Fútbol boliviano: Wilstermann mostró su peor cara ante un poco esforzado Oriente
Como ya es costumbre, Wilstermann dio vida a un convaleciente. Cayó 1-2 ante un Oriente que, además de su orden posicional, se bastó con muy poco para plasmar una merecida victoria
José Vladimir Nogales
Sucedió hace dos jornadas en el Capriles, y la historia volvió a repetirse: Wilstermann da vida a sus contrarios. Andaba Oriente apesadumbrado, con aire melancólico por la falta de claridad en su fútbol y los malos resultados en el certamen liguero. El conjunto de Erwin Sánchez no encontraba ni la fluidez en el ataque ni la sobriedad defensiva que le encumbró en el ejercicio pasado. La crítica denunciaba una falta de humildad en los jugadores, que el equipo estaba practicando un fútbol insustancial, que los resultados eran el reflejo de lo que proponían en el campo.
Y en esto llegó Wilstermann para revivir a Oriente, como ya ocurrió, no hace mucho, con Real Potosí, Nacional, La Paz y Universitario. La duplicidad de contrastes al inicio de la brega tiraron por tierra las poco saludables intenciones mostradas por el conjunto rojo en el escuálido arreón de los primeros cinco minutos. Al suicidio contribuyó su entrenador con su habitual propuesta extremadamente ofensiva, aunque carente de juego y del indispensable equilibrio sustentatorio. Los rojos dispusieron, de inicio, una conducta agresiva, avanzaron las líneas para ahogar el centro del campo de Oriente y dificultar la conexión entre Mojica y Alcides Peña, la pareja que tantos beneficios produjo en la temporada pasada y que en la presente no acaba de encontrarse.
Consciente de las dificultades de identidad que está atravesando el grupo de Sánchez en el campeonato, el conjunto rojo no tuvo reparos en intentar llevar el control del juego, en procurar que las acciones transcurrieran en campo ajeno. Lo dispuso desde la alineación, con una línea de tres atacantes por delante de dos volantes presuntamente creativos (Cardozo y Romero), que ejercían de generadores de juego, pero que gravitaron mínimamente. Sin volantes participativos, pronto languideció la presión primigenia hasta extinguirse. Y al declinar el aprovisionamiento a los puntas, se esfumaron las aproximaciones, ocasionando un paulatino éxodo hacia el centro del campo, donde se impuso una batalla posicional de la que salió airoso aquél que más gente reunía. Oriente, haciendo muy poco, controló posicionalmente la geografía, asfixiando a los generadores rivales, que no encontraban su lugar en el campo.
Ese ha sido el drama de Wilstermann en este campeonato. Se lanza, frenético, a buscar la ofensiva, pero sin detentar mínimo equilibrio. Da igual quién juegue y cómo se plante el equipo sobre el campo. Mauricio Soria (cuya continuidad en el cargo ha dividido a la parcialidad) ha utilizado a lo largo de la competencia a casi toda la plantilla y, salvo un par de cotejos, casi nunca ha variado el esquema pese a la pobreza de los resultados. Lo que sí cambia, y compulsivamente, es la formación. Nunca se repite. Ni en lo bueno, peor en lo malo, que ha sido casi siempre. Ahí, lógicamente, reside buena parte de la inestabilidad funcional que ha corroído a una estructura incapaz de crearse una identidad.
El único rasgo común a todas las versiones rojas utilizadas en el curso es su gusto por la velocidad y la obsesión por el fútbol directo. El equipo hace su fútbol a la carrera y le da igual el contrario al que se enfrente. ¿Valentía o temeridad? En los últimos seis partidos (desde la caída ante Blooming, la primera como visitante), la generosa propuesta de Wilstermann ha recibido 15 goles, ha anotado 8 y ha sumado sólo tres puntos. Es decir, arriesga demasiado para tan pírricos réditos.
Este domingo le tocaba recibir a un deprimido Oriente, que venía de una dura derrota en casa (1-3 con Bolívar) y que ha soportado una turbulenta temporada. El equipo cruceño se encontró sobre el césped a un nuevo Wilstermann, con cambio de hombres (Andaveris, Cardozo y Nicolás Suárez en la titularidad) y de posiciones (Andrada como lateral derecho) y el mismo ímpetu. Salida en tromba, desconcierto táctico y debilidad del medio para atrás.
