Vargas Llosa: "Los Kirchner han conducido a este gran país al caos económico"

No para de escribir ni de temer por el futuro de la humanidad. Desde su liberalismo, le dispara a la corrupción y a los nacionalismos y critica al gobierno argentino.

Buenos Aires, Clarín
Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) bromeaba hace unos días en Segovia, adonde había ido a dialogar con su colega el también Nobel francés J. M. G. Le Clézio dentro del Hay Festival, que de manera inexorable se acerca a los ochenta años y que esa es ya una edad demasiado seria.


Alguna vez dijo que cuando llegara a esos años se compraría un perro, probablemente un gran danés, y se expondría al tiempo sentado y leyendo en una hamaca cómoda frente al mar. Esto lo dijo hace al menos tres años, poco después de haber ganado el premio principal de la literatura en el mundo; ese acontecimiento lo agarró dando clases a un puñado de jóvenes en Princeton. Vivía entonces en Nueva York, a caballo de esa universidad y del ajetreo al que se somete en las ciudades: teatro, cine, conciertos, bibliotecas. Al principio de su vida (que cuenta admirablemente en El pez en el agua, un libro cuya lectura desbarataría todos los tópicos que hay sobre él) se ganó el nombre de Varguitas, y siempre fue un escolar esforzado y voluntarioso que no paró de leer y de escribir con una disciplina que pasará a la historia de la literatura al lado de tenacidades como las de dos de sus ídolos, Balzac y Flaubert.

Esa actividad incesante, para la que que cuenta con una cómplice inigualable en su mujer, Patricia Llosa, es la que ha pospuesto (creo que para siempre) esa voluntad suya de retirarse un día a descansar frente a un mar pacífico (no necesariamente el Pacífico) y con una pila de libros que lo conforten.

Al contrario, además de un escritor que defiende su tiempo (en sentido real; también su tiempo en sentido metafórico) trabajando sin tregua en sus libros y en sus artículos, Mario Vargas Llosa es un ser contemporáneo que se divierte en cines y teatros, en paseos y en cenas, y no deja jamás de cumplir con su vocación de mirar: exposiciones, paisajes. Su entusiasmo no conoce límites; ni su entusiasmo ni su alegría ni su curiosidad. Esta última lo ha convertido en uno de los periodistas más despiertos del mundo, que no ceja en su obligación intelectual de interpretarlo y en su compromiso político de afrontarlo como un desafío que no hay que agarrar como si fuera un simple trámite el hecho de vivir con otros en un universo plagado de injusticias, recelos y emboscadas.

Podrás estar de acuerdo con él y podrás estar en desacuerdo, pero es imposible sentirse indiferente ante Vargas Llosa. Su vida, que empezó siendo la de un escritor y siguió siendo la de un revolucionario que perseguía las utopías de cada tiempo cuando el tiempo convulso convivía con los inicios de la Revolución (la cubana, por ejemplo), es el reflejo de un hombre de este tiempo; salvando las distancias del drama que vivió Albert Camus en medio de dos guerras, su compromiso con la vida (y con el devenir político) ha seguido esa estela del autor de El extranjero: hasta que no tuvo su conciencia acorde con sus deseos, hasta que éstos no hallaron acomodo en sus convicciones, Vargas Llosa no se sintió un hombre libre, y desde entonces ningún tópico de los que caen sobre él lo arranca de su concepto de la libertad, que arranca de Popper y de Isaiah Berlin y no de Carlos Marx.

Es un hombre libre con el que da gusto hablar, porque su conversación es la de un liberal que actúa como tal: respeta lo que digas, lo contrapone con lo que él piensa, y si sigues pensando distinto con él brindas igual por la conversación y por la vida. A veces (como ahora mismo) se siente impelido a expresar su desconcierto, y de eso fuimos a hablar con él, en su casa de Madrid, en medio de un estreno teatral (El loco de los balcones, con José Sacristán de protagonista, se ponía esos días por primera vez en la serie de estrenos de sus obras que hace el Teatro Español en Madrid) y de sus viajes y artículos y libros (pues ahora escribe una nueva novela, y esa es zona sagrada para él).

