Piñera: “Me hubiera gustado, dado el esfuerzo, una aprobación mayor de los chilenos”

Es el único jefe de Estado de la derecha chilena desde la restauración de la democracia. A punto de acabar su mandato, admite que la dictadura aún genera tensiones profundas en el país y cree que la modernización económica será su legado

Javier Moreno, El País
Al final de un largo día de esta semana en el que Chile conmemoró el 40º aniversario del golpe de Estado del general Augusto Pinochet dos veces, a las 9 de la mañana la oposición y a las 12 el Gobierno, el presidente Sebastián Piñera me recibió en su despacho del palacio de la Moneda, bombardeado por los espadones el 11 de septiembre de 1973, y me confesó, cuando le pregunté si se sentía dolido o decepcionado, que sí, que hubiera querido que 24 años después de la recuperación de la democracia el país tuviera “una visión común, compartida, con diferencias, pero en lo esencial compartida” sobre lo acaecido entonces. Resulta evidente que eso no ha sido así, le dije, y cabe también señalar que algo se debe de haber hecho mal en estos años para que esto no haya podido ser así.


—Bueno. Hubiera sido mejor para Chile haber tenido un solo acto de conmemoración en lugar de dos como en cierta forma ocurrió en el día de hoy. Los primeros 10 años le tocó conmemorarlos al propio general Pinochet. Los 20 años, al presidente Aylwin; los 30 años, al presidente Lagos; los 40 años, a este presidente. Desde ese punto de vista, por supuesto que toda la motivación e intención de nuestro Gobierno fue hacer un acto que recordara con franqueza, con honestidad, los hechos del pasado, los que ocurrieron antes del 11 de septiembre del 73 y los que ocurrieron después del 11 de septiembre del 73. Y por eso nosotros quisimos hacer un acto republicano, veraz, honesto en la forma de reflexionar sobre la historia pero con una visión de unidad y de futuro. Invitamos por eso a todos los que han sido y son autoridades de nuestro país y a todos los sectores representativos de nuestra sociedad. Desgraciadamente, algunos no quisieron venir y no podemos obligarlos.

Chile vive días convulsos. Por una parte, el aniversario del golpe ha desencadenado una profunda reflexión en la sociedad chilena. Nunca se habían oído con anterioridad los arrepentimientos necesarios; asociaciones de jueces que piden perdón por su pasividad; que recriminan a sus cortes superiores lo que hicieron y, sobre todo, lo que no hicieron por paliar, por mitigar los zarpazos de la bestia militar; políticos de izquierda y de derecha lamentando comportamientos de antaño; nunca tampoco, como consecuencia de lo anterior, habían resultado tan estruendosos los silencios y la desmemoria vergonzante de los que aún llaman pronunciamiento al golpe de Estado y gobierno militar a la dictadura.

El país se apresta, por otra parte, a poner fin en noviembre, según indican las encuestas, al primer periodo de gobierno de la derecha desde el final del régimen militar. Ambos acontecimientos están sin duda relacionados de una forma profunda, telúrica, trenzados por los hilos inextricables del dolor, el recuerdo y la política. Socialistas, democracia cristiana y sus aliados en la izquierda se negaron a participar en el acto oficial celebrado el lunes pasado en el palacio de la Moneda porque alegan que sentar juntos a las víctimas de la dictadura con personajes (aliados políticos del presidente) cuyas posiciones sobre el régimen de Pinochet resultan de difícil digestión para cualquier demócrata hubiera requerido de un esfuerzo de reconciliación para el que Chile claramente no está aún listo y que el mandatario, en su opinión, tampoco ha intentado con sinceridad.

