Gangnam Style, Harlem Shake y el ocaso de España como potencia imperial del baile idiota
Xavi Sancho, El País
El 13 de mayo de 1993, el Gobierno español se veía obligado a devaluar la peseta un 8%. El por entonces Ministro de Economía, el socialista (no se rían, que pudo ser peor) Carlos Solchaga atribuía la decisión, la tercera de este mismo cariz tomada desde septiembre del año anterior, a la incertidumbre política, sin duda, acrecentada por unas recientes declaraciones del por entonces líder de la oposición, José María Aznar. El candidato del PP había pedido una bajada inmediata del tipo de interés, que por entonces rondaba el 13%. Según fuentes de la City londinense, estas palabras de Aznar advertían sobre su intención de suavizar la política monetaria española en caso de ganar las próximas elecciones, lo que empujó a los cambistas a subir un poco más su apuesta por la devaluación. Esa misma mañana se habían conocido los nuevos datos del paro. El número de desempleados en el país había aumentado en 250.000 durante el primer trimestre del año, situando la cifra total en 3,3 millones. A pesar de la recesión (España cerraría el año con un crecimiento negativo del 1,03%), la inflación no daba tregua. Y es que ese mismo jueves negro también se conocían los datos del IPC, que subía un 0,4%, situando la tasa interanual en el 4,6%, muy por encima de las previsiones del Gobierno y de lo sostenible para una población que vería acabar el año con una tasa de paro del 23,9% y la aprobación de la Ley Financiera, que, entre otras cosas, bajaba la prestación mínima para parados sin hijos del 100% del salario mínimo al 75%. Dos meses después de este jueves negro, un dúo sevillano llamado Los del Río editaba un tema titulado La Macarena. La semilla de la recuperación económica del país acababa de sembrarse.

Durante los dos siguientes años, como España, la canción se mantuvo en estado de letargo. En 1994, el paro alcanzaba al 24,1% de la población activa española, pero aquel verano el tema que la leyenda cuenta que se gestó en Venezuela, durante una fiesta organizada por un empresario local a la que asistieron Los del Río y durante la cual quedaron prendados de la destreza de la bailaora Diana Patricia Cubillán Herrera, fue un éxito en nuestras costas. Se convirtió en la canción del verano, y el sello BMG decidió promocionarla internacionalmente (ay, si no fuera por las exportaciones). A finales de 1995, la canción era ya un fenómeno global. “Es muy pegadiza y, además, es cool”, declaraba al Miami Journal, Gordon Kushnick, propietario de un club en el estado de Wasghington (no acabamos de entender la relevancia del tipo en la historia, pero sus palabras nos han gustado y por eso las preproducimos). Aida Levitan, organizadora de la Feria de Sevilla en Cayo Vizcaíno, Florida, que ese mismo año había convocado a 10.000 personas que bailaron al unísono el tema, explicaba su éxito de esta forma tan científica (supera eso, Simon Reynolds): “Tiene un elemento infantil y saltitos”.
"Nadie baila sobrio, a menos que esté loco" (H.P. Lovecraft)
Entre 1995 y 1997, La Macarena llegó a vender 14 millones de copias (4 de ellas en EE.UU) y diez años más tarde aún seguía dando réditos. Se calcula que ha generado 60 millones de euros. La bailaron los equipos de gimnasia de EE.UU. y Bielorusia en los Juegos Olímpicos de Atlanta, la bailaron los Clinton cuando Bill fue reelegido, la bailaba incluso Edgar Martínez, jugador del equipo de béisbol de los Seattle Mariners, antes de batear. La bailaba el mundo. España hacía que el mundo bailara, como lo había hecho 15 años con Los Pajaritos, pero esta vez no era parte de una franquicia global nacida alrededor de una fondue en una localidad suiza, sino que era un producto español original, como la fabada, como Cospedal (como apuntan Ojete Calor, la tía está tan bien hecha, que parece de verdad). Y es que durante muchos años vivimos engañados, convencidos de que el éxito de nuestra María Jesús, abstemia, no fumadora y concejala del PP, era un producto original, cuando en realidad procedía de una franquicia originada por el compositor Walter Thomas en los años 50 y propulsada a principios de los 80 (142 versiones editada en 42 países y 40 millones de discos vendidos). En principio, parece que los que bailaban eran patos, pero en una televisión de local de Tulsa, Oklahoma, se quedaron sin disfraces de pato para los teutones que llegaron para interpretar el tema y los vistieron de pajarito. Y ahí nació el mito, que desde entonces cada noche padece una lenta pero indolora muerte en algún bar de Benidorm.