Resulta que a comienzos de septiembre Vargas Llosa publicó un artículo estremecedor, "Las guerras del fin del mundo", que evoca el título de una de sus principales novelas (La guerra del fin del mundo), sobre la situación que estamos viviendo ahora en el mundo alrededor, incluida la Europa en la que vive la mitad del año. Africa, Medio Oriente, Irak, Siria..., el mundo entero está en un periodo turbulento de la historia; las matanzas se suceden, los atentados son cada vez más sofisticados o brutales, y surge, además, esa novedad terrorífica en el aterrador terrorismo mundial: las decapitaciones del ejército ultraislámico en los montes de Siria e Irak.

"Ahora en el mundo hay una enorme crispación y se forman frente enemistados"


De esos horrores y de sus causas y de sus inciertos porvenires iba ese texto conmovedor que explica un escenario horripilante que nos retrotrae en algunos casos a las guerras de la Edad Media. Con ese regusto amargo estábamos cuando Viva me pidió que hablara con Mario Vargas Llosa.

Con él se puede hablar de todo, y a nada le pone mala cara (aunque el asunto sea para poner mala cara), pero esa sombra que hay sobre el mundo y su manera de mirarla me parecieron asuntos suficientes como para molestarlo mientras descansa de la novela o se apresta a un estreno teatral o a una sesión de cine. Por esos días, a aquella sombra del mundo le había nacido una luz, el referendum de Escocia, cuyo resultado evitó la fractura del Reino Unido, por el que él dio tres emocionados hurras.

En Europa (en España, más precisamente) había una sombra más, que sigue estando: la de Cataluña, cuyos dirigentes (y mucha de su población) se quiere separar de España. Para él todos estos movimientos tratan de disgregar la voluntad europea, y esta crisis es más dañina de lo que muchos piensan.

Esos asuntos revoloteaban por nuestra conversación, como es natural, pues hablar con Vargas Llosa es hablar con un hombre preocupado por el tiempo y por su tiempo: por el tiempo para aprovecharlo e impedir que esos 80 años que vislumbra lo hallen activo y pensando y escribiendo y leyendo, y por su tiempo para observarlo con la vitalidad con que ha afrontado las décadas de su vida, como un hombre comprometido.

Las guerras del fin del mundo comenzaba ironizando sobre lo que, tras la caída del Muro de Berlín, había escrito Francis Fukuyama sobre el fin de la historia: según Fukuyama ya había ganado la democracia, y para siempre. Pues ya ven qué ha pasado, decía Vargas Llosa. Y precisamente por la persistencia del espíritu soviético y zarista en Vladimir Putin y lo que sucede con las repúblicas que él quiere seguir dominando como antes lo hicieron Stalin o Brezhnev empezamos a hablar. Ahora, decía él, "la historia está más viva que nunca", y es más terrible. Y miren lo que hace Putin.

-Usted evoca la predicción de Francis Fukuyama: la caída del Muro de Berlín, la desaparición del bloque soviético parecía predecir el fin de la historia; la democracia ha vencido, ya no habrá más nubarrones. Y mire, los nubarrones están, también por ese lado del mundo. Quién iba a decir que en ese lado del mundo iban a deshacer lo andado para igual o peor...

Sí, tienen una sociedad humillada, entregada a Putin, que gobierna de una manera absolutamente autoritaria y rodeado de una pandilla de cómplices, retomando una tradición que creíamos acabada: la de Stalin y la de los zares.

-El estado del mundo da miedo. ¿Qué es lo que más le preocupa?