DESARREGLOS
La falta de rigor táctico, el desconcierto por los cambios de posición o la ausencia de instrucciones desde el banquillo, o todo a la vez, hicieron que, al saque de un lateral, seis jugadores rojos se concentraran cerca del área propia y dejasen, curiosamente, sin marca a Mojica, que apareció a las espaldas de todos y de cara a Hugo Suárez, al que vulneró con suave disparo. Pero el desconcierto apenas comenzaba. El desorden cundió y las urgencias engendraron imprudencias. Andrada, que trepó mucho para hacer poco, no tenía las espaldas cubiertas. Nicolás Suárez no podía ejecutar el relevo porque circulaba en improductivas lejanías, forzado por un diseño que le exige prestaciones para las que no está calificado (generar juego) y esteriliza lo que mejor hace (recuperar balones, lavarlos y dárselos limpios a los que saben). El escenario parecía propicio para que Oriente golpease nuevamente. Y así ocurrió. Traslado sucio del local, infecta imprecisión en las entregas y rápida réplica ante un equipo mal parado y en retroceso, pelota al espacio desprotegido (espalda de Andrada), arremetida limpia de Diego Rodríguez sin nadie que se cruce en el camino (no se activaron los relevos de N. Suárez y Zenteno), disparo, rebote del golero y gol de Peña. Trece minutos de partido y el enfrentamiento cuesta arriba, jugando en casa, es un lujo que ningún equipo, y menos un recién ascendido, puede permitirse. Y El promedio vuelve a doler.
Con la doble ventaja visitante en el marcador aparecieron todos los defectos de Wilstermann, resumidos en la falta de precisión en el pase y los cada vez más habituales desajustes defensivos. Ya nada volvió a ser igual y el partido se volvió de color albiverde. Y los rojos se quedaron acomplejados y sin respuesta.
PREDECIBLE
Los rivales, ciertamente, le fastidian cada vez más porque le conocen mejor. Le tienen muy estudiado, y le trampean el juego interior, no se dejan quitar la pelota e impiden que su fútbol tenga fluidez, continuidad y dinamismo, de manera que el equipo de Soria aparece como un equipo plano, sin picos, desenchufado e irreconocible. Todos saben que basta con ahogar el abastecimiento al tridente para neutralizar a los rojos, lo que se consigue metiendo presión en el medio, donde volantes huérfanos apenas trascienden con la pelota.
Aún cuando se ha vuelto un equipo más fácil de combatir y previsible, Wilstermann no sólo no ha evolucionado futbolísticamente sino que ha retrocedido. Aparece hoy como un equipo demasiado largo y los jugadores no se encuentran en la cancha. Ha dejado de jugar en un cuadrilátero y ha cedido demasiado terreno. Los volantes (a veces muy ofensivos, otras de característica opuesta) no mezclan ni combinan y la luz del equipo no se enciende. Y como un partido juegan unos, en otras otros, el entendimiento (clave para que una fórmula funcione) no se consigue. Entonces, la pérdida del sentido de equipo ha cedido el protagonismo a las individualidades, y nadie, por sí solo, denota capacidad para desequilibrar. Las decisiones de Soria, un técnico exageradamente intervencionista y tacticista (el esquema está por encima de los jugadores), expresa la preocupación que se vive en el club por el comportamiento y el rendimiento del equipo. Falto de estilo, Wilstermann tampoco ha encontrado alivio en las acciones a balón parado. Ha caído en la precipitación para desespero de la hinchada, siempre impaciente, y a la dirigencia no se le ha ocurrido nada para responder a esta peligrosa cadena de resultados adversos.
En cuanto los jugadores de Oriente se colocaron y se centraron en el partido, no tuvieron demasiados problemas para neutralizar a Wilstermann e impedirle jugar en quinta velocidad. Ahí empezaron los problemas para los hombres de Soria, siempre excedidos en velocidad.
Sin centro del campo y con una defensa de circunstancias, por las improvisaciones del técnico, al conjunto rojo le costaba horrores crear juego. Era Nicolás Suárez quien en demasiadas ocasiones tenía que asumir la responsabilidad de distribuir el balón.
