Michelle Bachelet, presidenta electa de Chile

La socialista tendrá que reducir la gran brecha social en condiciones de salud, educación y participación laboral femenina

Francisco Peregil
Santiago de Chile, El País
Ganó la favorita. La socialista Michelle Bachelet, pediatra de 62 años, separada y con tres hijos, presidenta de Chile entre 2006 y 2010, volverá a pisar nuevamente el Palacio de la Moneda como jefa de Estado. Y lo hará con el honor de haber vencido con el porcentaje de votos más alto cosechado por ningún presidente desde el retorno de la democracia. La hija del general Alberto Bachelet, muerto después de ser torturado bajo el régimen de Augusto Pinochet (1973-90), candidata de la formación de centroizquierda Nueva Mayoría, se impuso a la economista conservadora de 60 años Evelyn Matthei, hija del general pinochetista Fernando Matthei, con el 62% de los votos frente al 38%, con el 99% de las mesas escrutadas


La victoria quedó deslucida por el gran nivel de abstención que se registró en las primeras elecciones presidenciales celebradas bajo la ley del voto voluntario. La abstención se situó en el 59%, diez puntos por encima de la ya de por sí alta abstención que se registró en la primera vuelta del 17 de noviembre

Tal como determina la Constitución, Bachelet no asumirá el mando hasta el 11 de marzo, cuando preste juramento. A partir de entonces deberá afrontar el gran reto de la lucha contra la desigualdad. Durante los 20 años en que gobernó el centroizquierda y los cuatro de la derecha, todos los presidentes incumplieron la promesa de reformar el sistema educativo, la gran fábrica de las desigualdades. Pero en 2011 los estudiantes salieron a la calle y desde entonces la calle no ha cesado de expresar su indignación. Ahora, será la calle quien examine a Bachelet.

La imagen que muchos chilenos tienen de sí mismos en América Latina es la del mejor alumno, el chico obediente que se esfuerza por sacar las mejores notas. Solo hay que ver la forma en que la gran compañía aérea del país, Lan, organiza las colas en los aeropuertos para percatarse de que durante los últimos años muchas cosas se han hecho de forma ordenada y meticulosa. Los pasajeros de las filas 1 a 8 guardan una cola y los de la 8 a la 14 otra. Nadie se cuela. No hay más que ver ese gran monumento al capitalismo que es el centro comercial Costanera Center, en Santiago de Chile, para asumir que en el país se está moviendo dinero. Con sus seis pisos y 60 restaurantes, forma parte de un complejo inmobiliario que incluye el rascacielos más alto de Latinoamérica: 300 metros con 60 pisos y 24 ascensores donde se viaja a 6,6 metros por segundo. De alguna forma tenía que notarse que el PIB creció desde 2010 a un ritmo del 5,5%, un punto por delante de la media de América Latina y que el paro es solo del 5,7%.
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Pero los 300 metros de la Gran Torre Santiago no pueden ocultar la estafa de un sistema donde solo los más ricos consiguen una educación lo suficientemente buena para superar las pruebas de ingreso en las dos grandes universidades públicas (que, por cierto, también hay que pagar). El resto de chilenos se ve obligado a endeudarse para estudiar en universidades privadas, la mayoría con un pésimo nivel docente, y sus diplomas de licenciatura no tienen ningún prestigio. Es como si el mejor alumno hubiese ido pasando de curso, año tras año, sin aprender a dividir. Sin mostrar el interés necesario por conseguir un mejor reparto de la riqueza.

El economista de la Fundación Sol Marcos Kremerman aporta varios datos: “El 5% más rico de la población gana 257 veces más que el 5% más pobre. Un estudio de comienzos de 2013 hecho por la Universidad de Chile demuestra que el 1% de los más ricos concentra el 31% de los ingresos. En Estados Unidos el 1% se queda con el 21%, en Alemania es el 12%. Y el lugar donde más se percibe la desigualdad es en el trabajo: el 50% de los trabajadores gana menos de 251.000 pesos chilenos (345 euros). La brecha entre un gerente general y el trabajador que menos gana supera las cien veces. Esto tiene que ver con las instituciones que existen en Chile, que fueron creadas durante la dictadura”.

La activista chilena de 46 años Roxana Miranda se postuló a las presidenciales en primera vuelta con un partido que se llama precisamente Igualdad. Durante un debate televisado preguntó a los otros candidatos si sabían cómo se arreglan los dientes las mujeres de su municipio, la Comuna de San Bernardo, en la periferia de Santiago de Chile. Sorprendió a muchos chilenos saber que esas mujeres se lo arreglan con la gotita, un pegamento hecho del clavo que se usa para condimentar la comida, porque no tiene dinero para ir al dentista. Varias asociaciones de odontólogos refrendaron las palabras de Miranda.

“En la vida diaria hay que pedir siempre fiado, no te alcanza para pagar la luz y el agua”, explica Miranda. “Tenemos que decidir entre los hijos cuál tiene mejor cabeza y así apostamos por la educación de uno. A la gente la han endeudado con los créditos hipotecarios. Los bancos han hecho negocio hasta con la vivienda social. Hay pisos de 36 metros cuadrados que se están pagando a 20 y 30 años con tasas de interés del 12% y hasta el 16%”.

Y sin embargo, los grandes centros comerciales como el Costanera Center siempre están repletos. “Porque la gente pasa sus depresiones en el mall, hace su vida endeudándose. Porque todas estas desigualdades te las intentan disfrazar con un televisor de plasma. Pero un mall no se puede llenar con un país entero. Hay millones de gente que solo tratan de sobrevivir, de llegar a fin de mes”.

Además de todas las promesas contraídas, la nueva presidenta tendrá que ir abonando otra antigua deuda con su propio género. A pesar de que las dos candidatas presidenciales son mujeres, Chile es uno de los países con mayor discriminación laboral por cuestión de sexo. Las mujeres cobran un 30% menos que los hombres. La organización Comunidad Mujer asegura que solo el 3% de los directores de empresa en Chile son mujeres. Quedan cuatro años por delante. Y mucho trabajo por hacer.

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