“La conmemoración o recuerdo de los 40 años del golpe militar”, el presidente dice siempre golpe militar, nunca pronunciamiento, “ha sido muy intensa y ha revivido muchos sentimientos y emociones que fueron parte de la sociedad chilena en los últimos 40 años”. Piñera ha contribuido a ello de forma notable para un dirigente de la derecha bajo cualquier estándar histórico. Señaló la responsabilidad y los silencios de la prensa y de los jueces durante las atrocidades y habló de “cómplices pasivos”, lo que irritó a no pocos de sus correligionarios, que se sintieron debidamente aludidos. Su discurso sorprendió a muchos y de forma indirecta, aunque él lo niegue, dejó en posición comprometida a la candidata de la derecha a sucederle en la Presidencia, Evelyn Matthei, hija de un general que gobernó con Pinochet, quien aduce que no ve razón alguna para pedir perdón puesto que ella solo tenía 20 años cuando sucediera el golpe. Llegado el momento de expresarse en plebiscito sobre la continuidad del régimen, en octubre de 1988, el actual presidente votó que no, Matthei votó que sí. Las extraordinarias declaraciones de Piñera, un gesto en verdad fundamental, refuerzan la idea en muchos, según constaté a lo largo de dos días en Santiago, de que el gobernante, empeñado en construir una nueva derecha libre de hipotecas con la dictadura, para lo que necesita reordenar a fondo el mapa político chileno, prepara ya a su vuelta en las elecciones de 2017, de lo que se hablará a lo largo de la conversación que mantuvimos el lunes pasado. Eso será luego, porque mientras repasamos lo sucedido esta semana, el presidente mantiene las líneas políticas correctas, la inminencia de la elección presidencial, sostiene, es lo que dificulta la reconciliación de los chilenos.

—Eso, a mi juicio, se ha producido mucho más en la gente común y corriente, en los ciudadanos, que en los políticos, y también yo pienso que el hecho de que estemos en plena campaña electoral incorpora un factor que hace que ambas partes, y particularmente una de ellas, la izquierda, crean que este escenario de volver a revivir los mismos odios, querellas y divisiones que ocurrieron el año 73 los pueda favorecer electoralmente.

El poder y sus paradojas

Quise precisamente que la conversación con Piñera comenzara por las reverberaciones del 11 de septiembre para repasar luego sus logros económicos, hacer un primer balance, siquiera provisional, de su obra de gobierno y tratar de averiguar después las huellas que el poder y sus servidumbres, también sus privilegios, han labrado en la persona que conocí en un evento informal en 2009 en Santiago, antes de convertirse en presidente de Chile, cuando mostraba todos los signos externos del empresario de éxito: determinación, escasas dudas sobre sus objetivos y la forma de lograrlos, una ligera arrogancia, quizás involuntaria. Quería también saber por qué, en su opinión, el indudable éxito de su gestión económica ha venido acompañado de tres paradojas de difícil encaje con esas mismas buenas cifras: Chile ha vivido una oleada de protestas ciudadanas como no había conocido antes; los chilenos no acaban de valorarle a él personalmente como presidente; y finalmente la socialista Michelle Bachelet, presidenta entre 2006 y 2010, se apresta a relevarle en el palacio de la Moneda, con lo que pondrá fin a los primeros cuatro años de Gobierno conservador, y certificará así en las elecciones de noviembre el extraordinario aprecio del que goza entre los ciudadanos, tanto ahora como cuando dejó la presidencia para entregarla al propio Piñera. En cuanto a las protestas, Chile no vive una revuelta anticapitalista, según sostiene Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales y analista influyente. Al revés, esa gente se ha tomado en serio el capitalismo y sus promesas de bienestar creciente e igualdad de oportunidades. Pero antes de que tenga yo ocasión de preguntar, Piñera ya ha cambiado de conversación.

—Lo que yo también quiero decir, y lo dije hoy día [en su discurso oficial por los 40 años del golpe], es que en los últimos 25 años Chile ha tenido que enfrentar dos grandes transiciones: la primera, la vieja, la transición vieja, fue de un Gobierno militar a un Gobierno democrático, ya la hicimos y la hicimos bien; la segunda, la transición nueva. Es la transición hacia un país desarrollado, sin pobreza, con mayor justicia social, con mayores oportunidades para todos. Y estamos en pleno proceso hacia esa segunda transición, y de hecho el objetivo que se fijó este Gobierno es que Chile iba a ser un país desarrollado y sin pobreza y con mayor justicia social e igualdad de oportunidades antes que termine esta década, y para eso necesitamos recuperar nuestra capacidad de crecer, de crear empleos, de mejorar los salarios, de invertir, de innovar, de emprender, de reducir la pobreza, de hacer las reformas estructurales en el campo de la educación y la salud. Y nuestro Gobierno ha estado plenamente comprometido con esa segunda transición. De hecho, en el Gobierno anterior la economía crecía apenas al 3% al año; durante este Gobierno el promedio va a ser cercano al 6%. En el frente económico tenemos un país que recuperó el dinamismo y el liderazgo que había perdido. Durante el Gobierno anterior, Chile crecía menos que América Latina y menos que el mundo. Hoy día crece mucho más que América Latina y mucho más que el mundo y está entre los países de mayor crecimiento y mayor capacidad de creación de empleos en el mundo entero. Eso en el frente económico, y le puedo entregar si quiere un balance con la cifra exacta. Ahora, en el frente social nuestra meta era derrocar la pobreza extrema y pavimentar el camino para terminar con la pobreza antes de que termine esta década.