CAMBIOS
Como en todo el primer tiempo, Wilstermann no alcanzó el área de Oriente, la presencia de Salinas en el partido se convirtió en algo parecido a una cábala de Soria o a uno de sus desafiantes caprichos. Su equipo necesitaba más consistencia defensiva y más gente en el medio campo, donde Romero confirmó que es un caso flagrante de futbolista sobrevalorado y Cardozo manifestó su timidez. Soria prefirió sacrificar a Andrada, pobre en el carril, quitar a Romero (inexpresivo con la pelota) y agregar a Bejarano (lateral de oficio, proscrito por sus errores) y a Paz. ¿Qué se ganó con las modificaciones? Nada. Atrás, Bejarano no sufrió, pero aportó tanto o menos que Andrada en la banda. En el medio, hubo más marca y mucho menos juego, con el traslado y la distribución creativa entregada a la insuficiencia de Nicolás Suárez. El resultado fue bastante obvio: mayor imprecisión, menos profundidad y fútbol a pelotazos. Obligado a condenarse porque le quedaron lejos las dos áreas. Fue una manera de desperdiciar a uno de los pocos jugadores eficientes de los rojos.
Sin embargo, el peor Wilstermann posible estuvo metido en el encuentro más tiempo de lo que merecía. Se lo permitió Oriente, por condescendencia o porque es un equipo que raramente juega bien. Dejarse meter en el área con este Wilstermann es un mal síntoma. Los resultados dirán lo que quieran, pero es sabido que Wilstermann tiene poco fútbol y tampoco es una roca defensiva. Más bien lo contrario. Wilstermann concede oportunidades a todos los rivales, incluido al desventurado Oriente (que se benefició tanto como Universitario, Nacional, The Strongest y Real Potosí en su momento). Por sus propios defectos, Oriente mantuvo a los rojos en el encuentro. No ventiló el partido y no encontró a Peña. Tampoco ubicó a Mojica para darle contenido a las réplicas.
En medio de las concesiones que encontró (el retroceso de Oriente, la desactivación de su contragolpe y la imprecisión en el traslado), Wilstermann se hizo ilusiones que no le correspondían. De repente, a Wilstermann se le encendieron las luces. Por dos razones: porque Cardozo es el único pasador puro de los rojos y porque su conexión con Aparicio puede ser demoledora si logran asimilarse. Nadie entiende los piques de Aparicio y por eso no se lo aprovecha como es posible. El gol retrató esa conexión. Un gol de desmarque, de sprinter y de delantero implacable. Aparicio se perfila de forma diferente, señala el pase que nunca le dan, insinúa el trayecto para un toque profundo y definitivo. El pase y la definición fueron magníficos. Aparicio salió al vacío, controló la pelota y la dejó en la red con un potente disparo cruzado. Ahí se acabó el partido. Wilstermann no tenía sustancia en el campo para desarrollar algo más que el pulso de Aparicio. Su fútbol, a puro pelotazo, no alcanzaba para inquietar. Las expulsiones de Zenteno y N. Suárez acabaron con la deshilachada batalla, aún cuando Wilstermann seguía intentando espasmódicamente, a puro instinto, ciego y sin juego. Todo había terminado mucho antes con la desastrosa respuesta de Wilstermann.
Los rojos tienen mucho de qué preocuparse después de esta caída. Más allá del juego mediocre, el equipo tiene otro problema (además del menguante promedio). La desidia y desgana de algunos de sus jugadores es evidente y la obsesión tacticista del entrenador es peligrosa. En los peores momentos del encuentro, nadie del equipo, incluido el entrenador, fue capaz de pegar un grito y sacar al conjunto de la profunda hipnosis. El envite físico propuesto por la visita resultó decisivo para vislumbrar un ganador desde el primer gol.
Wilstermann: Hugo Suárez, Maximiliano Andrada (Bejarano), Edward Zenteno, Mauro Zanotti, Gerson García, Sebastián Romero (Paz), Nicolás Suárez, Jaime Cardozo (Hinojosa), Pablo Salinas, Augusto Andaveris, Eric Aparicio.
Gol: Aparicio (31’ST)
Oriente: Sebastián Britos, Wilder Zabala, Miguel Ángel Hoyos, Mariano Braun, Marvin Bejarano, Gualberto Mojica, Pedro Azogue, Alejandro Melean, Diego Rodríguez (Zanni), Ronald García y Alcides Peña (Carando).
