La alcoba pública
Francia sigue siendo un paraíso para la privacidad de los políticos por la alianza entre poder y prensa, y la tolerancia ciudadana
Miguel Mora, El País
El debate sobre lo público y lo privado ha estallado con fuerza en Francia tras las informaciones no desmentidas sobre el amor secreto de François Hollande con la actriz y productora de cine Julie Gayet. El presidente expresó el martes su “indignación total” por la publicación en la revista Closer de unas fotos del presidente francés acudiendo a sus citas de amor con la llamada segunda dama.
Nada más publicarse el reportaje, Hollande deploró en una nota firmada como “ciudadano” —y no como presidente— “el atentado contra el derecho a la vida privada”, y el martes se negó a responder a ninguna cuestión sobre el asunto. Pocas horas después, ayer, Gayet presentaba una querella contra Closer.
Hollande explicó que la revista había atacado un “derecho fundamental”, y añadió que le guía “el principio de resolver los asuntos privados en privado”, aunque de forma paradójica sí confesó que él y la hospitalizada primera dama, la periodista Valérie Trierweiler, pasan “momentos dolorosos”.
El caso parece lejos de ser una novedad. En las dos décadas pasadas desde que Paris Match reveló en 1994 la doble vida de François Mitterrand, no faltan los ejemplos de presidentes, jefes de Estado y políticos sin graduación expuestos al público en situaciones poco decorosas. Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky; Silvio Berlusconi con sus velinas mayores y menores; y el exdirector del Fondo Monetario Internacional Dominique Strauss-Kahn con sus ataques a diestro y siniestro son solo tres casos que ilustran la delgada frontera que separa intimidad y política.
La novedad es que, si aquellos tres tuvieron consecuencias para la imagen y la carrera de sus protagonistas, no parece que con Hollande vaya a pasar lo mismo. Los franceses, según ha recordado el propio presidente, creen que la privacidad es un derecho sagrado. Y esto, a ojos de muchos extranjeros, hace del país un caso especial: “¡Ah, la France!”, se suele decir con un suspiro.
Pero las cosas no son tan sencillas. Según la primera encuesta, el 77% de los franceses considera que el asunto Gayet es estrictamente privado y no afectará a la imagen del presidente. Y no cabe descartar que acabe influyendo a favor. Según el politólogo Stéphane Rozes, director de Consejos, Análisis y Perspectivas (CAP), “a los franceses no les interesa, o en todo caso les divierte, la vida privada de Hollande, pero este hizo muy bien no respondiendo. Mantener la separación entre vida privada y vida pública es esencial para que el cargo de presidente esté por encima de quien lo ejerce”.
Se dice que la patria de Sade siempre ha hecho como que se encogía de hombros ante las infidelidades de sus mandatarios, pero basta darse una vuelta por Twitter o por las radios para ver que el afán de transparencia, sátira y voyerismo que caracteriza la era de las redes sociales, el espionaje global y las filtraciones masivas también causa furor en Francia. “La gran ironía”, apunta el profesor de sociología Eric Fassin, “es que Hollande llegó al Elíseo prometiendo que sería ejemplar en su vida pública y privada, y que acabaría con la mezcla de géneros que tan bien manejaba Sarkozy, el presidente que movió las fronteras de lo íntimo y lo político. Antes de Sarkozy, los franceses no sabían casi nada de la vida de sus presidentes. Regía la concepción del siglo XVIII, que estableció que el hombre era público y la mujer privada. La foto de la hija de Mitterrand, un caso aparte, fue autorizada porque el presidente quería reconocer a su hija bastarda. Pero de Chirac y de Giscard, el público no sabía nada”.
Rozes coincide en que fue Sarkozy quien “puso su persona por encima del cargo, se inventó una primera dama como si Francia fuera una monarquía, y dijo que lo hacía en nombre de la transparencia y la honestidad”. El politólogo añade que, “aunque los medios funcionen al modo anglosajón, Francia no es Estados Unidos, donde los vicios y virtudes privados son decisivos para la función pública”.
