Andaveris rescató a Wilstermann de otro naufragio
Wilstermann salió aliviado del Capriles, porque ganó (2-1). Pero, también, debió marcharse preocupado, porque su exposición fue realmente espantosa (por no calificarla de escatológica). Le castigó su fútbol (ninguno), su falta de argumentos, alguna grosera decisión técnica y el mayor orden de un Sport Boys, que cerca estuvo de amargarle aún más un torneo ya bastante aciago. Apenas asustó el equipo rojo en ataque. Le faltó orden para, de algún modo, revelar a qué pretendía jugar, cuál era la idea. Y, envuelto por una nebulosa de incertidumbre, se precipitó en un fútbol caótico, plagado de imprecisiones e incongruencias. Es Wilstermann un equipo mal cosido, al que puede salvar de vez en cuando, y de hecho lo hacen, alguna genialidad de sus mejores futbolistas. Y eso es mucho más fácil que ocurra cuando éstos juegan.
Sin su mejor futbolista, Wilstermann naufragó entre sus inseguridades y sus inocultables carencias. No tuvo argumentos, ni fútbol, ni gol, por lo visto, para medirse a la defensa de Sport Boys. Así le fue al equipo de Marcelo Carballo, quien pronto se ha contagiado del virus del entrenador, ése que lleva a tomar decisiones incomprensibles para el común de los mortales o, al menos, para los que no muestran un título académico en esto del fútbol. A Carballo le entró tan extendida enfermedad ya que, ante el cuadro de Warnes, se le presentó un reto mayúsculo sin su mejor jugador, Gerardo Berodia, el enganche español que lleva 10 goles en la Liga y cuya ascendencia en este equipo es sencillamente impagable. Pero Carballo no estuvo a la altura. Erró en el plan (un 4-4-2 sin fútbol) y en los ajustes (con el rival en inferioridad numérica, agregó un volante de marca -el criticado Luis Carlos Paz- para sustituir al lesionado Quero), degradando aún más un fútbol sumamente escuálido. ¿Esperaba, el técnico, mejorar la producción ofensiva con Paz? ¿Creyó, realmente, en la utilidad ofensiva del uso de más recuperadores ante un rival que no atacaba? Lo único que Carballo logró fue empeorar el atasco colectivo, ya que los encargados de generar fútbol eran Machado y Paz, justamente los menos aptos para la tarea.
IMAGEN
Pero con ser grave y preocupante, lo peor no es esto, sino la pobre imagen que Wilstermann va dejando por estos días. Es un equipo capacitado para luchar por el título, pero muy lejos del nivel de los que aspiran de verdad a ganarlo. Un conjunto para andar por casa, con poco vuelo en los tramos decisivos (suele desplomarse al transcurrir el ecuador de la competencia). Podrá argumentar el cuadro rojo, con escasa razón, que se vio perjudicado por el fixture (ser visitante, en la segunda rueda, ante los cuadros más duros), que el litigio de Clausen con la prensa le distrajo del objetivo, que lesiones y suspensiones mermaron su potencial (lo que desnuda un raquítico fondo de armario). Sin embargo, el análisis de este fracaso no debe frenarse en estas excusas retóricas, que tanto ayudan a socializar culpas, y el bisturí debe operar directamente sobre el equipo y el club. La distancia que separa a Wilstermann de Bolívar o The Strongest es enorme y no porque la plantilla de los paceños sea mucho mejor, sino por la fiabilidad de ambos conjunto en compromisos decisivos, por la solvencia con la que se manejan en estas situaciones, porque saben a lo que juegan y porque se nota la mano de un entrenador. Podrá gustar o no la filosofía de Portugal o Villegas, pero los paceños trabajan desde hace años en la misma dirección. Saben hacia dónde van y cómo quieren llegar a su destino. Wilstermann deambula desde su retorno a la Liga sin rumbo fijo. A cada revés pega un bandazo y cambia de dirección. Lo peor es que yerra demasiado al elegir.