Goles: Mojica (9’PT) y Peña (13’PT)
Árbitro: Orlando Quintana (PT)
Público: 3.825 entradas
Recaudación: Bs 53.270.-
José Vladimir Nogales
Sucedió hace dos jornadas en el Capriles, y la historia volvió a repetirse: Wilstermann da vida a sus contrarios. Andaba Oriente apesadumbrado, con aire melancólico por la falta de claridad en su fútbol y los malos resultados en el certamen liguero. El conjunto de Erwin Sánchez no encontraba ni la fluidez en el ataque ni la sobriedad defensiva que le encumbró en el ejercicio pasado. La crítica denunciaba una falta de humildad en los jugadores, que el equipo estaba practicando un fútbol insustancial, que los resultados eran el reflejo de lo que proponían en el campo.
Y en esto llegó Wilstermann para revivir a Oriente, como ya ocurrió, no hace mucho, con Real Potosí, Nacional, La Paz y Universitario. La duplicidad de contrastes al inicio de la brega tiraron por tierra las poco saludables intenciones mostradas por el conjunto rojo en el escuálido arreón de los primeros cinco minutos. Al suicidio contribuyó su entrenador con su habitual propuesta extremadamente ofensiva, aunque carente de juego y del indispensable equilibrio sustentatorio. Los rojos dispusieron, de inicio, una conducta agresiva, avanzaron las líneas para ahogar el centro del campo de Oriente y dificultar la conexión entre Mojica y Alcides Peña, la pareja que tantos beneficios produjo en la temporada pasada y que en la presente no acaba de encontrarse.
Consciente de las dificultades de identidad que está atravesando el grupo de Sánchez en el campeonato, el conjunto rojo no tuvo reparos en intentar llevar el control del juego, en procurar que las acciones transcurrieran en campo ajeno. Lo dispuso desde la alineación, con una línea de tres atacantes por delante de dos volantes presuntamente creativos (Cardozo y Romero), que ejercían de generadores de juego, pero que gravitaron mínimamente. Sin volantes participativos, pronto languideció la presión primigenia hasta extinguirse. Y al declinar el aprovisionamiento a los puntas, se esfumaron las aproximaciones, ocasionando un paulatino éxodo hacia el centro del campo, donde se impuso una batalla posicional de la que salió airoso aquél que más gente reunía. Oriente, haciendo muy poco, controló posicionalmente la geografía, asfixiando a los generadores rivales, que no encontraban su lugar en el campo.
Ese ha sido el drama de Wilstermann en este campeonato. Se lanza, frenético, a buscar la ofensiva, pero sin detentar mínimo equilibrio. Da igual quién juegue y cómo se plante el equipo sobre el campo. Mauricio Soria (cuya continuidad en el cargo ha dividido a la parcialidad) ha utilizado a lo largo de la competencia a casi toda la plantilla y, salvo un par de cotejos, casi nunca ha variado el esquema pese a la pobreza de los resultados. Lo que sí cambia, y compulsivamente, es la formación. Nunca se repite. Ni en lo bueno, peor en lo malo, que ha sido casi siempre. Ahí, lógicamente, reside buena parte de la inestabilidad funcional que ha corroído a una estructura incapaz de crearse una identidad.
El único rasgo común a todas las versiones rojas utilizadas en el curso es su gusto por la velocidad y la obsesión por el fútbol directo. El equipo hace su fútbol a la carrera y le da igual el contrario al que se enfrente. ¿Valentía o temeridad? En los últimos seis partidos (desde la caída ante Blooming, la primera como visitante), la generosa propuesta de Wilstermann ha recibido 15 goles, ha anotado 8 y ha sumado sólo tres puntos. Es decir, arriesga demasiado para tan pírricos réditos.
Este domingo le tocaba recibir a un deprimido Oriente, que venía de una dura derrota en casa (1-3 con Bolívar) y que ha soportado una turbulenta temporada. El equipo cruceño se encontró sobre el césped a un nuevo Wilstermann, con cambio de hombres (Andaveris, Cardozo y Nicolás Suárez en la titularidad) y de posiciones (Andrada como lateral derecho) y el mismo ímpetu. Salida en tromba, desconcierto táctico y debilidad del medio para atrás.