Nueve de cada diez españoles aún cree que Los Pajaritos es un original patrio. Nueve de cada diez españoles están convencidos de que, como en su pueblo, no se come en ningún sitio. Nueve de diez españoles aún pregunta 'cuándo' saldremos de la crisis. El que preguntaba 'cómo' ahora vive en Alemania.
2/3/2012
The Guardian: ¿Qué canción te gustaría que sonase en tu funeral?
Samantha Morton: ‘Los pajaritos’.
En 1997, cuando finalmente se diluía el fenómeno Macarena, España había reducido su tasa de paro en más de tres puntos con respecto al mes en que el tema fue editado y la economía había pasado de la severa recesión a un orgulloso crecimiento del 3,9%. Siete años más tarde, el país entraba en órbita. El Euríbor bajaba hasta el 3,49%, más de medio punto con respecto al año anterior, y el precio de la vivienda subía un 30%. Éramos la leche. Si querías vivir en este país, te lo tenías que ganar. A nuestra simpatía natural, a las tapas y las cañitas, ahora había que sumarle las estaciones de AVE y Terra Mítica. Un fiestorro. Tocaba volver a hacer que el mundo bailara a nuestro son. Para ello aparecieron tres chavalas andaluzas llamadas Las Ketchup. Editaron Aserejé, rebautizado como The Ketchup Song (no la del vídeo, ese es un perdedor tratando de aprovecharse del fenómeno... fans del country, es bromi) para el resto del mundo (las exportaciones…). “Es la fórmula pop definitiva. El sueño húmedo de cualquier ejecutivo discográfico”, declaraba Rocco Vanzilotta, vicepresidente de marketing de Columbia Records a Entertainment Weekly. En 2006, el tema había sido número uno en 27 países y había despachado más de siete millones de copias. Si es que somos buenos. Solo nos falta ganar un Mundial, se oía en los chiringuitos.
El baile en la era 2.0 (ergo: Mundo 2-España 0)
En 2003 se acuñaba el término Flashmob, que un año más tarde entraría en el diccionario de inglés de Oxford. Aunque sus orígenes parecen encontrarse en Tasmania en el siglo XIX, el primer flashmob de la era moderna sucedió en Manhattan durante el verano de 2003 en los grandes almacenes Macy’s y fue inspirado por Bill Wasik, editor de Harper’s Magazine. No solo no sonó La Macarena, sino que casi diez años más tarde, cuando los empleados de la sanidad pública madrileña organizaron uno para defender aquello del estado del bienestar (si Milans del Bosch levanta la cabeza, saca los tanques otra vez, aterrorizado) que, en este país, como Polaris World, estamos desmontando antes de terminar de construir, utilizaron el Freedom de Aretha Franklyn y el Thriller de Michael Jackson. Menuda afrenta. Eso es peor que consumir aceite de oliva griego, o cocinar con mantequilla. ¿No veis que solo avanzaremos juntos, defendiendo el producto nacional... aunque tribute en Suiza? Viendo aquello era inevitable pensar en el chiste de las hienas y las similitudes entre ese animal y el ciudadano español:
La hiena es un animal que vive en el norte de Africa, come carroña, se aparea una vez al año y emite un aullido semejando a la risa del hombre, expone la maestra a sus alumnos.
-A ver, Pepito, ¿qué entendiste?
-La hiena es un animal que vive en África, come carne podrida, se aparea una vez al año, y hace un aullido que parece que se está riendo...
-¡Muy bien, Pepito! Tú, Pablito…
-La hiena es un animal que vive lejos, en África, creo, come carne podrida, se ríe como si fuera hombre y ve a su pareja una vez al año.
-Mmm... Bueno, has aprendido algo. ¿Y tú, Jaimito?
-Yo solo tengo una pregunta, maestra: La hiena, con lo lejos que vive, con la mierda que come y con lo poco que jode... ¿ De qué puñetas se ríe?