Creo que lo más preocupante en el mundo es el fundamentalismo religioso, sobre todo el islámico, y el nacionalismo, dos formas de colectivismo que han sido fuente de las peores desgracias para la humanidad y que resucitan en un periodo en el que creíamos que lo que se extendía por el mundo era la tolerancia y el poder vivir pacíficamente en la diversidad. Nada de eso. Hay una enorme crispación y otra vez la formación de frentes absolutamente enemistados en los que prácticamente desaparece el diálogo y lo que lo sustituye es la guerra y el terror. Y en Europa, la resurrección de los nacionalismos pone en peligro todos los grandes progresos de la integración europea, la integración de la Europa oriental a la Europa occidental, tan positivos. El resurgir de los nacionalismos es sumamente preocupante, incluso en los países democráticamente más avanzados como Francia, donde si hubiera elecciones hoy día ganaría el Frente Nacional, un movimiento neofascista, la forma más extrema del nacionalismo.

-Todo adobado dentro de un caldero en el que el populismo es un elemento fundamental.

El populismo es un ingrediente central del nacionalismo, pero, en una escala de problemas, en primer lugar está el nacionalismo, en distintas formas, porque el nacionalismo adopta distintas formas. Ha sido derrotado en Escocia pero está vivísimo en España donde es un problema mayor; ha pasado a ser primordial, no es ya la crisis económica, porque mal que mal está encontrando un camino de solución, con enormes sacrificios, pero está saliendo; del problema del nacionalismo no está saliendo, está ahí, es una fiera suelta que nadie sabe muy bien cómo lidiar con él, empezando por el Gobierno español.Hay una extraordinaria abdicación de lo que debería ser el enfrentamiento democrático al nacionalismo de una manera muy resuelta, con una gran convicción.

-¿Qué significa el nacionalismo?

Defendemos el valor y el nacionalismo representa el desvalor, esto en España desgraciadamente no se ve, son unos sectores muy minoritarios los que están en esa campaña. El Gobierno juega un poco a pensar que los problemas se resuelven solos, que es un problema artificialmente creado (también lo creo), pero se ha creado y es una realidad indiscutible. El problema está ahí y tiene un arraigo en sectores muy amplios de la sociedad. Otra cosa es si el que sea numeroso significa que sea legítimo, no lo creo, pero sí creo que es muy numeroso.

-Los socialistas proponen...

El partido socialista no sabe qué hacer; propone una solución federalista sin explicar claramente qué es lo que diferencia el federalismo del régimen de autonomías, algo para mí absolutamente esotérico, y no lo esclarece porque simplemente no sabe tampoco cómo esclarecerlo... Aunque creo que hay una gran mayoría de españoles que no quieren el nacionalismo, la verdad es que no hay una idea clara de cómo enfrentarse a él y derrotarlo. El problema es mayúsculo.

-¿Qué ha tenido que pasar para que se deteriorara la ambición global de Europa y del mundo?

Básicamente la corrupción. La corrupción ha traído un desencanto extraordinario en los países democráticos por su vertiginosa magnitud. En gran parte la crisis financiera, monetaria, ha derivado de la corrupción más que de las malas políticas. Ha habido una corrupción resultante de la avidez, de la codicia a las que la ley no sabía cómo poner freno, la legalidad se ha venido colapsando periódicamente por la fuerza de la corrupción. En España esto ha traído algo inconcebible para un país que se ha modernizado como se ha modernizado; en las últimas elecciones ha habido 1.200.000 españoles que votaron por un populismo chavista, quienes frustrados, desesperados, desempleados, piensan que puede ser una solución.

-Usted mira alrededor y, por lo que dice, halla poca esperanza.

Si miramos alrededor el problema es sumamente serio. Al mismo tiempo Oriente Medio ya se ha incendiado otra vez, acabo de ver los bombardeos desde mar, aire y tierra. Se suponía que Obama había sido muy claro y categórico cuando dijo que sacaba al Ejército y que ya no entraban más. Pues allí están, absolutamente desesperados y muy comprensivamente, con un crecimiento de fuerzas –el Califato Islámico–más radicales y más numerosas todavía que Al Qaeda en Irak o en Siria. Naturalmente hay que movilizarse, pero eso significa un terrible fracaso de toda la política que lo ha precedido. Y si miras al otro lado ves una gran confusión, una gran debilidad y una gran incertidumbre sobre lo que hay que hacer. Hay una crisis muy profunda de la democracia pero derivada en gran parte de la corrupción, que ha tomado unas proporciones aterradoras. Todos los grandes bancos del mundo están siendo multados con sumas vertiginosas por haber actuado de una manera ilegal, indebida, por haber sido grandes fuentes de corrupción. ¿Cómo no va a desmoralizar a la gente todo esto con respecto a lo que es la pura libertad de la cultura democrática? Es terrible porque si la gente se decepciona de lo que clarísimamente representa un valor y la alternativa más positiva a todo lo otro, ¿con quién nos quedamos?