“La izquierda cree que este escenario de revivir odios le favorece electoralmente”
Los afectos ciudadanos

Las cifras, en efecto, son buenas, hasta sus adversarios en la oposición lo reconocen en privado, y ello pese a que 11 días antes de tomar posesión el terremoto que devastó Chile borró del mapa, junto con numerosas vidas, infraestructuras, escuelas, hospitales, decenas de miles de millones de dólares, un 17% del PIB nacional, le dejó una losa adicional para la recuperación económica con la que nadie contaba. Con todo en contra, se ha reducido el desempleo, han crecido las reservas internacionales, signo de la estabilidad fiscal, el índice de pobreza pasó del 15,1% al 14,4%, la indigencia se redujo del 3,7% al 2,8% (ambas cifras crecieron en los últimos años del Gobierno anterior, al inicio de la gran crisis mundial), y la desigualdad también descendió. Son cifras de 2011, las últimas disponibles, “cuando salgan los datos de 2012 se verá que hemos mejorado más”, adelanta el presidente. En el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, Chile se sitúa al frente de América Latina y por primera vez ha superado a un país desarrollado, Portugal, víctima conspicua de la crisis europea.

—¿Y por qué protestan entonces los chilenos? ¿Cómo explica usted esa paradoja?

“Estamos en una segunda transición, hacia un país desarrollado, sin pobreza”

—Yo creo que es una paradoja más aparente que real, porque a medida que los países progresan, las ciudadanías cambian. Por ejemplo, en Chile la gente que vivía en pobreza no protestaba y agradecía cualquier ayuda del Estado, pero a raíz de que el país prospera y esa gente abandona la pobreza y se incorpora a la clase media, se transforma. Y hoy día tenemos en Chile una sociedad y particularmente una clase media mucho más exigente, mucho más impaciente, mucho más empoderada, mucho más consciente de sus derechos y no tanto de sus deberes, y pide soluciones para todos los problemas, para todo el mundo, aquí y ahora. Porque ellos dicen: si el país es exitoso queremos que ese éxito llegue más rápido a todo el mundo, y en esta medida usted sabe que las aspiraciones humanas no tienen límite. Desgraciadamente, vivimos en un mundo en que tenemos necesidades múltiples e infinitas y tenemos recursos limitados, y, en consecuencia, es verdad que existe esta paradoja, pero es propia de un país que va avanzando hacia el desarrollo. El problema está, yo se lo digo con mucha frecuencia a mis compatriotas, en que Chile todavía no es un país desarrollado, y el peor error que podemos cometer es creer que ya llegamos a la cumbre y podemos vivir como si fuéramos ricos pero trabajar como si fuéramos un país en desarrollo. El esfuerzo tiene que continuar; no basta con crecer al 6% durante cuatro años. Tenemos que seguir creciendo por lo menos durante el resto de esta década para alcanzar un ingreso per capita de 25.000 dólares, que nos va a permitir superar a algunos países europeos y superar la barrera o el umbral que separa al mundo subdesarrollado del mundo desarrollado.

—¿Le pesa dejar la Presidencia sin ser más querido por la gente? Hay voces que sostienen que usted ha hecho una buena obra de gobierno, que ha tenido más talento para la obra de gobierno que para la política. Eso es lo que hace al final que la gente le quiera más o le quiera menos.

—Es posible. Es posible.

“En este Gobierno, Chile recuperó el dinamismo económico que había perdido”

—Los ciudadanos no le discuten el buen gobierno, pero se resisten a quererle.