Fassin discrepa, y sostiene que lo que está en juego en el caso Hollande “es el uso político de la privacidad, la redefinición de las reglas de la democracia mediática y la batalla entre políticos y periodistas por definir qué es público y no lo es. Sarkozy decidía a su antojo lo que era privado y público. Y Ségolène Royal también cuando contó su separación de Hollande. Ahora, el presidente al que todos acusaban de ser débil por estar sometido a su pareja, intenta como Sarkozy imponer lo que es privado y lo que no. La duda es si Hollande quiso realmente ser discreto con Gayet. O si ha jugado ese juego para construirse una nueva imagen”.
La duda parece razonable. Gérard Courtois ha recordado en Le Monde que el presidente no ha sido fotografiado en la intimidad, “sino en plena plaza pública”, entrando con su casco al apartamento de sus citas galantes. Además, Hollande se dejó ver en el rodaje de una película de Gayet, lo que disparó los rumores sobre la relación. Esto no ha impedido que Closer haya sido atacada por toda la clase política y por la prensa seria, aunque según Fassin “todos conocían el rumor y estaban deseando que alguien lo publicara para poder hablar de ello”.
Muchos políticos, como el conservador Alain Juppé, consideran que nadie puede meterse en la vida privada de nadie. Y Hollande ha dicho que la intrusión afecta a todos porque “puede pasarle a cualquiera”. Esto plantea otra arista del debate: ¿hay o no limitaciones a la privacidad de un político? ¿Quién las fija? Según Edwy Plenel, director del diario digital Mediapart, “el caso Hollande está en el límite de lo privado y lo público. Él tiene razón al decir que su relación con Trierweiler es privada. Lo que no es privado es saber quién es la primera dama. Él sostiene que no hay un estatuto que lo regule, pero la primera dama tiene cuenta en Twitter, página web y gabinete en el Elíseo”.
Marine Le Pen ha dicho que la condición para informar sobre las andanzas del jefe del Estado es que el romance “cueste dinero público, como sucedió con Mitterrand”, que hizo proteger a su segunda familia con gendarmes y anotaba todos los gastos al Estado; o como pasaba con Berlusconi, el gran eliminador de las barreras entre público y privado.
Plenel considera que “la vida privada no puede ser una coartada de los poderosos”. Los medios, dice, “tienen la obligación de vigilar al poder, da igual que sea el presidente o un alcalde. No es que no tengan derecho a su vida privada, pero llegan al cargo con su privacidad a cuestas, y si se ven con alguien en un apartamento relacionado con la mafia corsa, es un problema político”.
La connivencia entre el poder y la prensa, percibida por las ciudadanías como un cáncer de las democracias, es otro factor fundamental, que interroga sobre el papel que pueden jugar unos medios cada vez más sumisos con los mandarines.
En Francia, esa alianza sigue siendo sagrada, como se vio en el incomprensible silencio que acompañó durante años al incontrolable DSK. El pacto se ha forjado a través de décadas de favores mutuos y promiscuidad —no solo física— entre presidentes, diputados, editores e informadores. La escena del periodista de Le Figaro que preguntó a Hollande por la primera dama y luego pidió perdón resume ese universo.
Según dijo Hollande al ser preguntado por un corresponsal de EE UU, “los franceses tienen principios muy sólidos sobre la vida privada y la libertad de prensa”. Básicamente, la idea se traduce en respetar casi hasta la genuflexión al presidente-rey, y en incordiar lo menos posible al poder. “Es chocante que el asunto interese mucho más a los medios extranjeros que a los nacionales. Pero no estamos ante ninguna singularidad eterna de Francia”, concluye Eric Fassin, “sino ante una relación de poder entre dos mundos que se miman y se necesitan”.
