ANÁLISIS / Entender lo más sencillo

Los refugiados son hombres, con sueños y miedos, como nosotros

TAMARA DJERMANOVIC, El País
Sabía que a mi país de origen, Serbia, están llegando en los últimos meses ríos de exiliados sirios, iraquíes, afganos, kurdos, africanos y otros. Lo sabía. Como también seguía las noticias de los 15 conflictos bélicos que en los últimos cinco años han emergido provocando —aparte de sangre y terror— estas migraciones humanas. Pero cuando, nada más bajar del autocar en la estación central de Belgrado lo he visto in situ, entendí en toda su profundidad el drama: solo en un parque minúsculo vi centenares de seres humanos —mujeres con niños, jóvenes, abuelos— durmiendo al raso.


“Todo esto es duro e incierto, pero no hay vida con los talibanes”, dice Fahim, que explica que trabajó para una empresa americana en su país, Afganistán, y que ahora se propone alcanzar Europa occidental. “Porque sabemos que allá se respetan los derechos humanos”, señala.

Muchos serbios recuerdan que no es la primera vez en la historia que estos territorios sirven de baluarte entre Occidente y Oriente. Serbia es un país de muy delicada situación económica y la ayuda prometida por la UE para afrontar la crisis de los refugiados tarda en llegar.

En Belgrado también se ve a refugiados paseando en familia por lugares de ocio y calles céntricas. “Los hay que tienen mucha pasta”; “algunos son universitarios, médicos, profesores”, se cotillea entre los locales, que en general les tienen compasión porque esta parte de Europa tiene un pasado reciente dramático y marcado por las guerras. Existen iniciativas ciudadanas de ayuda. Pero también comentarios despreciables como “a Serbia llegan extranjeros que no poseen inteligencia ni cultura general elemental”, que dijo el alcalde de Kanjizha, una de las poblaciones fronterizas con Hungría y donde el número de refugiados en algún caso supera el de vecinos.

No está claro que en Serbia se conservara la misma actitud hospitalaria si los muros que empiezan a erigirse impiden que los desplazados prosigan su viaje hacia Austria, Alemania, Suiza, Bélgica y los países nórdicos, objetivo de la mayoría.

Cuando Tolstói en Guerra y paz reflexiona acerca del sentido de la historia a partir de los “movimientos de los pueblos” que en el siglo XVIII se dirigieron de Occidente hacia Oriente y en el XIX, con asombrosa simetría, de Oriente a Occidente, escribe: “Durante ese período (...) inmensas extensiones de tierra quedan sin cultivar; las casas son incendiadas, el comercio cambia su orientación; millones de personas se arruinan, otros se enriquecen, otros emigran...”.

Es inevitable preguntarse por qué nos cuesta, una vez más, entender lo más sencillo. Son hombres, con sus sueños y sus miedos, como nosotros. Pongámonos en la piel de aquel crío alemán que, cuando le preguntaron si en su guardería también había extranjeros, respondió: “No, allí solo hay niños”.

Tamara Djermanovic es profesora de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona). En 1991 se exilió a España.

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