—Mire, mucha gente me decía a mí: una persona como tú, que has sido un empresario exitoso, que tiene una situación económica muy acomodada, que no proviene del mundo tradicional de los partidos políticos, nunca va a llegar a ser presidente. Y desde ese punto de vista, creo que esos mismos factores, si bien son un activo que me ha ayudado mucho para enfrentar la responsabilidad de ser presidente, también son causa de un cierto distanciamiento de la gente.

Piñera hace una pausa. Y piensa cuidadosamente la respuesta, la segunda vez que lo hará en la entrevista; la otra ocasión será a propósito de la extraordinaria popularidad de Bachelet.

“Tenemos una sociedad más exigente, más impaciente y consciente de sus derechos”

—Pero es verdad, si usted quiere que yo le diga con toda honestidad, que yo hubiera esperado y me hubiera gustado, dado el tremendo esfuerzo que hemos puesto en esto, y los resultados, que son muy promisorios, que hubiera querido y esperado una aprobación mayor. A todos nos gusta que nuestros seres queridos nos quieran más, nos cuiden más; y a todos los políticos nos gusta que nuestra ciudadanía nos aprecie más y nos quiera más. Pero con toda franqueza, si yo tengo que escoger entre los resultados reales de la sociedad chilena y de la economía chilena y los resultados de los encuestas, no dudo un segundo en privilegiar los primeros.

Le pregunto entonces por la popularidad de Bachelet. Otra larga pausa antes de contestar. Me parece adivinar el esfuerzo que se toma en la respuesta por el ritmo pausado en las frases, la búsqueda metódica de la expresión adecuada, el balance entre la voluntad de expresar lo que de verdad siente y el examen de cómo sus palabras pueden pesar en la contienda electoral y en la opinión pública. También intuyo que, finalmente, decide expresarse con libertad, quizá me equivoque.

—Esa es una paradoja que acepta muchas explicaciones. Ella es una mujer que por su historia personal, por su personalidad y su carisma logró sintonizar muy bien con el pueblo chileno. No durante todo su Gobierno, sino más bien al final. De hecho, salió con una alta popularidad como presidenta de Chile. Después se fue de Chile y [evitó] toda esta degradación de la política que han expresado los ciudadanos, porque hoy en día son mucho más severos y exigentes para evaluar al presidente, al Gobierno, a la Alianza, a la Concertación, a la Cámara de Diputados, al Senado. Y ella logró salir de ese mundo. Y por tanto la gente la aprecia como fuera de ese mundanal ruido, y esa es otra explicación. Y, en tercer lugar, porque América Latina ha sido siempre un continente más de centro izquierda que de centro derecha. Vea usted los Gobiernos históricos y actuales en América Latina: la gran mayoría son de centro izquierda. Porque el centro izquierda promete la mano y la centro derecha, en cierta forma, promete la mano invisible de Adam Smith, que la economía de mercado va a producir más bienestar y va a mejorar la calidad de vida. El socialismo promete la mano visible del Estado, que el Estado le va a resolver todos sus problemas; que los ciudadanos tienen derecho a que el Estado les resuelva todos sus problemas. En cambio nosotros decimos que juntos tenemos que resolver los problemas y que cada uno tiene que hacerse responsable de su propia vida y el Estado, por supuesto, tiene que crear las condiciones para que todos puedan desarrollar sus habilidades y sus capacidades y tiene que ayudar a los que más lo necesitan. Entonces, también, pienso que desde ese punto de vista es más fácil ser candidato con ideas de centro izquierda que ser candidato con ideas de centro derecha. En Chile y en América Latina.

Sebastián Piñera es presidente de Chile desde marzo de 2010. / Roberto Candia (AP)
Evelyn Matthei

—¿Cómo es su relación personal y política con Evelyn Matthei?

—Creo que ella es una mujer muy capaz, muy preparada, con gran vocación de servicio público, con mucho carácter, con mucha voluntad, y desde ese punto de vista creo que es una gran candidata. Y, además, sin perjuicio de que a lo largo de nuestra larga historia y recorrido común hemos tenido desencuentros, yo le tengo un gran aprecio y cariño en lo personal.