Ante la escasísima oposición inicial de Sport Boys, Wilstermann pudo vivir una jornada fraternal, sin más sobresaltos que su falta de sosiego para adiestrar con calma el partido. El ímpetu no siempre es su mejor virtud. A veces, su irresistible tendencia a atacar en manada resulta arrolladora para sus adversarios, pero el equipo se agrieta, se hace tan largo que pierde el hilo. Clausen (el ex técnico) no había logrado que sus jugadores gobernasen los tiempos. Menos iba a lograrlo Carballo ahora. El fútbol tiene sus momentos, no hay sólo una partitura. Luego de una larga media hora de dominio improductivo, Wilstermann se encontró con un penal que parecía abrirle un partido excesivamente incómodo (y revelador de sus miserias). En ventaja (Ramallo había anotado), el local no supo cerrar el encuentro. Lejos de agotar a su anémico rival con un juego más articulado, con más toques, con pausas para distraer y luego acelerar, con las líneas más grapadas para evitar cualquier rendija, se mostró indolente en exceso. Se dedicó a sobar innecesariamente el balón, a sustraerle minutos al reloj. Y de tanto anestesiar el partido, acabó durmiendo. El empate de Liendo (con la defensa atornillada en el área) despertó a todos.
En la visita, Justiniano robaba y repartía con regularidad, Ferreira ordenaba, los centrales cerraban y hostigaban, los volantes metían presión y cruzaban, casi siempre, la línea de la pelota para mantener armado el módulo de contención, y los delanteros Ovejero y Fierro (hasta su expulsión, por la mano que dio lugar al penal) exigían. Sport Boys aprovechó sus recursos al máximo, pero esencialmente acentuó las imperfecciones de un adversario desdibujado (sin dibujo táctico reconocible), colectivamente frágil, inconexo, con las líneas distantes y sin circuitos para manejar la pelota. Le bastó con esto para contener a un adversario estático (y predecible) que asumió el desafío de manera menos racional. Wilstermann volvió a fallar en el toque, y sin toque se desordenó, desaprovechó los espacios y libró toda su suerte a las aventuras de Aparicio, los piques sin sorpresa de Andaveris y los enredos de Quero.
UNA GROSERÍA
Para el complemento, Carballo repescó a Luis Carlos Paz para la titularidad en sustitución de Quero y en detrimento del fútbol ofensivo, que veía extirpada la fuente de suministro. Un envite intrascendente, como lo fue todo Wilstermann. A la cabeza del pelotón de náufragos, Romero, Paz y Machado. Y Zanotti, por supuesto. Fueran o no las órdenes del técnico, Machado quiso ocuparse al mismo tiempo de la zona de gravitación (donde faltaba una mano rectora) y del costado izquierdo que sólo defendía Medina. A Paz no conviene dispersarle; bastante se despista él. Con Romero anudado por la marca rival, incapaz de encontrar una vía de escape, el equipo se subió al tren de Christian Vargas, insistente en el ataque con sus corridas por la banda (un elevado porcentaje de los pelotazos buscaron su posición) e insuficiente en la resolución (escaso de técnica para constituir refugio de tanta descarga exploratoria). Wilstermann era lo que quería Sport Boys: un equipo atorado, si pase y obligado a abusar de estériles pelotazos (lanzados de 50 metros por Zenteno). El gran caudillaje de Rivero y Liendo le resultaba suficiente para caricaturizar a su contrario.
Como quedó dicho, la presencia de un hombre más en la contención tuvo negativos efectos en Wilstermann. Resultó eficaz para abortar las potenciales réplicas del rival, pero el problema llegó cuando tocó atacar. El juego ofensivo de Wilstermann se vio seriamente afectado, como es lógico, si falta el eje creativo del equipo y se resta (innecesariamente) elemento creativo en la sufriente sala de máquinas. El equipo no tuvo nunca la mordiente necesaria, ni siquiera transmitían los jugadores la claridad necesaria en el propósito de conseguir el objetivo con lo que había sobre el campo.
Varado, sin más imaginación que la que le aportó a cuentagotas Ramallo (bajando a buscar el balón e intentando una conexión con Aparicio), Wilsterman fue insistiendo. Romero anunció que podía cometer disparates del tenor de, por ejemplo, los de Zanotti. Cada uno, a su estilo, tuvo hilarantes ejecuciones. Algunas por lo burdo (el tiro libre del defensa, por caso), otras por la cómica insistencia en acciones fútiles (los disparos de 40 metros de Romero o los inocuos centros que colgó en el área).
Pero ocurrió que Sport Boys se encontró con un córner en contra en tiempo agregado. Mal asunto. Nefasto, mejor dicho. El de Warnes un equipo que sufre un saque de esquina y parece encontrarse ante el paredón. Y allí que voló el envío de Romero, hacia el corazón del área, y allí que Galarza sale, o no sale, que no lo vio claro y salió en medio de la nada para solaz de Andaveris, que metió el frentazo y mandó el balón a la red.
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