Balsámica victoria de Wilstermann sobre Blooming

José Vladimir Nogales
Alivio para Wilstermann. Con su victoria sobre Blooming (3-1) recuperó el aire que perdió en su calamitosa caída en el clásico. Pero, pese a lo terapéutico del resultado, no transmitió positivas sensaciones. No encuentra aún un funcionamiento que ofrezca garantías. Exhibe carencias defensivas y se muestra insuficiente en la gestión de maniobras de ataque. Es propenso a partirse por la mitad y a desparramar caóticamente sus fichas en el campo, sufriendo las consecuentes intermitencias que secan la ofensiva y acentúan las inseguridades del fondo.
No parece ser significativamente últil la contínua metamorfosis del esquema táctico, más allá de la validez o no de los alegatos subyacentes. Al contrario, tanta artificiosa versatilidad (pasar del 4-3-3 al 3-4-1-2 o emplear un 3-4-3 en determinada circunstancias) está más cerca de la confusión que de la virtud. Tanto cambio de módulo (sin que exista un dispositivo básico, pletórico de coherencia y solidez) sugiere más inseguridad que variedad de recursos, pues ningún esquema (salvo el empleando de visitante en el torneo de invierno) ha sustentado un funcionamiento equilibrado y eficiente. Y en esa brumosa incertidumbre se debate este Wilstermann de Mauricio Soria, cuyas obsesiones tacticistas parecen llevar al equipo por un rumbo errante.
Al minuto de medio de juego, Blooming encontró una insospechada ventaja por la enormes

facilidades concedidas por la flácida defensa de Wilstermann. Con Amador fuera de posición y un García en plena siesta vespertina, Oscar Díaz sacó provecho del desconcierto colectivo para dejar en posición de gol a Hugo Bargas. El disparo del atacante argentino no encontró oposición en el flojo cruce de Zanotti (poco solvente en los escalonamientos) y en la pobre respuesta del golero Robledo.
El estupor que reinaba en las gradas parecía contagiarse entre los jugadores locales, demasiado tiesos e inseguros para prosperar con la pelota. Blooming, al contrario, se sentía cómodo en el campo. Apretaba en el medio y eso -sin ser abrumador- le alcanzaba para discutir la primacía sobre la pelota. Cortaba muchas pelotas (principalmente Argüello, que presionaba sobre la flotante posición de Zárate) y disfrutaba de contragolpes que desestabilizaban a una defensa mal puesta.
A Wilstermann le costaba trabajar con el balón. Primero, porque la sacaba mal de atrás (la lentitud de Richad Rojas atoraba la salida). Segundo, porque los distribuidores (Nicolás Suárez y el propio Rojas) encontraban dificultades para ceder balones limpios a receptores lejanos y tapados (Zárate huía del eje, recostándose sobre la izquierda o metiéndose como cuña entre los puntas). Tercero, porque -con su estatismo- los potenciales destinatarios (Andaveris, De Francesco y Zárate) se entregaban a la densidad de la marca. Sin embargo, con el correr de los minutos Wilstermann fue serenándose. Abandonó la idea del pelotazo y trató de asegurar las entregas. Hubo mayor fluidez, mayor criterio constructivo y amplitud para generar espacios. Destacó la tarea de Romero en la banda izquierda, allá por donde Blooming comenzó a sangrar y a resquebrajar su presunta solidez obstructiva.
Con un Zárate más participativo en el eje, Wilstermann encontró la paridad (delicioso para una certera arremetida de Lucas de Francesco a espaldas de los centrales) y, al filo de la etapa, el gol de la ventaja (potente cabezazo de Andaveris a espaldas de un desacertado Ronald Rivero).
En la segunda mitad, Blooming buscó invertir el curso de la batalla. Quitó un atacante (Oscar Diaz) y armó un módulo más agresivo (4-2-3-1) con tres desequilibrantes volantes (Loayza, Segovia y Peña) que, en teoría, debían favorecer el manejo y mejorar la profundidad del flujo ofensivo. La idea era tener el balón, intercambiar las posiciones (para restarle referencias a una defensa rígida y mal puesta) y penetrar por los flancos, donde Wilstermann lucía absolutamente desprotegido. Aunque la fórmula demoró en cuajar (porque Peña no se sintió cómodo sobre la izquierda y Loayza no tomó pronto el pulso del partido), Blooming secuestró la pelota y asumió (no sin intermitencias) el mando del juego. Sin el balón, Wilstermann volvió a partirse por la mitad. Desapareció Romero y Zárate se descolgó del eje, acentuando la diáspora en el centro. Ni la correctiva presencia de José Carlos Paz (en lugar de Richard Rojas) rehabilitó la contención, que se revelaba desordenada y frágil. Los volantes de Blooming disponían de espacios para moverse y facilidades para filtrar balones a las orillas, por donde arremetieron Segovia (a espaldas de García) y Loayza (o el lateral Verduguez), por el descampado que debía patrullar Garzón a espaldas de Romero. Llovieron oportunidades para Blooming y, en esa proporción, floreció su vaporosa ineptitud resolutiva. Menudeó la insuficiencia de acierto ante la temblorosa (y tenebrosa) inseguridad que transmitía Robledo bajo los palos.
Wilstermann se defendía como podía. Sin marca en el centro del campo, el esquema tambaleaba. El agua entraba por todos los agujeros (que eran muchos) y salpicaba al medio. La táctica (basada en una línea de tres defensas) naufragaba clamorosamente por el dilema conceptual que planteaba la ausencia de referencias para marcar (habiendo solo un atacante, los defensas sobrantes dudaban entre mantener la posición o ir a buscar a quienes traían el balón) y la insuficiencia de personal para cubrir el ancho del campo. En el peor momento, en medio del naufragio, un contragolpe acabó con la batalla. De Francesco capturó un balón en el centro del campo e impulsó la letal incursión de Gianakis Suárez sobre el descosido costado derecho de Blooming. El meteórico despegue del atacante no fue eficazmente asistido por el oportuno desembarco de la infantería (aún acurrucada en las trincheras de retaguardia), pero recibió la inestimable colaboración de Ronald Gutiérrez que, en su voluntariosa acción de socorro a sus huestes, provocó la detonación de la bomba que había sido generosamente depositada en su campamento. El partido murió ahí, sin mayor historia.
Wilstermann: Marcelo Robledo, Daniel Garzón, Mauro Zanotti, Santos Amador, Sebastián Romero, Gerson García, Nicolás Suárez, Richard Rojas (Paz), Cristian Zárate (Cardozo), Augusto Andaveris (G. Suárez), Lucas De Francesco.
Blooming: Sergio Galarza, Víctor Hugo Melgar (Sacripanti), Ronald Rivero, David Díaz, Richard Verduguez, Francisco Argüello, Diego Valdez (Peña), Ronald Segovia, José Luis Chávez, Hugo Bargas, Óscar Díaz (Peña).