Intimidades expuestas
Schwarzenegger. El actor y político Arnold Schwarzenegger estaba casado con María Shriver-Kennedy. Días después de abandonar la mansión de gobernador de California, en 2011, la pareja anunció su separación tras más de 25 años de matrimonio y cuatro hijos en común. Arnold había tenido una relación amorosa con su empleada, Mildread Patricia Baena, con quien tuvo un hijo.
Clinton. En agosto de 1998, el presidente estadounidense Bill Clinton se vio obligado a admitir ante un jurado que había tenido una relación extramatrimonial con una becaria de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky. Tres semanas después, bajo la presión del fiscal Kenneth Staff y de la Cámara de Representantes, de mayoría republicana, admitió su infidelidad y pidió perdón entre lágrimas.
Juan Carlos I. Tras el incidente del rey español en una cacería de elefantes en África, los medios de comunicación se hicieron eco de la amistad de don Juan Carlos con la aristócrata alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein. En la revista Vanity Fair declaró: “Sí. Somos buenos amigos. Algunas personas no entienden que hay cosas que suceden y acaban en un momento dado. Pero la amistad no acaba. Él ahora es un anciano caballero que lucha contra su salud y que necesita toda la ayuda que pueda conseguir”.
Príncipes de Gales. En diciembre de 1992 —tras 12 años de matrimonio con Diana de Gales—, Carlos de Inglaterra reconoció ante las cámaras de televisión que le fue infiel a su esposa. Nadie dudó de que la amante era Camila Parker Bowles, ahora su esposa. Diana, que se había separado ya del príncipe Carlos, destapó las infidelidades de ambos. Él tenía encuentros con Camilla Parker-Bowles, con la que terminó casándose. Ella, por su parte, confesó haber tenido una aventura con el mayor de caballería James Hewitt.
Berlusconi. El ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi ha sido el protagonista de varios escándalos en revistas y periódicos tras invitar a su mansión en Árcore a menores de edad a cambio de dinero y joyas, según una sentencia de primera instancia dictada por tres juezas de Milán el pasado 24 de junio de 2013, que lo condenó a siete años de cárcel y a la inhabilitación de por vida para ejercer un cargo público. La mencionada sentencia dice que Berlusconi en dos ocasiones convidó a entrar en su lujosa propiedad italiana a la marroquí Karima El Marough, más conocida como Ruby robacorazones, sabiendo que era menor de edad. En segundo lugar, en la noche del 27 al 28 de mayo de 2010, Ruby fue detenida por birlar 3.000 euros a una prostituta con la que compartía el piso. Debido a esto el político movió sus influencias para que la joven fuera liberada. Por último, la sentencia da por hecho que Berlusconi organizaba las famosas Bunga, bunga, que eran fiestas de disfraces para dar placer sexual al magnate. Según las juezas de Milán, aquello que el político calificó como “cenas elegantes”, formaban parte en realidad de “un auténtico sistema de prostitución”.
Kennedy. Siempre ha habido infidelidades de presidentes menos secretas. Se supone que Jacqueline Kennedy sabía de la aventura de su marido John Fitzgerald Kennedy con Judith Exner, también relacionada con el mafioso Sam Giancana; de su relación con su secretaria; de su idilio con una supuesta espía alemana; y por supuesto, de su relación con Marilyn Monroe.
Bélgica. Un caso no cerrado ensombreció en dos ocasiones el matrimonio del anterior rey de los belgas, Alberto II, con su esposa Paola. El romance de este con Sybille de Sélys —de la que supuestamente nació una hija llamada Delphie— provocó dos tentativas de divorcio. Uno en 1969, tres años después de que el monarca conociera a De Sélys. El segundo intento de separación se produjo siete años más tarde cuando De Sélys no soportaba más la situación y comunicó a Alberto que se iría de Bélgica con su hija. Entonces el hoy exmonarca retomó sus planes de divorcio, pero 15 días antes del anuncio, la aristócrata se arrepintió.