De cualquier modo, en 2013 el flashmob es algo tan de ayer como el Tektonic. Kelly Clarkson lo representa en un vídeo reciente y Almodóvar acaba de organizar uno en el centro de Madrid al ritmo de I’m so excited (um tema tan pasado, que hasta la versión que las maravillosas Le Tigre hicieron en 2004 suena vieja) para promocionar Los amantes pasajeros. Y es que en España prolifera una especie extraña, como el urogallo, el lince o el concejal imputado, casi exclusiva de estas latitudes: el personaje que fue moderno durante un rato (normalmente, a principios de los 80) y que, desde entonces, es considerado el súmmum de la actualidad por él mismo, sus amigos y toda una generación incapaz de asumir que no vale simplemente con decir que se es moderno o recordar cuando se fue. Hay que, como decía James Murphy, ‘leer todos los panfletos y ver las cintas’.
Corría febrero de 2005, cuando un par de ex empleados de PayPal creaban Youtube, un sitio en el que compartir videos. El éxito fue fulminante, y un año más tarde Google se hacía con la compañía por más de 1.300 millones de euros. En 2010, para celebrar su primer lustro de vida, Youtube promocionaba los 25 vídeos que habían marcado la historia del canal. Entre ellos, aparecía un oso panda estornudando, el Yes we can de Obama, un anuncio de Ronaldinho para una conocida marca de ropa de deporte, Susan Boyle y un gato tocando el teclado. Pero ningún baile español... ¡Árbitro! A principios de aquel mismo año, el FMI predecía que la española sería la única economía de los países grandes de la eurozona que se contraería. Eso sí, en verano la selección de fútbol ganaba el Mundial, y tras un breve paréntesis, Terra Mítica reabría sus puertas con energías renovadas, nuevas mascotas, como Vicky el Vikingo y La Abeja Maya, y toda la confianza de los mercados.
“El estilo popular del baile en el sur blanco está siempre más avanzado que el del resto de América blanca, y parece más próximo a lo que está sucediendo al mismo tiempo en Harlem, que es inevitablemente el que va en cabeza de lo que luego será la moda nacional” (Bastoneando en Ole Miss, Terry Southern)
Los acaecido en los últimos meses ya ha sido demasiado. Un chino afincado en Corea del Sur con un pasado como cantante protesta lanzaba Gangnam Style, y no solo se convertía en el vídeo más visto de la historia de Youtube, sino que popularizaba un baile en el que se fingía montar a caballo (¿cómo no se me ocurrió antes, debió pensar Bob Dylan?). Si Clinton tuvo La Macarena, Obama tenía ahora el baile del caballo. “El Presidente me ha dicho que le gusta hacer el baile del caballo, pero que ha dejado de bailarlo porque su mujer y sus hijas de ríen de él”, declaraba PSY, el responsable del genocidio, tras una conversación con el bueno de Barack. Cómo este tipo llegó a conseguir lo que Zapatero jamás logró esperemos que sea un misterio y no un síntoma de los tiempos que vivimos. Meses más tarde, y a partir de un sampleado de un tema de Baauer, se popularizaba el Harlem Shake, otro baile viral porque sí. Baauer alcanzaba el 21 de febrero el primer puesto de la lista estadounidense de singles gracias a los severos problemas mentales que sufre la poblacion de este planeta nuestro, los mismos que llevaron hace un mes a cientos de egipcios a bailar el Harlem Shake frente a la residencia del presidente Morsi para pedir su renuncia (si Milans del Bosch levantara la cabeza, les mandaba los tanques por Instagram)

¿Y España? Pues nada. Hemos perdido pie. Nos hemos convertido en una ex potencia del baile idiota, los restos del naufragio de la era offline. Lo viral nos supera. Mientras recuperamos la confianza de los mercados, sembramos brotes verdes y abrimos y cerramos sobres, el mundo ha utilizado todo lo que aprendió de nosotros para forrarse (el twist o el bugalú no fueron más que un ensayo de lo que vendría con el Aserejé). Porque sin Macarena no hay Harlem Shake; sin Aserejé no hay Gangnam Style. Y es que tendemos a pensar que llegamos tarde a las cosas, pero es justo lo contrario: llegamos demasiado pronto. Nación de pioneros. Imperio malgastado. Crematorio. En la orilla de todo. Como dijo Don Enrique Loewe recientemente: “Fuimos nación antes que otros, fuimos Europa antes que otros… Nos tocó un imperio del pasado. Pero, fíjate, cuando vuelves a la esencia del Quijote, y ves que forma parte de los fundamentos del imaginario popular universal, piensas que, más que tarde, puede ser que llegáramos pronto y se nos acabaran las pilas. España me produce una sensación de perplejidad”. El Aserejé es nuestro Quijote del siglo XXI. El mundo nos debe una y, tarde o temprano, nos la va a pagar. ¿Para cuándo un Mundial de Toros?