DESARREGLOS
La falta de rigor táctico, el desconcierto por los cambios de posición o la ausencia de instrucciones desde el banquillo, o todo a la vez, hicieron que, al saque de un lateral, seis jugadores rojos se concentraran cerca del área propia y dejasen, curiosamente, sin marca a Mojica, que apareció a las espaldas de todos y de cara a Hugo Suárez, al que vulneró con suave disparo. Pero el desconcierto apenas comenzaba. El desorden cundió y las urgencias engendraron imprudencias. Andrada, que trepó mucho para hacer poco, no tenía las espaldas cubiertas. Nicolás Suárez no podía ejecutar el relevo porque circulaba en improductivas lejanías, forzado por un diseño que le exige prestaciones para las que no está calificado (generar juego) y esteriliza lo que mejor hace (recuperar balones, lavarlos y dárselos limpios a los que saben). El escenario parecía propicio para que Oriente golpease nuevamente. Y así ocurrió. Traslado sucio del local, infecta imprecisión en las entregas y rápida réplica ante un equipo mal parado y en retroceso, pelota al espacio desprotegido (espalda de Andrada), arremetida limpia de Diego Rodríguez sin nadie que se cruce en el camino (no se activaron los relevos de N. Suárez y Zenteno), disparo, rebote del golero y gol de Peña. Trece minutos de partido y el enfrentamiento cuesta arriba, jugando en casa, es un lujo que ningún equipo, y menos un recién ascendido, puede permitirse. Y El promedio vuelve a doler.
Con la doble ventaja visitante en el marcador aparecieron todos los defectos de Wilstermann, resumidos en la falta de precisión en el pase y los cada vez más habituales desajustes defensivos. Ya nada volvió a ser igual y el partido se volvió de color albiverde. Y los rojos se quedaron acomplejados y sin respuesta.
PREDECIBLE
Los rivales, ciertamente, le fastidian cada vez más porque le conocen mejor. Le tienen muy estudiado, y le trampean el juego interior, no se dejan quitar la pelota e impiden que su fútbol tenga fluidez, continuidad y dinamismo, de manera que el equipo de Soria aparece como un equipo plano, sin picos, desenchufado e irreconocible. Todos saben que basta con ahogar el abastecimiento al tridente para neutralizar a los rojos, lo que se consigue metiendo presión en el medio, donde volantes huérfanos apenas trascienden con la pelota.
Aún cuando se ha vuelto un equipo más fácil de combatir y previsible, Wilstermann no sólo no ha evolucionado futbolísticamente sino que ha retrocedido. Aparece hoy como un equipo demasiado largo y los jugadores no se encuentran en la cancha. Ha dejado de jugar en un cuadrilátero y ha cedido demasiado terreno. Los volantes (a veces muy ofensivos, otras de característica opuesta) no mezclan ni combinan y la luz del equipo no se enciende. Y como un partido juegan unos, en otras otros, el entendimiento (clave para que una fórmula funcione) no se consigue. Entonces, la pérdida del sentido de equipo ha cedido el protagonismo a las individualidades, y nadie, por sí solo, denota capacidad para desequilibrar. Las decisiones de Soria, un técnico exageradamente intervencionista y tacticista (el esquema está por encima de los jugadores), expresa la preocupación que se vive en el club por el comportamiento y el rendimiento del equipo. Falto de estilo, Wilstermann tampoco ha encontrado alivio en las acciones a balón parado. Ha caído en la precipitación para desespero de la hinchada, siempre impaciente, y a la dirigencia no se le ha ocurrido nada para responder a esta peligrosa cadena de resultados adversos.
En cuanto los jugadores de Oriente se colocaron y se centraron en el partido, no tuvieron demasiados problemas para neutralizar a Wilstermann e impedirle jugar en quinta velocidad. Ahí empezaron los problemas para los hombres de Soria, siempre excedidos en velocidad.
Sin centro del campo y con una defensa de circunstancias, por las improvisaciones del técnico, al conjunto rojo le costaba horrores crear juego. Era Nicolás Suárez quien en demasiadas ocasiones tenía que asumir la responsabilidad de distribuir el balón.
