han pedido al Gobierno de Angela Merkel, a la que además critican por la política de puertas abiertas que condujo el año pasado a más de un millón de demandantes de asilo a suelo germano. Paralelamente, los expertos alertan de las presiones para dar más poder, más manga ancha a los servicios de seguridad e inteligencia.

“No se pueden improvisar ya más medidas en caliente. Hay que aplicarlas a largo plazo, pero no como respuesta a cada atentado. Desde el punto de vista policial no se puede hacer mucho más”, admiten fuentes diplomáticas en Bruselas. Los jefes de Estado y de Gobierno europeos –sin Reino Unido- se reunirán el 16 de septiembre para tratar de marcar el rumbo de la UE post-Brexit. Y la seguridad, tanto interna como externa, será el principal asunto sobre la mesa, explican en el Consejo Europeo. Pero no se esperan nuevas medidas porque el nuevo terrorismo, que actúa en cualquier sitio y con instrumentos poco convencionales, es difícil de controlar con estrategias policiales.

“Occidente necesita un baño de realismo. No todos esos ataques pueden detenerse: simplemente, no hay forma de que la policía proteja los aeropuertos, las cafeterías y las plazas desde Helsinki a Cádiz. Las élites políticas europeas siguen en estado de negación, sin coger el toro por los cuernos, empezando por arreglar Schengen de una vez por todas. Es hora de que los líderes den un paso adelante si no quieren que este cóctel de fallos de seguridad, crisis económica, frustración por los efectos negativos de la globalización, crisis de refugiados, desconfianza en las élites y ascenso de la extrema derecha termine mal”, cierra Mortera.

El último episodio, además, añade una dimensión distinta al debate. El degollamiento de un cura en su iglesia introduce la confrontación religiosa en el conflicto, al que las autoridades francesas llevan tiempo denominando “una guerra”. La alta representante para la Política Exterior Europea, Federica Mogherini, se apresuró a pedir que la reacción a estos hechos consista en “continuar viviendo juntos para frenar el odio”. Y concluyó: “Es la unidad lo que nos hará vencer”.

Pero es precisamente esa unidad la mayor víctima de estos atentados. El citado ejemplo de Alemania, con la extrema derecha de Alternativa para Alemania y sobre todo el partido hermano de la CDU de Merkel pidiendo más contundencia en la respuesta al terrorismo, se suma a las profundas divisiones que existen en Francia. Las medidas de la ultraderechista Marine Le Pen ya no aparecen en el discurso público como descabelladas. Y el propio expresidente Nicolas Sarkozy alienta ese discurso al sugerir dejar a un lado los instrumentos del Estado de derecho. “Las argucias jurídicas, las precauciones, los pretextos a una acción incompleta no son admisibles”, declaró Sakozy poco después del asesinato del sacerdote. “Restringir nuestras libertades, derogar nuestras reglas constitucionales no aportaría nada a la eficacia de nuestra lucha antiterrorista y debilitaría la cohesión que necesita nuestra nación”, había declarado previamente el actual presidente, el socialista François Hollande. Es, probablemente, la afirmación más honesta, pero también la más difícil de asimilar para una ciudadanía aterrada ante las continuas manifestaciones de violencia en un territorio que creía seguro.

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