El 13 de mayo de 1993, el Gobierno español se veía obligado a devaluar la peseta un 8%. El por entonces Ministro de Economía, el socialista (no se rían, que pudo ser peor) Carlos Solchaga atribuía la decisión, la tercera de este mismo cariz tomada desde septiembre del año anterior, a la incertidumbre política, sin duda, acrecentada por unas recientes declaraciones del por entonces líder de la oposición, José María Aznar. El candidato del PP había pedido una bajada inmediata del tipo de interés, que por entonces rondaba el 13%. Según fuentes de la City londinense, estas palabras de Aznar advertían sobre su intención de suavizar la política monetaria española en caso de ganar las próximas elecciones, lo que empujó a los cambistas a subir un poco más su apuesta por la devaluación. Esa misma mañana se habían conocido los nuevos datos del paro. El número de desempleados en el país había aumentado en 250.000 durante el primer trimestre del año, situando la cifra total en 3,3 millones. A pesar de la recesión (España cerraría el año con un crecimiento negativo del 1,03%), la inflación no daba tregua. Y es que ese mismo jueves negro también se conocían los datos del IPC, que subía un 0,4%, situando la tasa interanual en el 4,6%, muy por encima de las previsiones del Gobierno y de lo sostenible para una población que vería acabar el año con una tasa de paro del 23,9% y la aprobación de la Ley Financiera, que, entre otras cosas, bajaba la prestación mínima para parados sin hijos del 100% del salario mínimo al 75%. Dos meses después de este jueves negro, un dúo sevillano llamado Los del Río editaba un tema titulado La Macarena. La semilla de la recuperación económica del país acababa de sembrarse.
Durante los dos siguientes años, como España, la canción se mantuvo en estado de letargo. En 1994, el paro alcanzaba al 24,1% de la población activa española, pero aquel verano el tema que la leyenda cuenta que se gestó en Venezuela, durante una fiesta organizada por un empresario local a la que asistieron Los del Río y durante la cual quedaron prendados de la destreza de la bailaora Diana Patricia Cubillán Herrera, fue un éxito en nuestras costas. Se convirtió en la canción del verano, y el sello BMG decidió promocionarla internacionalmente (ay, si no fuera por las exportaciones). A finales de 1995, la canción era ya un fenómeno global. “Es muy pegadiza y, además, es cool”, declaraba al Miami Journal, Gordon Kushnick, propietario de un club en el estado de Wasghington (no acabamos de entender la relevancia del tipo en la historia, pero sus palabras nos han gustado y por eso las preproducimos). Aida Levitan, organizadora de la Feria de Sevilla en Cayo Vizcaíno, Florida, que ese mismo año había convocado a 10.000 personas que bailaron al unísono el tema, explicaba su éxito de esta forma tan científica (supera eso, Simon Reynolds): “Tiene un elemento infantil y saltitos”.
"Nadie baila sobrio, a menos que esté loco" (H.P. Lovecraft)
Entre 1995 y 1997, La Macarena llegó a vender 14 millones de copias (4 de ellas en EE.UU) y diez años más tarde aún seguía dando réditos. Se calcula que ha generado 60 millones de euros. La bailaron los equipos de gimnasia de EE.UU. y Bielorusia en los Juegos Olímpicos de Atlanta, la bailaron los Clinton cuando Bill fue reelegido, la bailaba incluso Edgar Martínez, jugador del equipo de béisbol de los Seattle Mariners, antes de batear. La bailaba el mundo. España hacía que el mundo bailara, como lo había hecho 15 años con Los Pajaritos, pero esta vez no era parte de una franquicia global nacida alrededor de una fondue en una localidad suiza, sino que era un producto español original, como la fabada, como Cospedal (como apuntan Ojete Calor, la tía está tan bien hecha, que parece de verdad). Y es que durante muchos años vivimos engañados, convencidos de que el éxito de nuestra María Jesús, abstemia, no fumadora y concejala del PP, era un producto original, cuando en realidad procedía de una franquicia originada por el compositor Walter Thomas en los años 50 y propulsada a principios de los 80 (142 versiones editada en 42 países y 40 millones de discos vendidos). En principio, parece que los que bailaban eran patos, pero en una televisión de local de Tulsa, Oklahoma, se quedaron sin disfraces de pato para los teutones que llegaron para interpretar el tema y los vistieron de pajarito. Y ahí nació el mito, que desde entonces cada noche padece una lenta pero indolora muerte en algún bar de Benidorm.