Miguel Mora, El País
El debate sobre lo público y lo privado ha estallado con fuerza en Francia tras las informaciones no desmentidas sobre el amor secreto de François Hollande con la actriz y productora de cine Julie Gayet. El presidente expresó el martes su “indignación total” por la publicación en la revista Closer de unas fotos del presidente francés acudiendo a sus citas de amor con la llamada segunda dama.
Nada más publicarse el reportaje, Hollande deploró en una nota firmada como “ciudadano” —y no como presidente— “el atentado contra el derecho a la vida privada”, y el martes se negó a responder a ninguna cuestión sobre el asunto. Pocas horas después, ayer, Gayet presentaba una querella contra Closer.
Hollande explicó que la revista había atacado un “derecho fundamental”, y añadió que le guía “el principio de resolver los asuntos privados en privado”, aunque de forma paradójica sí confesó que él y la hospitalizada primera dama, la periodista Valérie Trierweiler, pasan “momentos dolorosos”.
El caso parece lejos de ser una novedad. En las dos décadas pasadas desde que Paris Match reveló en 1994 la doble vida de François Mitterrand, no faltan los ejemplos de presidentes, jefes de Estado y políticos sin graduación expuestos al público en situaciones poco decorosas. Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky; Silvio Berlusconi con sus velinas mayores y menores; y el exdirector del Fondo Monetario Internacional Dominique Strauss-Kahn con sus ataques a diestro y siniestro son solo tres casos que ilustran la delgada frontera que separa intimidad y política.
La novedad es que, si aquellos tres tuvieron consecuencias para la imagen y la carrera de sus protagonistas, no parece que con Hollande vaya a pasar lo mismo. Los franceses, según ha recordado el propio presidente, creen que la privacidad es un derecho sagrado. Y esto, a ojos de muchos extranjeros, hace del país un caso especial: “¡Ah, la France!”, se suele decir con un suspiro.
Pero las cosas no son tan sencillas. Según la primera encuesta, el 77% de los franceses considera que el asunto Gayet es estrictamente privado y no afectará a la imagen del presidente. Y no cabe descartar que acabe influyendo a favor. Según el politólogo Stéphane Rozes, director de Consejos, Análisis y Perspectivas (CAP), “a los franceses no les interesa, o en todo caso les divierte, la vida privada de Hollande, pero este hizo muy bien no respondiendo. Mantener la separación entre vida privada y vida pública es esencial para que el cargo de presidente esté por encima de quien lo ejerce”.
Se dice que la patria de Sade siempre ha hecho como que se encogía de hombros ante las infidelidades de sus mandatarios, pero basta darse una vuelta por Twitter o por las radios para ver que el afán de transparencia, sátira y voyerismo que caracteriza la era de las redes sociales, el espionaje global y las filtraciones masivas también causa furor en Francia. “La gran ironía”, apunta el profesor de sociología Eric Fassin, “es que Hollande llegó al Elíseo prometiendo que sería ejemplar en su vida pública y privada, y que acabaría con la mezcla de géneros que tan bien manejaba Sarkozy, el presidente que movió las fronteras de lo íntimo y lo político. Antes de Sarkozy, los franceses no sabían casi nada de la vida de sus presidentes. Regía la concepción del siglo XVIII, que estableció que el hombre era público y la mujer privada. La foto de la hija de Mitterrand, un caso aparte, fue autorizada porque el presidente quería reconocer a su hija bastarda. Pero de Chirac y de Giscard, el público no sabía nada”.
Rozes coincide en que fue Sarkozy quien “puso su persona por encima del cargo, se inventó una primera dama como si Francia fuera una monarquía, y dijo que lo hacía en nombre de la transparencia y la honestidad”. El politólogo añade que, “aunque los medios funcionen al modo anglosajón, Francia no es Estados Unidos, donde los vicios y virtudes privados son decisivos para la función pública”.
