Argentina vota este domingo la intensidad del cambio de ciclo

Gane Macri, gran favorito, o Scioli el giro tras 12 años de kirchnerismo es ya indiscutible

Carlos E. Cué
Buenos Aires, El País
Casi todo es volátil en Argentina. Si hace unos meses se debatía qué fuerza iba a mantener el kirchnerismo después de 12 años, ahora nadie discute que su tiempo pasó, que los argentinos han apostado por un cambio y que, gane quien gane las elecciones de hoy, el liberal Mauricio Macri (de la alianza Cambiemos) o el peronista Daniel Scioli (del Frente para la Victoria) el giro va a ser claro. El voto de 32 millones de argentinos decidirá la intensidad de ese cambio, no solo por el ganador –todas las encuestas apuntan a Macri- sino por la distancia entre ambos.


Toda la discusión política, cultural y social en Argentina gira en torno a una idea: lo que es y lo que pudo ser. El país está invadido por una especie de nostalgia del futuro, de un destino de grandeza que nunca llega. La idea de que un país del 40 millones de habitantes que produce alimentos para 400 millones podría estar mucho mejor alienta el enfado de los antikirchneristas. Pero los kirchneristas contestan que Argentina nunca estuvo mejor que ahora, con mayor presencia del Estado, con una mejor redistribución, con más empleo.

En Argentina se discute sin datos sobre el presente –todas las estadísticas están cuestionadas- sobre el futuro –por motivos obvios- y sobre el pasado, que unos mitifican y otros desprecian. Algunos de los intelectuales y artistas más prestigiosos del país, entrevistados por EL PAÍS para estas elecciones, ofrecen claves del estado de ánimo de un país que no para de preguntarse sobre su lugar en el mundo para concluir algo en lo que casi todos están de acuerdo: Argentina está lleno de individualidades brillantes pero no acaba de organizarse para explotarlas en conjunto. Más o menos lo que sucede con su selección de fútbol.

“La Argentina que conocimos en los 60 se ha perdido”, asegura Beatriz Sarlo, una de las intelectuales más respetadas del país, muy crítica con el kirchnerismo desde la izquierda. “Estaba caracterizada por el pleno empleo, por bajos índices de pobreza. La Argentina de los 60 proporcionaba en la escuela primaria un nivel de alfabetización que permitía encarar el mundo del trabajo sin problemas y un relativo ascenso social. Los argentinos de más de 40 años no conocieron un país con un 20% o un 30% de pobreza”, explica.

Otros, como Aldo Ferrer, que fue ministro de Economía en 1970 y apoyó al kirchnerismo, son más optimistas. “El país salió de la peor crisis de la historia económica argentina, la de 2001, recuperó la gobernabilidad, la solvencia fiscal, se desendeudó, construyó un sistema bancario sólido. Hay que tener en cuenta que el país tuvo entre 1930 y 1983 seis golpes de Estado. Esto es cosa del pasado. Estamos en el mejor momento de nuestra experiencia histórica”, asegura.

Juan José Sebreli, uno de los intelectuales más conocidos, habla de decadencia. “Empieza ya después de la Segunda Guerra Mundial por causas económicas, políticas y sociales y de todo tipo. Después de 50 años no es crisis, es decandencia. Un estado fallido que llega a la culminación con el kirchnerismo”. Sebreli ha pedido el voto para Macri, como el escritor Marcos Aguinis, que explica la idea del individualismo: “Argentina no solamente tiene grandes recursos naturales sino que sigue teniendo una gran cantidad de gente capaz, pero que se manifiesta de forma individual. Tenemos hasta un Papa. Pero como conjunto nos cuesta funcionar”. “Macri no es un político, no tiene carisma y quizás esos defectos puedan ser un beneficio porque el político es alguien que está acostumbrado a mentir, buscar el poder para enriquecerse”, se anima Aguinis.

Incluso personas que apoyan a Macri, como Rodolfo Terragno, un veterano político e intelectual del radicalismo, admiten que no su opción ideal pero sí la única que derrotar al kirchnerismo. “Estamos frente a una elección que, comparándola con la comida en los aviones, es en gran medida pasta o pollo. Uno no puede decir que no, que quiere arroz con maricos. Para mucha gente es ingrata, pero tiene que conformarse”.

Ricardo Forster, intelectual de referencia del oficialismo y miembro del Gobierno, asegura que “el kirchnerismo no desaparecerá” y aún confía en que gane Scioli, pero admite con sorpresa el éxito del rival: “Macri ha logrado perforar el techo del centro derecha argentino. Cambiemos ha logrado tomar sectores de clase media baja, incluso sectores populares. Han logrado que esos sectores voten un modelo de sociedad que probablemente les produzca muchísimo daño”.

El escritor Mempo Giardinelli, cercano al kircherismo, niega esa decadencia: “Esa nostalgia del pasado solo la sienten los sectores más privilegiados. Pero la verdad es que la Argentina de casi todo el siglo XX fue un país muy injusto e inequitativo. Hoy, en materia de equidad social y aun con todo lo que falta hacer, no tengo dudas de que estamos en uno de los mejores momentos de nuestra historia”. Otro intelectual kirchnerista, Alejandro Dolina, coincide en desmitificar el pasado: “Estamos en un buen momento, pero en realidad nunca hemos tenido el mejor momento. Tal vez la historia argentina no registre sino lágrimas en todas sus páginas. Ni siquiera el peor de los opositores piensa que vamos hacia abajo aunque lo diga. No es así. Enfrentarse con el pasado real, el pasado de viruela, de personas que se morían de tuberculosis a los 40 años, que no aprendían a leer o que andaban sin zapatos, quizás no es tan romántico”.