“Voy a seguir en el mundo de lo público. ¿Desde qué trinchera? No lo sé”

Los desencuentros a los que se refiere el presidente, sin necesidad de que yo le pregunte, son los siguientes. La noche del 23 de agosto de 1992 una televisión chilena emitió una grabación en la que se podía escuchar al por entonces senador y precandidato presidencial Sebastián Piñera, en conversación con un amigo suyo, referirse a la también precandidata Evelyn Matthei con estas palabras, una de hartas frases descalificatorias:

—De todo lo que dice, después la tienen que contradecir, huevón. ¿Divorcio? Que está preparada, que no está preparada. (…) No puede transformar a la Matthei en víctima. (…) Le puede decir, por ejemplo: mire, todo el país conocía una de sus características, ¿cierto? Cuando su papá era comandante en jefe, que decía una cosa, ¿qué diablos pensaba?, porque decía diez cosas distintas en diez minutos. Da la impresión de que esto también se extiende a usted.

Durante 76 días, Evelyn Matthei se pudo presentar ante la opinión pública como la víctima propiciatoria de las ambiciones políticas de Piñera, hasta que finalmente, acorralada por la investigación judicial y la que impulsó su oponente, tuvo que admitir la cruda verdad a todo el país: ella recibió la cinta original de manos de un capitán del Ejército, ella decidió editarla, ella aprobó la entrega a la televisión para su difusión, según se relata con detalle en el libro Hijas de General, de Rocío Montes y Nancy Castillo, que se publicará en breve. El escándalo se saldó con la inhabilitación de Piñera para ocupar cargos directivos un año en su partido, Renovación Nacional. Ella fue castigada con 10 años de suspensión como afiliada y otros tantos de inhabilitación para ocupar cargos en el partido, que acabó abandonando. Hoy milita en la Unión Demócrata Independiente (UDI), el otro partido coaligado en el actual Gobierno.

“Cuatro años es poco tiempo [...] pero este Gobierno ha hecho cambios profundos”

—¿Me podría contar, señor presidente, cómo recompuso su relación con Evelyn Matthei?

—Yo regresé a Chile el año 1976, después de terminar mi doctorado en Economía en Harvard, a ser profesor de la Universidad Católica, y en la primera generación de alumnos estaba Evelyn Matthei y ahí la conocí. Estamos hablando hace 40 años atrás, 37 años atrás. Y después trabajamos juntos en muchos desafíos y en muchas causas. Tuvimos un desencuentro a comienzos de los noventa pero la relación personal nunca se quebró; fue un desencuentro político.

—¿Usted nunca dejó de confiar en ella?

—Nos distanciamos, dejamos de hablarnos, pero la relación personal, que es un cierto aprecio y cariño por la persona, nunca se quebró.

—Aunque no se hablaban.

“Entré con el pelo negro, salgo con el pelo blanco y no he dejado de trabajar un día”

—Aunque durante un tiempo no nos hablábamos. Pero no es lo mismo distanciarse con rencor que simplemente distanciarse. La mejor prueba de ello es que cuando las circunstancias se dieron pudimos reiniciar un camino juntos sin ninguna dificultad. Tanto es así que yo le invité a formar parte de nuestro Gabinete.

Tras la renuncia del candidato de la derecha a la Presidencia de Chile elegido en primarias, afectado por una depresión, Evelyn Matthei fue proclamada como nueva aspirante no sin levantar ampollas en algunos de los compañeros de su antiguo partido, Renovación Nacional, en el que milita Piñera. El padre de la candidata, Fernando Matthei, fue general del Ejército, como el padre de Bachelet. Ambos eran amigos íntimos. El de la candidata socialista fue asesinado por la dictadura. El de Matthei formó parte del Gobierno de Pinochet. En agosto, el Centro de Estudios Públicos (CEP) estimó que Bachelet obtendrá un 44% de las preferencias de voto en las elecciones presidenciales del 17 de noviembre. Matthei, un 12%.
La reelección

A estas alturas de la conversación llevamos ya más de una hora en el despacho del presidente Piñera. Fuera ha oscurecido, y las lámparas en la mesa principal y en una redonda auxiliar arrojan una luz mortecina sobre los incontables documentos que se apilan por todas las superficies disponibles, “puede parecer un desorden pero yo sé dónde se encuentra cada papel”, ríe el presidente. Me sorprende su tono, su comedimiento al hablar, tan distinto del de la primera entrevista que sostuvimos para el periódico, en Roma a comienzos de 2011. Me parece que resulta evidente, observado de cerca, que el poder le ha cambiado, y lo ha hecho para bien: menos impulsivo, consciente de los límites de la realidad, de la gigantesca tarea que supone gobernar; de las posibilidades del poder para mejorar las vidas de sus conciudadanos, pero también de sus límites y sus impotencias.