Nueve de cada diez españoles aún cree que Los Pajaritos es un original patrio. Nueve de cada diez españoles están convencidos de que, como en su pueblo, no se come en ningún sitio. Nueve de diez españoles aún pregunta 'cuándo' saldremos de la crisis. El que preguntaba 'cómo' ahora vive en Alemania.
2/3/2012
The Guardian: ¿Qué canción te gustaría que sonase en tu funeral?
Samantha Morton: ‘Los pajaritos’.
En 1997, cuando finalmente se diluía el fenómeno Macarena, España había reducido su tasa de paro en más de tres puntos con respecto al mes en que el tema fue editado y la economía había pasado de la severa recesión a un orgulloso crecimiento del 3,9%. Siete años más tarde, el país entraba en órbita. El Euríbor bajaba hasta el 3,49%, más de medio punto con respecto al año anterior, y el precio de la vivienda subía un 30%. Éramos la leche. Si querías vivir en este país, te lo tenías que ganar. A nuestra simpatía natural, a las tapas y las cañitas, ahora había que sumarle las estaciones de AVE y Terra Mítica. Un fiestorro. Tocaba volver a hacer que el mundo bailara a nuestro son. Para ello aparecieron tres chavalas andaluzas llamadas Las Ketchup. Editaron Aserejé, rebautizado como The Ketchup Song (no la del vídeo, ese es un perdedor tratando de aprovecharse del fenómeno... fans del country, es bromi) para el resto del mundo (las exportaciones…). “Es la fórmula pop definitiva. El sueño húmedo de cualquier ejecutivo discográfico”, declaraba Rocco Vanzilotta, vicepresidente de marketing de Columbia Records a Entertainment Weekly. En 2006, el tema había sido número uno en 27 países y había despachado más de siete millones de copias. Si es que somos buenos. Solo nos falta ganar un Mundial, se oía en los chiringuitos.
El baile en la era 2.0 (ergo: Mundo 2-España 0)
En 2003 se acuñaba el término Flashmob, que un año más tarde entraría en el diccionario de inglés de Oxford. Aunque sus orígenes parecen encontrarse en Tasmania en el siglo XIX, el primer flashmob de la era moderna sucedió en Manhattan durante el verano de 2003 en los grandes almacenes Macy’s y fue inspirado por Bill Wasik, editor de Harper’s Magazine. No solo no sonó La Macarena, sino que casi diez años más tarde, cuando los empleados de la sanidad pública madrileña organizaron uno para defender aquello del estado del bienestar (si Milans del Bosch levanta la cabeza, saca los tanques otra vez, aterrorizado) que, en este país, como Polaris World, estamos desmontando antes de terminar de construir, utilizaron el Freedom de Aretha Franklyn y el Thriller de Michael Jackson. Menuda afrenta. Eso es peor que consumir aceite de oliva griego, o cocinar con mantequilla. ¿No veis que solo avanzaremos juntos, defendiendo el producto nacional... aunque tribute en Suiza? Viendo aquello era inevitable pensar en el chiste de las hienas y las similitudes entre ese animal y el ciudadano español:
La hiena es un animal que vive en el norte de Africa, come carroña, se aparea una vez al año y emite un aullido semejando a la risa del hombre, expone la maestra a sus alumnos.
-A ver, Pepito, ¿qué entendiste?
-La hiena es un animal que vive en África, come carne podrida, se aparea una vez al año, y hace un aullido que parece que se está riendo...
-¡Muy bien, Pepito! Tú, Pablito…
-La hiena es un animal que vive lejos, en África, creo, come carne podrida, se ríe como si fuera hombre y ve a su pareja una vez al año.
-Mmm... Bueno, has aprendido algo. ¿Y tú, Jaimito?
-Yo solo tengo una pregunta, maestra: La hiena, con lo lejos que vive, con la mierda que come y con lo poco que jode... ¿ De qué puñetas se ríe?
De cualquier modo, en 2013 el flashmob es algo tan de ayer como el Tektonic. Kelly Clarkson lo representa en un vídeo reciente y Almodóvar acaba de organizar uno en el centro de Madrid al ritmo de I’m so excited (um tema tan pasado, que hasta la versión que las maravillosas Le Tigre hicieron en 2004 suena vieja) para promocionar Los amantes pasajeros. Y es que en España prolifera una especie extraña, como el urogallo, el lince o el concejal imputado, casi exclusiva de estas latitudes: el personaje que fue moderno durante un rato (normalmente, a principios de los 80) y que, desde entonces, es considerado el súmmum de la actualidad por él mismo, sus amigos y toda una generación incapaz de asumir que no vale simplemente con decir que se es moderno o recordar cuando se fue. Hay que, como decía James Murphy, ‘leer todos los panfletos y ver las cintas’.