CAMBIOS
Como en todo el primer tiempo, Wilstermann no alcanzó el área de Oriente, la presencia de Salinas en el partido se convirtió en algo parecido a una cábala de Soria o a uno de sus desafiantes caprichos. Su equipo necesitaba más consistencia defensiva y más gente en el medio campo, donde Romero confirmó que es un caso flagrante de futbolista sobrevalorado y Cardozo manifestó su timidez. Soria prefirió sacrificar a Andrada, pobre en el carril, quitar a Romero (inexpresivo con la pelota) y agregar a Bejarano (lateral de oficio, proscrito por sus errores) y a Paz. ¿Qué se ganó con las modificaciones? Nada. Atrás, Bejarano no sufrió, pero aportó tanto o menos que Andrada en la banda. En el medio, hubo más marca y mucho menos juego, con el traslado y la distribución creativa entregada a la insuficiencia de Nicolás Suárez. El resultado fue bastante obvio: mayor imprecisión, menos profundidad y fútbol a pelotazos. Obligado a condenarse porque le quedaron lejos las dos áreas. Fue una manera de desperdiciar a uno de los pocos jugadores eficientes de los rojos.
Sin embargo, el peor Wilstermann posible estuvo metido en el encuentro más tiempo de lo que merecía. Se lo permitió Oriente, por condescendencia o porque es un equipo que raramente juega bien. Dejarse meter en el área con este Wilstermann es un mal síntoma. Los resultados dirán lo que quieran, pero es sabido que Wilstermann tiene poco fútbol y tampoco es una roca defensiva. Más bien lo contrario. Wilstermann concede oportunidades a todos los rivales, incluido al desventurado Oriente (que se benefició tanto como Universitario, Nacional, The Strongest y Real Potosí en su momento). Por sus propios defectos, Oriente mantuvo a los rojos en el encuentro. No ventiló el partido y no encontró a Peña. Tampoco ubicó a Mojica para darle contenido a las réplicas.
En medio de las concesiones que encontró (el retroceso de Oriente, la desactivación de su contragolpe y la imprecisión en el traslado), Wilstermann se hizo ilusiones que no le correspondían. De repente, a Wilstermann se le encendieron las luces. Por dos razones: porque Cardozo es el único pasador puro de los rojos y porque su conexión con Aparicio puede ser demoledora si logran asimilarse. Nadie entiende los piques de Aparicio y por eso no se lo aprovecha como es posible. El gol retrató esa conexión. Un gol de desmarque, de sprinter y de delantero implacable. Aparicio se perfila de forma diferente, señala el pase que nunca le dan, insinúa el trayecto para un toque profundo y definitivo. El pase y la definición fueron magníficos. Aparicio salió al vacío, controló la pelota y la dejó en la red con un potente disparo cruzado. Ahí se acabó el partido. Wilstermann no tenía sustancia en el campo para desarrollar algo más que el pulso de Aparicio. Su fútbol, a puro pelotazo, no alcanzaba para inquietar. Las expulsiones de Zenteno y N. Suárez acabaron con la deshilachada batalla, aún cuando Wilstermann seguía intentando espasmódicamente, a puro instinto, ciego y sin juego. Todo había terminado mucho antes con la desastrosa respuesta de Wilstermann.
Los rojos tienen mucho de qué preocuparse después de esta caída. Más allá del juego mediocre, el equipo tiene otro problema (además del menguante promedio). La desidia y desgana de algunos de sus jugadores es evidente y la obsesión tacticista del entrenador es peligrosa. En los peores momentos del encuentro, nadie del equipo, incluido el entrenador, fue capaz de pegar un grito y sacar al conjunto de la profunda hipnosis. El envite físico propuesto por la visita resultó decisivo para vislumbrar un ganador desde el primer gol.
Wilstermann: Hugo Suárez, Maximiliano Andrada (Bejarano), Edward Zenteno, Mauro Zanotti, Gerson García, Sebastián Romero (Paz), Nicolás Suárez, Jaime Cardozo (Hinojosa), Pablo Salinas, Augusto Andaveris, Eric Aparicio.
Gol: Aparicio (31’ST)
Oriente: Sebastián Britos, Wilder Zabala, Miguel Ángel Hoyos, Mariano Braun, Marvin Bejarano, Gualberto Mojica, Pedro Azogue, Alejandro Melean, Diego Rodríguez (Zanni), Ronald García y Alcides Peña (Carando).
Goles: Mojica (9’PT) y Peña (13’PT)
Árbitro: Orlando Quintana (PT)
Público: 3.825 entradas
Recaudación: Bs 53.270.-