-Esa es la incertidumbre más grave que usted cita: la creación de un abismo que sólo propone perspectivas aterradoras...

Ese es el espíritu con el que está escrito ese artículo en el que quizá he sido un poco más pesimista de lo que debiera, pero creo que ese panorama lo explica.

-Habla de dos luces, la del 89 cuando caen los muros, y la de la Primavera árabe. Eso está por los suelos ya.

Pero la Primavera árabe era una realidad y no tuvo un apoyo muchísimo más resuelto. En Siria fue una tragedia porque la gran movilización contra la dictadura estaba encabezada por demócratas que querían democratizar y modernizar el país y la falta de apoyo de Occidente fue trágica. No sólo trágica: permitieron que ese movimiento se convirtiera en un caballo de Troya a través del cual el fundamentalismo más intransigente y criminal tuviera unas posibilidades de expansión que fíjate en lo que se han convertido. Ahí hay una falla de Occidente, debió comprometerse de una manera más resuelta para no permitir la expansión del fundamentalismo de la manera que estamos viendo.

-La imagen de las decapitaciones, que las televisiones y las redes sociales amplifican como un espectáculo, representa la regresión más absoluta de este momento en guerra que vive la humanidad del que usted habla.

Es que ese colapso de la democracia no está sólo en la corrupción económica sino también en la degradación de los valores tradicionales. Es terrible que los medios de comunicación en lugar de servir de barrera de contención de ese horror, lo exploten sin escrúpulos, cínicamente, convirtiendo en espectáculo lo que es el horror de nuestro tiempo. Esa civilización está profundamente corrompida también, hay un colapso de la legalidad, de los valores, que tiene que ver muchísimo con el deterioro de las ideas. Si las ideas no representan nada, si los valores han desaparecido y se vive en un puro pragmatismo, estamos en la negación de la gran tradición libertaria, democrática, la de las ideas, la del espíritu crítico, la de la lucha contra el mal. Hoy no se sabe qué es el mal y qué es el bien. Hay una confusión al respecto total y el puro pragmatismo produce esos monstruos que estamos viviendo.

-Entre las luces que han desaparecido y las sombras que se han impuesto hay una luz pequeñita de la que usted se congratula en su texto, América.

En América latina tenemos menos dictadores que en toda nuestra historia, aunque existen casos dramáticos y pavorosos como el de Cuba o Venezuela. Venezuela tiene seguidores supuestamente, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, sin embargo esos seguidores no practican las políticas de Venezuela y guardan algunas formas democráticas porque los tiempos no están a favor de los autoritarismos explícitos a la manera tradicional en América latina. Esto, nos guste o no, es un progreso. Curiosamente en el continente, que era el que siempre decepcionaba, hoy tienes una alternativa que es bastante positiva. Las democracias, por imperfectas que sean, están funcionando cada vez más (con esas excepciones): hay una derecha democrática, como se ha visto en Chile, en Colombia, en Perú; hay una izquierda democrática, como se ve en Chile o en Uruguay. Uruguay es un caso interesantísimo de antiguos ex guerrilleros que creían en la acción armada y en la violencia. Suben en unas elecciones libres y la democracia no sólo no sufre mella sino que es muy dinámica y progresista que está introduciendo reformas muy liberales: la legalización de la marihuana, el matrimonio gay, la ley del aborto, y al mismo tiempo economía de mercado, gran estímulo a la inversión extranjera. Es una izquierda muy moderna, una izquierda en la que lo mejor del socialismo y lo mejor del liberalismo se han co-fundido. Es un país muy pequeño con unas características muy especiales, uno de los casos más estimulantes en un panorama del mundo bastante negativo.