Ante la probable victoria de Macri, la reacción es muy distinta. Intelectuales como Enrique Valiente Noailles se ilusionan y creen que el país ha decidido cambiar: “Argentina se ha hartado de sí misma, de vivir en un ambiente que produce su propio monóxido de carbono. Hay una sensación de estancamiento profundo del destino de Argentina. Se cansó de esa brecha que no se cierra nunca es entre lo que es Argentina y lo que puede ser”.

El mundo de la cultura ha estado muy cercano al kirchnerismo. Unos de los actores más conocidos y respetados, Leonardo Sbaraglia, está muy inquietos ante la llegada de Macri, y hace autocrítica: “No se ha construido un recambio a la altura de lo que eran Néstor y Cristina. No digo que del lado del kirchnerismo sean todas rosas, pero uno puede seguir luchando. Macri es un lobo disfrazado de cordero”. Sbaraglia ya piensa en la estructura de resistencia al macrismo: “Todo el entretejido social, solidario, de lucha ideológica se ha reconstruido desde 2001. No creo que el pueblo argentino se deje así como así, así como se dejó con el menemismo en los 90”.

El historiador Felipe Pigna también habla de esa resistencia: “Fíjese el candidato de la derecha el cuidado que tiene de decir que no va a tocar los planes. Eso es un triunfo del pueblo, lo han logrado los argentinos. Como decía Maquiavelo, la única forma de que los políticos hagan lo que tienen que hacer es teniéndole miedo al pueblo. No hay secreto, yo que me canso de leer la historia mundial, es siempre lo mismo. Que los candidatos en todo el arco político tengan temor al pueblo me parece muy interesante”.

El kirchnerismo ha entrado en la fase autocrítica ante la cercanía de la derrota. “Si hay alguna falla está en la inteligencia de Cristina Kirchner, que es tan inteligente que considera que no necesita ni asesoramiento ni formar cuadros y no supo formar un sucesor”, asegura José Pablo Feinmann, filósofo de referencia del Gobierno. Él cree que Scioli y Macri son “dos caras del capitalismo, una de las cuales [Scioli] se presenta como una cara del capitalismo humanitario, distribucionista y latinoamericanista”, y por eso lo apoya. Los científicos también han estado muy cerca del kirchnerismo, que ha invertido mucho en ciencia. Uno de los más reconocidos, el biólogo molecular Alberto Kornblilhtt, dice que “no fue la revolución socialista o el fin de la pobreza" pero sí cree que fueron muy buenos gobiernos que “estuvieron a la izquierda de la media de los argentinos”.

Otros son mucho más críticos. El intelectual José Nun, que fue ministro de Cultura de la primera fase del kirchnerismo, ahora es muy duro: “La pobreza es similar a la que precedió la crisis de 2001, las reservas del Banco Central son similares a las de esa crisis. Las medidas que se vienen tomando le dejan una carga tal a quien asuma la presidencia que de un modo o del otro va a haber ajuste y devaluación, con características distintas”.

Dante Caputo, exministro de Asuntos Exteriores con Alfonsín, resume los últimos años de su país: “La historia de Argentina se escribe con un gobierno que genera ilusiones y después frustraciones y que llevan a gobiernos que están en las antípodas del que defraudó la ilusión. Ese va y viene, ese movimiento pendular, esa obsesión a lo Foucault que tiene la Argentina es desesperante”.

El premio Nobel de la Paz en 1980 y miembro fundador de la teología de la liberación Adolfo Pérez Esquivel también es crítico, aunque ha anunciado que votará a Scioli porque lo prefiere a Macri: “Nosotros no luchamos para esto. Luchamos por una sociedad libre, más justa, una democracia participativa. No para gobiernos autoritarios donde aumente la pobreza, la marginalidad y la falta de respeto al derecho de las personas y de los pueblos. Hemos arriesgado nuestras vidas, nuestras familias, hemos pasado por las cárceles y las torturas y no fue para llegar a una situación de mediocridad como la que tenemos”, asegura.

El neurólogo Facundo Manes incluso habla de un “cerebro argentino”, una forma de pensar que impide progresar al país: “Los argentinos somos personas resilientes, súper preparadas para enfrentar las crisis, creativos, pero nos falta más trabajo en equipo. Tenemos que cambiar el sesgo mental que tenemos, el roban pero hacen, el “solamente puede gobernar el peronismo”, el “lo único importante es lo urgente”. Creo que la educación es parte de una sociedad que tiene que reinventarse”, explica.

El cantante Andrés Calamaro habla de esa sensación de lo que pudo ser: “Argentina fue una economía prometedora en el mundo, se daban las condiciones interiores y universales para exportar producción agropecuaria, pero estamos hablando de años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Existe una sensación de destino desperdiciado, casi una maldición argentina. Quizás no aprendemos de nuestros errores porque son funcionales al beneficio de unos pocos”.

Pese a todo, tanto los de un lado como los del otro creen que Argentina está mejor que en 2001, su última gran crisis, y de alguna manera confían en que saldrá adelante, un sentimiento muy extendido entre los argentinos. El humorista Liniers, autor de Macanudo, una de las tiras cómicas más seguidas del país, resume este optimismo escéptico característico de sus compatriotas: “Argentina es tan generosa en descontroles… en los últimos cincuenta años tuvo crisis económicas, golpes dictatoriales, violencia desde todo punto de vista y el humor es de lo que nos agarramos. Sí, soy híper optimista. Porque me parece que aprendimos la lección importante que era la de la democracia. La gente que vive acá es simpática, desopilante, rara, a veces generosa, a veces engreída, pero interesante”. Estos argentinos que tanto debaten sobre sí mismos deciden hoy el futuro de su país.

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