Fassin discrepa, y sostiene que lo que está en juego en el caso Hollande “es el uso político de la privacidad, la redefinición de las reglas de la democracia mediática y la batalla entre políticos y periodistas por definir qué es público y no lo es. Sarkozy decidía a su antojo lo que era privado y público. Y Ségolène Royal también cuando contó su separación de Hollande. Ahora, el presidente al que todos acusaban de ser débil por estar sometido a su pareja, intenta como Sarkozy imponer lo que es privado y lo que no. La duda es si Hollande quiso realmente ser discreto con Gayet. O si ha jugado ese juego para construirse una nueva imagen”.
La duda parece razonable. Gérard Courtois ha recordado en Le Monde que el presidente no ha sido fotografiado en la intimidad, “sino en plena plaza pública”, entrando con su casco al apartamento de sus citas galantes. Además, Hollande se dejó ver en el rodaje de una película de Gayet, lo que disparó los rumores sobre la relación. Esto no ha impedido que Closer haya sido atacada por toda la clase política y por la prensa seria, aunque según Fassin “todos conocían el rumor y estaban deseando que alguien lo publicara para poder hablar de ello”.
Muchos políticos, como el conservador Alain Juppé, consideran que nadie puede meterse en la vida privada de nadie. Y Hollande ha dicho que la intrusión afecta a todos porque “puede pasarle a cualquiera”. Esto plantea otra arista del debate: ¿hay o no limitaciones a la privacidad de un político? ¿Quién las fija? Según Edwy Plenel, director del diario digital Mediapart, “el caso Hollande está en el límite de lo privado y lo público. Él tiene razón al decir que su relación con Trierweiler es privada. Lo que no es privado es saber quién es la primera dama. Él sostiene que no hay un estatuto que lo regule, pero la primera dama tiene cuenta en Twitter, página web y gabinete en el Elíseo”.
Marine Le Pen ha dicho que la condición para informar sobre las andanzas del jefe del Estado es que el romance “cueste dinero público, como sucedió con Mitterrand”, que hizo proteger a su segunda familia con gendarmes y anotaba todos los gastos al Estado; o como pasaba con Berlusconi, el gran eliminador de las barreras entre público y privado.
Plenel considera que “la vida privada no puede ser una coartada de los poderosos”. Los medios, dice, “tienen la obligación de vigilar al poder, da igual que sea el presidente o un alcalde. No es que no tengan derecho a su vida privada, pero llegan al cargo con su privacidad a cuestas, y si se ven con alguien en un apartamento relacionado con la mafia corsa, es un problema político”.
La connivencia entre el poder y la prensa, percibida por las ciudadanías como un cáncer de las democracias, es otro factor fundamental, que interroga sobre el papel que pueden jugar unos medios cada vez más sumisos con los mandarines.
En Francia, esa alianza sigue siendo sagrada, como se vio en el incomprensible silencio que acompañó durante años al incontrolable DSK. El pacto se ha forjado a través de décadas de favores mutuos y promiscuidad —no solo física— entre presidentes, diputados, editores e informadores. La escena del periodista de Le Figaro que preguntó a Hollande por la primera dama y luego pidió perdón resume ese universo.
Según dijo Hollande al ser preguntado por un corresponsal de EE UU, “los franceses tienen principios muy sólidos sobre la vida privada y la libertad de prensa”. Básicamente, la idea se traduce en respetar casi hasta la genuflexión al presidente-rey, y en incordiar lo menos posible al poder. “Es chocante que el asunto interese mucho más a los medios extranjeros que a los nacionales. Pero no estamos ante ninguna singularidad eterna de Francia”, concluye Eric Fassin, “sino ante una relación de poder entre dos mundos que se miman y se necesitan”.