-¿Cómo ve el caso argentino, al que se ha referido críticamente?

En este momento la esperanza es que acabe la época de los esposos Kirchner, que han conducido a este gran país a una situación de caos económico que ahora ha alcanzado la categoría de default en medio del descrédito internacional y del caos del desgobierno. Ese desgobierno ha conducido a Argentina a la caída libre. Pero finalmente parece que la población, la opinión pública, refleja en las encuestas que los Kirchner pierden popularidad y se producen por tanto perspectivas de renovación porque es inevitable un cambio. Eso levanta el ánimo, porque a nadie le puede satisfacer el descrédito de su país, sobre todo cuando éste es tan ejemplar como Argentina, en el que funcionó durante muchos años un sistema educativo sin parangón en nuestro mundo. Esta esperanza se debe a que ya no se aguantan más las políticas populistas e irresponsables que ahora producen una reacción que ojalá se deje ver en la votación próxima. Ojalá eso ocurra y Argentina vuelva a ser, para bien del propio país y del mundo, la gran nación que tantos admiramos.

-El artículo sobre el horror de "las guerras del fin del mundo" mostró su contrariaredad como intelectual y como hombre comprometido con la realidad. Después se le alivió el ánimo con lo ocurrió en Escocia.

Lo que refleja que no hay que perder nunca las esperanzas, que hay que creer que sí hay cosas buenas y cosas malas y que las buenas son preferibles a las malas. Parece muy obvio decirlo pero a ratos se olvida. Europa está mucho mejor después del voto escocés de lo que lo hubiera estado si Escocia se hubiera independizado y hubiera provocado una catástrofe, la desaparición de Gran Bretaña, quizá la de la Unión Europea. Nada de eso ocurrió, más bien ha recibido un gran aliento. No hay que ceder al pesimismo y al mismo tiempo hay que tratar de mantener la lucidez, incluso si la lucidez te obliga a aceptar que hay periodos muy negativos en la Historia.

-Al final de su texto recuerda que en el 89 Fukuyama dijo que era irreversible la victoria de la democracia. Lo pone entre interrogantes...

La victoria final no existe, son siempre victorias parciales de la libertad. Va a haber retrocesos, caídas, ojalá se llegara a esa visión idílica respecto a la libertad y la democracia que daba Fukuyama en sus profecías. Creo que nunca se va a llegar, pero lo que sí creo es que hemos progresado, estamos mejor que en la época de las cavernas sin ninguna duda, estamos mejor que en la Edad Media, que durante la Inquisición desde luego, mejor que en la época del colonialismo, muy reciente y muy vivo hace 50 o 60 años, y que en el mundo de hoy se encoge y casi desaparece.Progreso sí hay pero los progresos no vienen solos, no son accidentes naturales. Detrás de los progresos hay una acción humana y lo importante es que esa acción humana se mantenga, esté bien orientada y no cundan ni el pesimismo ni la parálisis.

-¿No encuentra que entre los instrumentos que han dañado la democracia o la libertad está la falta de instrucción política en la sociedad?

La política pasó a ser muy despreciada. Es comprensible y al mismo tiempo peligrosísimo: si das la espalda a la política, la política puede quedar en manos de los peores. Si los mejores creen que la política es asquerosa y que hay que alejarse de ella, la política quedará en manos de rufianes, de mediocres y de pobres diablos. Algo de eso ha empezado a ocurrir en las democracias más avanzadas y es una de las explicaciones del gran deterioro de la vida política. Es importante convencer a los más brillantes, inteligentes, decentes, generosos e idealistas para que hagan política. Sólo puedes adecentar la política si la gente decente hace política. Si la dejas en manos de los rufianes porque te parece asquerosa, la política será cada vez más asquerosa.

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