—¿Gobernar ha sido más difícil de lo que creía?

—Yo sabía que gobernar era difícil, y por tanto yo no me atrevería a decir que es más difícil de lo que creía. Lo que sí me hace reflexionar es que, a veces, a uno le baja una cierta angustia al ver cómo uno se esfuerza tanto por lograr que el país avance y otros se esfuerzan lo mismo o más para lograr que el país retroceda. No me arrepiento porque hay muchos que dicen que esta es la casa donde tanto se sufre y, sin embargo, yo veo que todos mis antecesores, salvo el presidente Aylwin porque tenía mucha edad, todos han tratado de volver a sentarse en este mismo escritorio: el presidente Frei, el presidente Lagos, la presidenta Bachelet.

—Lo mismo se dice ahora mismo de usted en todo Santiago.

—Mire, la verdad es que no lo sé y estoy feliz de no saberlo. Le cuento algo: mi mujer me dice, cuando se refiere a esto: “Ni lo pienses”. ¿Sabe lo que eso significa? Es como sinónimo de “por ningún motivo”. ¿Ustedes usan la expresión “ni lo pienses” y usan la expresión “por ningún motivo?” Le digo a mi mujer que le voy a hacer caso: no lo voy a pensar por ahora; lo pensaré en el momento oportuno.

—Pero no lo puede descartar.

—No lo puedo descartar; tampoco lo puedo confirmar. Y estoy feliz de que así sea, porque la verdad es que yo tengo plena consciencia que la vida no termina cuando uno sale de este palacio de la Moneda. Yo al menos tengo muchos proyectos, muchas ideas que me gustaría realizar. No voy a volver al mundo de las empresas; voy a seguir en el mundo de lo público. ¿Desde qué trinchera? No lo sé y estoy feliz de no saberlo. Esa cuota de incertidumbre es sinónimo de una cuota de libertad.
El futuro de la derecha

Hay un punto final que quiero explorar con Piñera y que de alguna manera contribuye a explicar por qué tras apenas cuatro años de Gobierno, una candidata socialista (independientemente de su popularidad) se apresta a ganar las elecciones, sentando la imagen de que su Gobierno ha sido tan solo un paréntesis en la historia reciente de Chile. La Concertación de la presidenta Bachelet es una coalición de socialistas y democracia cristiana (a la que en esta ocasión se han sumado hasta los comunistas), ontológicamente imposible en cualquier otro país sin el trauma de la dictadura de Pinochet. Piñera dejará la presidencia en marzo del año que viene.

—Es verdad. Cuatro años es poco tiempo y por eso es sin duda que a nosotros nos gustaría y quisiéramos que esta obra pudiese continuar con una persona de la misma coalición. Pero si bien desde un punto de vista cronológico usted puede plantear esto como un paréntesis, que fue lo que usted dijo recién, desde un punto de vista del cambio que introdujimos hoy día es un país muy distinto al que recibimos el año 2009. Es un país que ya está reconstruido después de un terremoto devastador. Es un país que ha recuperado el liderazgo y el dinamismo en crecimiento, empleo, salario, innovación, emprendimiento, inversión. Es un país que ha hecho grandes reformas sociales y que ha logrado reducir la pobreza y las desigualdades, cosa que no logró el Gobierno anterior. Es un país cuya democracia ha avanzado una enormidad con las reformas que introdujimos [ley de primarias, inscripción automática y voto voluntario] y, por tanto, yo creo que desde ese punto de vista no cronológico sino del cambio que hemos incorporado a la sociedad chilena, este Gobierno ha hecho una gran labor y ha hecho cambios profundos, y eso a mí me llena de legítima alegría y es esta forma también de un modesto orgullo.

