Cristiano hizo de despertador

Su gol rescató al equipo de Zidane de un partido trabado y con espinas. Jesé remató la faena con el Roma descolocado y desmoralizado. Gran partido de Ramos y Varane. Salah fue un incordio. Los cuartos, a un paso.


Roma, As
Un tanto de Cristiano, construido desde la nada, le evitó al Madrid un empate con espinas y sacó a la luz, con retraso, la superioridad del Madrid sobre un Roma renacentista que también anduvo a orillas del gol. Jesé remató la obra y despejó el camino a cuartos, pero en el equipo queda trabajo por hacer. Fuera del Bernabéu se acaba el recreo y se intuye un peligro que la victoria en el Olímpico no acaba de ocultar del todo.


El Madrid tuvo un notable madrugón de salida, con vocación encimista y buenas intenciones de pasar mucho tiempo en campo del Roma, y un afilado final. Lo que debió explicar Zidane en la pizarra, aunque durante largos periodos del partido su libro de instrucciones se hizo vapor. El Madrid perdió la pelota y la razón más tiempo del que le convenía, sometido en varios tramos a la propuesta del equipo romano, que tiene menos pero lo administra bien.

Sin artillería ni mariscal, sin Dzeko ni Rossi, el equipo italiano utilizó el partido en beneficio propio, ensuciando el juego, apretando a Modric, por donde respira el Madrid, empequeñeciendo la zona útil del campo y desatando a Salah, un jugador con muchas piernas que vio una oportunidad en cada subida de Marcelo. Aquella banda fue el gran parque de atracciones de la contienda porque si el madridista le toleró demasiado al egipcio, este nunca se sintió tapón en sentido inverso. Fueron dos versos libres que agitaron un partido muy metido en cintura táctica. Partido para el que se reservaron un papel heroico Ramos y Varane, puntuales, bien colocados, siempre al rescate.

Y en esa parte del partido propuesta por Spalletti se jugó sin porterías y sin lírica, aunque mediado el primer tiempo el Madrid supo resintonizarse, con circulaciones más largas (duplicó la posesión de su adversario). Todo, sin realmente sentirse con autoridad sobre el partido. Cristiano quedó secuestrado en la izquierda, Benzema se ofreció poco y casi todo le pilló de espaldas a puerta, a Isco no le toleraron ningún adorno, Modric no simpatizó con el juego como en él resulta habitual, James pasó de puntillas.

Todo tuvo, hasta el gol de Cristiano, un aire decididamente italiano, decadente, poco vistoso. sin desatenciones, con cuidado de no equivocarse ni en los pormenores. Spalletti había adiestrado bien a sus jugadores sobre los contragolpes del Madrid. No toleró ni uno con el marcador igualado, aun a costa de llegar poco y a borbotones. Luego ya fue otra cosa.

Salah le ganó varias ‘volattas’ a Marcelo y Ramos y Nainggolan y Pjanic se sintieron en su salsa: brillan más cuantas menos cosas pasan en el encuentro. También Perotti anduvo revoltoso en su papel de nueve mentiroso que le llevó a ambas bandas. De su juego ahí vivió siempre.

En el Madrid, Kroos hizo la mejor lectura de esa hora sin encanto. Le van bien los encuentros de baja actividad, donde cada córner se celebra como un fin de año. Y es que en la primera mitad sobraron los porteros.

En esas andaba el segundo tiempo, con una salida oportunísima de Keylor Navas a pies de El Shaarawy, cuando irrumpió Cristiano por la banda de la alegría para interpretar un gol de su repertorio, de una complicadísima sencillez. Recibió de Marcelo, esprintó frente a Florenzi hasta que le convino, le limpió de la jugada con un taconazo-frenazo de izquierda y abrochó el lance con un derechazo parabólico potentísimo. Un tanto muy por encima del partido. Una ejecución que confirma que Cristiano es más que un recaudador de goles.

Así sonó el despertador del choque, que entró en el género de acción. El Roma se atrevió más pero se protegió menos. Zidane recogió velas metiendo a Kovacic y Spalletti avanzó un paso con Dzeko, que vivió tiempos mejores. Pudo marcar dos veces Cristiano y Pjanic le hizo un penalti (otro cometió Carvajal) y pasó miedo Keylor ante remates de Salah y Vainqueur.

El aterrizaje del desorden fue una bendición para el Madrid, que tiene mejores futbolistas y más munición. Entonces sí atacó en legítima defensa, arrancándose desde lejos, convirtiendo en una sorpresa cada contra hasta que Jesé le echó el candado al partido con la sencilla fórmula de la galopada y el disparo cruzado. El Madrid supo regenerarse sobre la marcha, pero debe grabarse que lo que vale para octavos no vale para siempre.

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