OJO DE VIDRIO: EL SUPLICIO DE KATARI

Me apuré en comprar la reedición de la “Historia de la rebelión de Tupac Catari”, libro escrito por María Eugenia del Valle de Siles (Ed. Plural, 2011), debido a la admiración que sentí por el trabajo de esta distinguida historiadora y por un par de detalles que paso a contar.

Si la memoria no me falla, doña María Eugenia publicó en “Historia y Cultura” un artículo previo basado en el diario de Sebastián de Segurola, en el cual hay una valoración de la conducta de mis paisanos cochabambinos, que suelo contar y nadie me cree. Ocurría que al menor pretexto cargaban con lo que podían y regresaban a su tierra. Como toda fuerza armada en esos tiempos aciagos, saqueaban casas y haciendas, lo mismo de Río Abajo, donde los hacendados eran españoles, que de los Yungas, donde eran cocanis; unos afines al gobernador Intendente y otros a Katari. Así cargaban el botín en mulas y se iban.

Lo curioso es que en algún momento parlamentaron ambas fuerzas y entre otras cosas se quejaron de la conducta de mis paisanos; decidieron proseguir hostilidades ¡pero sin cochabambinos! Esto nadie me lo cree y no puedo haberlo inventado con tanto detalle.

El libro abunda en observaciones importantes fundamentadas en documentos de la época; sin embargo, la autora confiesa que no ha encontrado un relato sobre el suplicio de Tupac Katari, mucho menos del lado indígena, no obstante que consta la sentencia que lo condena a ser descuartizado por cuatro caballos, una forma de escarmiento común en la época.

No hay el relato del suplicio de Katari, pero uno puede imaginarse cómo fue leyendo en “Vigilar y castigar”, de Michel Foucault, la crónica de un caso parecido y casi contemporáneo: el francés Damiens fue condenado el 2 de marzo de 1757, a un suplicio descrito con todo detalle.

Luego de ser sometido a tortura en presencia del populacho congregado en la Plaza de la Greve, en París, ataron sus miembros a cuatro caballos que no pudieron descuartizar al condenado, a tal punto que “fue forzoso desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas. . .”

"Los caballos dieron una arremetida, tirando cada uno de un miembro en derechura, sujeto cada caballo por un oficial. Un cuarto de hora después, vuelta a empezar, y en fin, tras de varios intentos (…) se rompieron los brazos por las coyunturas.” "Después de dos o tres tentativas, el verdugo Samson y el que lo había atenaceado (es decir, torturado) sacaron cada uno un cuchillo de la bolsa y cortaron los muslos por su unión con el tronco del cuerpo. Los cuatro caballos, tirando con todas sus fuerzas, se llevaron tras ellos los muslos”.

En hombros y axilas “fue preciso cortar las carnes hasta casi el hueso; los caballos, tirando con todas sus fuerzas, se llevaron el brazo derecho primero, y el otro después.”

La crónica extractada de la Gazette d'Amsterdam dice que, según el verdugo, Damiens había muerto, pero el redactor agrega: “aunque la verdad era que yo veía al hombre agitarse, y la mandíbula inferior subir y bajar como si hablara. Uno de los oficiales dijo incluso poco después que cuando levantaron el tronco del cuerpo para arrojarlo a la hoguera, estaba aún vivo.”

El suplicio era una ceremonia de escarmiento público, a vista y regocijo del populacho, e incluía las escenas más crudas de tortura, porque a este Damiens el verdugo le arrancó carnes de pantorrillas muslos y tetillas y luego cauterizó las heridas con aceite hirviendo. En este contexto hay que entender que la invención de la guillotina fue un acto de piedad cristiana, porque cortaba sin apelaciones, a diferencia del hacha, que no conseguía matar a los ajusticiados al primer intento. ¡Era difícil morir y matar con arma blanca!

Estos detalles escabrosos no figuran en el libro de doña María Eugenia, que es un estudio delicado y enjundioso de la documentación de la época, hilvanado en un relato esclarecedor sobre el levantamiento indígena de 1781 y el cerco de Sorata y de La Paz.

Ramón Rocha Monroy

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