Las dos derechas se cruzan en una protesta de víctimas con abucheos al PP

Los dirigentes del PP fueron increpados por algunos de los asistentes al grito de "traidores"
"Somos el último dique de contención de la dignidad democrática en España", proclama la AVT
La concentración trascurre con escasas referencias al Gobierno y críticas a la justicia

Carlos E. Cué
Madrid, El País
España es uno de los pocos países de Europa donde la derecha más radical, al menos formalmente, no tiene un partido importante que le represente. En España, no lo niega nadie, esa derecha, minoritaria, vota sobre todo al PP, que se define de centro. Y este partido vio este domingo, en expresión de un dirigente, como “la extrema derecha le enseñaba los colmillos”. Javier Arenas, Esteban González Pons y Carlos Floriano, los tres vicesecretarios generales, tuvieron que salir escoltados con caras de preocupación, entre insultos, gritos de “traidores”, empujones y abucheos, de la concentración convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) y seguida por miles de personas (200.000 según la organización) que llenaron la plaza de Colón para protestar contra la sentencia del Tribunal de Estrasburgo que anula la doctrina Parot.


Arenas, Pons y Floriano lo pasaron mal, y sus escoltas también. Ni siquiera pudieron llegar andando desde la calle de Génova a Colón. Se vivieron momentos de gran tensión, algo que el PP no había sufrido nunca en una protesta de víctimas. Muchos manifestantes ni siquiera vieron estas trifulcas, pero la presión que vivieron los dirigentes y vio la prensa será difícil de olvidar.

Y, sin embargo, es en este mismo ambiente en el que el PP de Rajoy se había movido cómodo. Hasta el punto de que en 2007, en esa misma plaza de Colón, Rajoy subió a la tribuna para clamar contra el Gobierno de Zapatero —entonces por la liberación del etarra Iñaki De Juana— y pedir a los españoles que le ayudaran a evitar “la humillación a las víctimas del terrorismo”. Ahora, en ese mismo lugar, se escucharon gritos contra él. Y la tensión no fue a más porque ningún dirigente del PP, salvo Marimar Blanco, que estaba allí como víctima, subió al estrado.

La cúpula del PP, que a última hora, el jueves, después de cuatro días de dudas, decidió sumarse a la manifestación, temía que se convirtiera en una protesta contra el Gobierno. No lo fue en la parte oficial, en la tribuna de oradores, en lo que estaba preparado. El discurso de Ángeles Pedraza, presidenta de la AVT, fue más crítico con el PSOE, los jueces de Estrasburgo y de la Audiencia Nacional que con el Gobierno. Parecía funcionar el trabajo previo del PP, que habló en varias ocasiones con Pedraza a distintos niveles. Además, fue recibida por Mariano Rajoy en La Moncloa el miércoles cuando la indignación de las víctimas crecía con su silencio.

Pedraza evitó las críticas directas al presidente y se movió antes de la protesta para impedir que se subieran al estrado representantes de colectivos más críticos como Voces contra el Terrorismo (dirigida por Francisco José Alcaraz) o Covite. De hecho, la presidenta de esta última, Consuelo Ordóñez, hermana de Gregorio, el líder del PP vasco asesinado en 1995 delante de la que entonces era su asistente, María San Gil, se quejó ante la prensa, informa Servimedia, de que la habían expulsado de la zona de autoridades porque llevaba una pancarta que decía: “Gobiernos PP-PSOE. Responsable de la impunidad de ETA”.

Mientras Pedraza evitaba los golpes al PP, la periodista Isabel San Sebastián, conductora del acto, se lanzaba contra Zapatero pero también contra Rajoy. “Todo lo que está ocurriendo huele a negociación con ETA. No es justicia que este Gobierno tarde 24 horas en ejecutar esa sentencia y liberar a la asesina. Es una ignominia, como la liberación de Bolinaga”. Pero donde de verdad el PP perdió el control fue en el público. Nunca se habían visto en ese foro pancartas sobre la supuesta “traición” de Rajoy y gritos contra él.

Un ambiente, en general, de enorme tensión que evidencia la división no solo dentro de las víctimas —hay otros colectivos que entienden que, por mucho que les duela, hay que acatar la sentencia de Estrasburgo por respeto a la justicia— sino dentro del PP.

Porque mientras los enviados de Rajoy, como Arenas, Pons y Floriano, y otros de su confianza, como Arantza Quiroga e Iñaki Oyarzabal, número uno y dos del PP vasco, eran abucheados e insultados —hasta el punto de que llegaron a llamar “cobardes” a personas que como ellos han pasado años con escolta y han enterrado hasta a 20 compañeros de partido— otros como Esperanza Aguirre, Jaime Mayor o Ignacio González recibían aplausos.

Oyarzabal y Quiroga, acostumbrados al acoso de los proetarras, abandonaron Colón a pie, y recorrieron el barrio de Salamanca mientras hombres y mujeres mayores les gritaban de todo, incluidas referencias a su opción sexual. Los dos PP, y las dos derechas, se cruzaron así en la calle. Todos se identificaban como votantes. “Traidores, no os hemos votado para esto”, decían. Y pudo ser peor, según analizaban al final de la jornada algunos dirigentes. Todos reivindicaban que los altercados los protagonizaron una minoría, que los demás habían ido a apoyar a las víctimas sin más. “Somos los últimos de Filipinas, el último dique de contención de la dignidad democrática de España”, reivindicó Pedraza.

En la cúpula del PP se instaló una sensanción de tristeza y preocupación. Creen que esa derecha —aunque no todos los que protestaban se pueden clasificar ahí, admiten— se ha apropiado de la legítima protesta de las víctimas. Y ha iniciado una ruptura con el PP de consecuencias impredecibles, aunque con la ventaja de centrar la imagen de Rajoy.

El presidente mandó a su cúpula —salvo Cospedal— a una encerrona peor de lo esperado precisamente para no romper con un parte minoritaria pero importante de su electorado. Ellos se fueron con la sensación de que era mejor estar que no estar. Pero fue más duro de lo imaginado.

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