Obama busca el consenso del G-8 a la intervención en Siria

Tras la limitada entrega de armas a los rebeldes, la imposición de una zona de exclusión aérea sobre determinadas zonas parece la opción más inmediata

Antonio Caño
Washington, El País
Barack Obama intentará este lunes obtener una posición unificada de las grandes potencias mundiales sobre los próximos pasos a dar para poner fin a la guerra en Siria. Tras la limitada entrega de armas a los rebeldes, anunciada a lo largo de la última semana, la imposición de una zona de exclusión aérea sobre determinadas zonas de ese país parece la opción más inmediata, aunque ello requeriría el apoyo de Vladimir Putin, con quien el presidente norteamericano tiene previsto reunirse este lunes.


El encuentro entre Obama y el presidente ruso se producirá en el marco de la cumbre del G-8 que se celebra lunes y martes en Belfast (Irlanda del Norte). La conferencia servirá para distintas conversaciones bilaterales y multilaterales con la intención de definir el modelo de intervención en un conflicto que se ha cobrado ya más de 90.000 muertos y que amenaza con hundir a Oriente Próximo en una nueva crisis de inestabilidad y enfrentamientos sectarios.

Obama, que anunció el giro hacia una posición más intervencionista tras la comprobación, según su Gobierno, de que el régimen de Bachir al Asad había utilizado armas químicas contra la insurgencia, se resiste a actuar en Siria por sí sólo, y ha declarado su intención de buscar una gran coalición internacional.

“Esta es una situación muy incierta y el presidente cree necesario consultar con los líderes del G-8 qué tipo de apoyo debemos de dar a la oposición”, ha explicado Ben Rhodes, viceconsejero de Seguridad Nacional. Esas consultas empezaron en la noche del viernes con una videoconferencia en la que, además de Obama, participaron el primer ministro británico, David Cameron, el presidente francés, Francois Hollande, la canciller alemana, Angela Merkel, y el primer ministro italiano, Enrico Letta.

Faltaba en esa lista el hombre que, en realidad, tiene la llave para los futuros movimientos de la comunidad internacional, Putin. El presidente ruso, que el domingo tenía previsto reunirse con Cameron, sigue siendo un aliado de Asad, y, aunque en los últimos meses el apoyo al presidente sirio se ha reducido ligeramente, Rusia se opone a cualquier intervención militar extranjera en Siria. Rusia tiene en Siria su única base militar en el exterior y conserva sobre ese país una influencia que le permite, como demuestra la realidad actual, seguir siendo un actor relevante en Oriente Próximo.

No va a ser, por tanto, sencillo hacer cambiar de opinión a Putin. El argumento de EE UU es que el relevo de Asad por un Gobierno que incluya las aspiraciones de los rebeldes y le de a Siria mayor unidad no es, necesariamente, un revés para los intereses rusos. “Creemos que a Rusia le favorece presionar a Asad para que abandone el poder”, afirma Rhodes.

Obama intentará también persuadir a Putin de que, sea cual sea la posición rusa, el régimen de Asad está condenado a muerte antes o después, y que una intervención de la comunidad internacional ahora puede evitar un mayor baño de sangre y puede permitir que Rusia quede en una mejor posición de cara al futuro de Siria.

El voto de Rusia es imprescindible para que la eventual zona de exclusión aérea obtenga el refrendo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lo que Francia plantea como condición imprescindible para darle su apoyo. Un portavoz del Ministerio francés de Relaciones Exteriores reiteró este fin de semana que “este tipo de medidas solo se pueden poner en marcha con la aprobación de la comunidad internacional, se requiere una decisión del Consejo de Seguridad”.

También Alemania, según lo que Merkel ha declarado en los últimos días, es partidaria de llevar el asunto a la más alta instancia ejecutiva de la ONU, que en su día dio luz verde a la zona de exclusión aérea impuesta en Libia. EE UU y el Reino Unido, aunque prefieren igualmente esa vía, no han descartado por completo una intervención en otro marco. Posiblemente, una amplia coalición, con participación sobre el terreno de países europeos, árabes y musulmanes, podría ser suficiente para respaldar la acción.

La Administración norteamericana ha advertido que la creación de un espacio aéreo en Siria vetado a la aviación del régimen sería mucho más difícil que en Libia. Rhodes sugirió la pasada semana que, aunque esa opción no ha sido descartada, EE UU se resiste a llevarla a cabo en solitario por miedo a verse de nuevo inmerso en un conflicto militar en Oriente Próximo frente a la pasividad de sus aliados y las críticas del resto del mundo.

Obama afronta, por tanto, en Belfast una misión muy complicada, y no lo hace precisamente en la cúspide de su popularidad y prestigio, particularmente en Europa. La opinión pública y algunas instituciones europeas han reaccionado con gran contrariedad a la revelación del programa de espionaje Prisma sobre el tráfico de Internet entre extranjeros fuera del territorio norteamericano.

Obama tratará de defender ante sus colegas que el propósito de EE UU no es el espiar indiscriminadamente a ciudadanos de otros países sino el de obtener datos sobre actividades terroristas que, en muchas ocasiones, no tienen como objetivo EE UU sino algunos países de Europa. Son los europeos, según han comentado fuentes de la Administración, quienes mejor deberían de entender y más tienen que agradecer los esfuerzos del espionaje norteamericano por prevenir atentados terroristas.

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