Corría febrero de 2005, cuando un par de ex empleados de PayPal creaban Youtube, un sitio en el que compartir videos. El éxito fue fulminante, y un año más tarde Google se hacía con la compañía por más de 1.300 millones de euros. En 2010, para celebrar su primer lustro de vida, Youtube promocionaba los 25 vídeos que habían marcado la historia del canal. Entre ellos, aparecía un oso panda estornudando, el Yes we can de Obama, un anuncio de Ronaldinho para una conocida marca de ropa de deporte, Susan Boyle y un gato tocando el teclado. Pero ningún baile español... ¡Árbitro! A principios de aquel mismo año, el FMI predecía que la española sería la única economía de los países grandes de la eurozona que se contraería. Eso sí, en verano la selección de fútbol ganaba el Mundial, y tras un breve paréntesis, Terra Mítica reabría sus puertas con energías renovadas, nuevas mascotas, como Vicky el Vikingo y La Abeja Maya, y toda la confianza de los mercados.
“El estilo popular del baile en el sur blanco está siempre más avanzado que el del resto de América blanca, y parece más próximo a lo que está sucediendo al mismo tiempo en Harlem, que es inevitablemente el que va en cabeza de lo que luego será la moda nacional” (Bastoneando en Ole Miss, Terry Southern)
Los acaecido en los últimos meses ya ha sido demasiado. Un chino afincado en Corea del Sur con un pasado como cantante protesta lanzaba Gangnam Style, y no solo se convertía en el vídeo más visto de la historia de Youtube, sino que popularizaba un baile en el que se fingía montar a caballo (¿cómo no se me ocurrió antes, debió pensar Bob Dylan?). Si Clinton tuvo La Macarena, Obama tenía ahora el baile del caballo. “El Presidente me ha dicho que le gusta hacer el baile del caballo, pero que ha dejado de bailarlo porque su mujer y sus hijas de ríen de él”, declaraba PSY, el responsable del genocidio, tras una conversación con el bueno de Barack. Cómo este tipo llegó a conseguir lo que Zapatero jamás logró esperemos que sea un misterio y no un síntoma de los tiempos que vivimos. Meses más tarde, y a partir de un sampleado de un tema de Baauer, se popularizaba el Harlem Shake, otro baile viral porque sí. Baauer alcanzaba el 21 de febrero el primer puesto de la lista estadounidense de singles gracias a los severos problemas mentales que sufre la poblacion de este planeta nuestro, los mismos que llevaron hace un mes a cientos de egipcios a bailar el Harlem Shake frente a la residencia del presidente Morsi para pedir su renuncia (si Milans del Bosch levantara la cabeza, les mandaba los tanques por Instagram)
¿Y España? Pues nada. Hemos perdido pie. Nos hemos convertido en una ex potencia del baile idiota, los restos del naufragio de la era offline. Lo viral nos supera. Mientras recuperamos la confianza de los mercados, sembramos brotes verdes y abrimos y cerramos sobres, el mundo ha utilizado todo lo que aprendió de nosotros para forrarse (el twist o el bugalú no fueron más que un ensayo de lo que vendría con el Aserejé). Porque sin Macarena no hay Harlem Shake; sin Aserejé no hay Gangnam Style. Y es que tendemos a pensar que llegamos tarde a las cosas, pero es justo lo contrario: llegamos demasiado pronto. Nación de pioneros. Imperio malgastado. Crematorio. En la orilla de todo. Como dijo Don Enrique Loewe recientemente: “Fuimos nación antes que otros, fuimos Europa antes que otros… Nos tocó un imperio del pasado. Pero, fíjate, cuando vuelves a la esencia del Quijote, y ves que forma parte de los fundamentos del imaginario popular universal, piensas que, más que tarde, puede ser que llegáramos pronto y se nos acabaran las pilas. España me produce una sensación de perplejidad”. El Aserejé es nuestro Quijote del siglo XXI. El mundo nos debe una y, tarde o temprano, nos la va a pagar. ¿Para cuándo un Mundial de Toros?