Sospecho, pero no lo sé con seguridad, que uno de los objetivos que Piñera tenía para sí cuando arrancó su mandato consistía en una reordenación radical del mapa político chileno, con la creación de un gran partido o coalición que unificara a todo el centro derecha, y sin el cual Gobiernos como el suyo se ven condenados a convertirse en excepciones en la historia democrática de Chile: uno de la derecha, Piñera, por cuatro (Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet) de la Concertación. Y ahora nuevamente Bachelet, si se cumple el guion. En Chile el mandato presidencial es por cuatro años sin posibilidad de reelección inmediata. Si se propuso un plan semejante, le digo a Piñera, desde luego no se ha avanzado en nada.

—Todavía las coaliciones políticas chilenas están determinadas en función de a qué lado estuvieron durante el Gobierno militar, y eso es algo que algún día va a tener que desaparecer, porque para mí sigue siendo algo difícil de entender que la Democracia Cristiana, que en todas partes del mundo es un rival, un adversario del socialismo, aquí estén aliados y, por tanto, creo que algún día las coaliciones políticas en Chile se van a estructurar y organizar no en función del pasado, sino que en función de los proyectos de futuro y tal vez en ese momento...

—¿Cree usted que esa unidad del centro derecha resulta deseable?

—Siempre la unidad es deseable; pero no siempre la unidad es posible.

Es hora de acabar la entrevista. ¿Cuatro años es poco tiempo para dejar un legado? ¿Puede el presidente identificarse con una sola obra, con un logro que las generaciones por venir identificarán de forma inequívoca como herencia de Sebastián Piñera?

—Yo creo que este Gobierno tuvo una ambición más amplia y más extensa [que los anteriores] y por tanto no puedo identificar en una sola cosa al legado, pero yo le diría, si tuviera que identificarlo, diría: uno, haber reconstruido el país en cuatro años, cosa que nadie creía posible; dos, haber logrado recuperar el liderazgo y el dinamismo de crecimiento y creación de empleo, que lo habíamos perdido; tres, haber logrado reducir la pobreza y lograr mayor igualdad de oportunidades; cuatro, haber logrado grandes reformas en el terreno institucional y político y cinco, haber puesto a Chile a pie firme y seguro en el camino hacia lograr antes de que termine esta década derrotar la pobreza, derrotar el subdesarrollo y transformarse en un país que aproveche en plenitud su potencial y que le dé a todos sus hijos oportunidades para desarrollar sus talentos y seguridades de una vida digna. Yo diría que ahí está el legado.

Salgo a pie por la puerta principal del palacio de la Moneda. No puedo evitar levantar la vista y fijarme en el edificio de enfrente de la plaza, a la izquierda. Desde su azotea se tomó una imagen icónica de la agencia AFP: un grupo de soldados apunta con sus armas al palacio, del que se elevan columnas de humo el 11 de septiembre de 1973. Faltan unas horas para que se cumplan con exactitud los 40 años del momento en que los militares felones comenzaron el bombardeo de la residencia presidencial que concluyó con el suicidio de Salvador Allende y el establecimiento de la feroz dictadura cuyos fantasmas aún atormentan a la sociedad chilena. Tiene razón el presidente Piñera, esta es una sociedad infinitamente mejor que la de hace cuatro décadas. Pese a todas las dificultades legadas por la dictadura, la estabilidad institucional es remarcable, la discusión política es de una civilidad admirable, la izquierda está comprometida con la estabilidad fiscal y financiera y, en general, con las necesidades del capitalismo de mercado, y la derecha ha hecho de la reducción de la pobreza y las desigualdades una de sus banderas.

—En lo más personal, me gustaría, cierto, ser recordado como un presidente que entró con el pelo negro y sale con el pelo blanco y que no ha dejado de trabajar un solo día, incansablemente, con mucha vocación y compromiso.

Eso fue dentro, una media hora antes. Fuera, la noche se cierra sobre Santiago. Acabado el largo e intenso día en el que se conmemoró el golpe dos veces, el país se apresta a dejar atrás la convulsión del aniversario y a cambiar de nuevo de mayoría presidencial, de forma tranquila, sin sobresaltos. Se trata, sin duda, de un pensamiento reconfortante.

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