Intimidades expuestas
Schwarzenegger. El actor y político Arnold Schwarzenegger estaba casado con María Shriver-Kennedy. Días después de abandonar la mansión de gobernador de California, en 2011, la pareja anunció su separación tras más de 25 años de matrimonio y cuatro hijos en común. Arnold había tenido una relación amorosa con su empleada, Mildread Patricia Baena, con quien tuvo un hijo.
Clinton. En agosto de 1998, el presidente estadounidense Bill Clinton se vio obligado a admitir ante un jurado que había tenido una relación extramatrimonial con una becaria de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky. Tres semanas después, bajo la presión del fiscal Kenneth Staff y de la Cámara de Representantes, de mayoría republicana, admitió su infidelidad y pidió perdón entre lágrimas.
Juan Carlos I. Tras el incidente del rey español en una cacería de elefantes en África, los medios de comunicación se hicieron eco de la amistad de don Juan Carlos con la aristócrata alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein. En la revista Vanity Fair declaró: “Sí. Somos buenos amigos. Algunas personas no entienden que hay cosas que suceden y acaban en un momento dado. Pero la amistad no acaba. Él ahora es un anciano caballero que lucha contra su salud y que necesita toda la ayuda que pueda conseguir”.
Príncipes de Gales. En diciembre de 1992 —tras 12 años de matrimonio con Diana de Gales—, Carlos de Inglaterra reconoció ante las cámaras de televisión que le fue infiel a su esposa. Nadie dudó de que la amante era Camila Parker Bowles, ahora su esposa. Diana, que se había separado ya del príncipe Carlos, destapó las infidelidades de ambos. Él tenía encuentros con Camilla Parker-Bowles, con la que terminó casándose. Ella, por su parte, confesó haber tenido una aventura con el mayor de caballería James Hewitt.
Berlusconi. El ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi ha sido el protagonista de varios escándalos en revistas y periódicos tras invitar a su mansión en Árcore a menores de edad a cambio de dinero y joyas, según una sentencia de primera instancia dictada por tres juezas de Milán el pasado 24 de junio de 2013, que lo condenó a siete años de cárcel y a la inhabilitación de por vida para ejercer un cargo público. La mencionada sentencia dice que Berlusconi en dos ocasiones convidó a entrar en su lujosa propiedad italiana a la marroquí Karima El Marough, más conocida como Ruby robacorazones, sabiendo que era menor de edad. En segundo lugar, en la noche del 27 al 28 de mayo de 2010, Ruby fue detenida por birlar 3.000 euros a una prostituta con la que compartía el piso. Debido a esto el político movió sus influencias para que la joven fuera liberada. Por último, la sentencia da por hecho que Berlusconi organizaba las famosas Bunga, bunga, que eran fiestas de disfraces para dar placer sexual al magnate. Según las juezas de Milán, aquello que el político calificó como “cenas elegantes”, formaban parte en realidad de “un auténtico sistema de prostitución”.
Kennedy. Siempre ha habido infidelidades de presidentes menos secretas. Se supone que Jacqueline Kennedy sabía de la aventura de su marido John Fitzgerald Kennedy con Judith Exner, también relacionada con el mafioso Sam Giancana; de su relación con su secretaria; de su idilio con una supuesta espía alemana; y por supuesto, de su relación con Marilyn Monroe.
Bélgica. Un caso no cerrado ensombreció en dos ocasiones el matrimonio del anterior rey de los belgas, Alberto II, con su esposa Paola. El romance de este con Sybille de Sélys —de la que supuestamente nació una hija llamada Delphie— provocó dos tentativas de divorcio. Uno en 1969, tres años después de que el monarca conociera a De Sélys. El segundo intento de separación se produjo siete años más tarde cuando De Sélys no soportaba más la situación y comunicó a Alberto que se iría de Bélgica con su hija. Entonces el hoy exmonarca retomó sus planes de divorcio, pero 15 días antes del anuncio, la aristócrata se arrepintió.


