Fútbol cochabambino: Wilstermann se reconoció en el inframundo

José Vladimir Nogales
El infierno es distinto del que uno imagina. No hay fuego, ni amenazantes tridentes empuñados por demonios, no existe una caldera principal, ni siquiera verdugos con látigos infiriendo lacerantes castigos a las almas en pena. Lo que sucede es que el infierno no es terreno. Entonces, es diferente de lo que conocemos, de lo que imaginamos o, más concretamente, de lo que nos dijeron que es. Quizá, y sólo quizá, el que más se aproxime sea aquel de cono invertido y nueve círculos que describió Dante Alighieri, pero a ese infierno le falta un círculo, o una modesta sección, donde purgan sus pecados las almas futboleras, aquellas desterradas del paraíso por pecados ajenos.
Ahora sabemos que el infierno, o el inframundo del fútbol, es desolado, que está lleno de silencio y abandono. Quizá, más que el prometido fuego eterno y las sádicas laceraciones, mayor castigo sea quedar solo, someterse al olvido, volver a la nada. Es posible que el peso de los recuerdos idos, de las remembranzas nostálgicas, constituya una forma de sufrimiento. Puede ser, también, que el mayor tormento sea percibir el vacío que dejó el destierro, dejar de disfrutar las comodidades de la otra vida para someterse a las privaciones del encierro actual.
Este domingo, Wilstermann tomó contacto con su nueva realidad, distraída por la Copa Libertadores y por cierta inconsciencia evasiva para asumirla. El infierno de la segunda división, libre de los eternos fuegos con los que secularmente amenazó la Biblia, se materializó en la soledad de un estadio vacío. El Capriles, escenario de grandes gestas, se mostró esquelético, puro hueso. Cuánta razón tenía el escritor uruguayo Mario Benedetti cuando decía que un estadio vacío es "el esqueleto de una multitud". El Capriles fue la osamenta de una afición dolida que, por largos 18 meses, debe vivir atormentada y que, con su militante abandono, enfatizará una de las definiciones que, de entre las muchas ofrecidas por los institutos religiosos, más se acomoda a este presente: "el infierno es aquel lugar donde se sufre mientras se permanece en él". Y es que, como quedó dicho, el infierno no es un escenario terreno, con una tenebrosa parafernalia de satanismo y muerte. El infierno es padecimiento puro, dolor, angustia, soledad, abandono, vacío. Lo único bueno de este tipo de infierno, o de la sección que Dante olvidó -o no vio, si fuera el caso- en su descripción, es que existe una puerta de salida, una vía de redención. Es lógico que cueste hallarla, pero existe. Y eso hace más liviano el sufrimiento.
Ahora sabemos que el infierno, o el inframundo del fútbol, es desolado, que está lleno de silencio y abandono. Quizá, más que el prometido fuego eterno y las sádicas laceraciones, mayor castigo sea quedar solo, someterse al olvido, volver a la nada. Es posible que el peso de los recuerdos idos, de las remembranzas nostálgicas, constituya una forma de sufrimiento. Puede ser, también, que el mayor tormento sea percibir el vacío que dejó el destierro, dejar de disfrutar las comodidades de la otra vida para someterse a las privaciones del encierro actual.
Este domingo, Wilstermann tomó contacto con su nueva realidad, distraída por la Copa Libertadores y por cierta inconsciencia evasiva para asumirla. El infierno de la segunda división, libre de los eternos fuegos con los que secularmente amenazó la Biblia, se materializó en la soledad de un estadio vacío. El Capriles, escenario de grandes gestas, se mostró esquelético, puro hueso. Cuánta razón tenía el escritor uruguayo Mario Benedetti cuando decía que un estadio vacío es "el esqueleto de una multitud". El Capriles fue la osamenta de una afición dolida que, por largos 18 meses, debe vivir atormentada y que, con su militante abandono, enfatizará una de las definiciones que, de entre las muchas ofrecidas por los institutos religiosos, más se acomoda a este presente: "el infierno es aquel lugar donde se sufre mientras se permanece en él". Y es que, como quedó dicho, el infierno no es un escenario terreno, con una tenebrosa parafernalia de satanismo y muerte. El infierno es padecimiento puro, dolor, angustia, soledad, abandono, vacío. Lo único bueno de este tipo de infierno, o de la sección que Dante olvidó -o no vio, si fuera el caso- en su descripción, es que existe una puerta de salida, una vía de redención. Es lógico que cueste hallarla, pero existe. Y eso hace más liviano el sufrimiento.
Un primer paso en esa búsqueda se dio este domingo con el nítido triunfo de un reforzado Wilstermann (respecto del debut con derrota en Cliza) sobre un inexpresivo Universitario (3-0). Para la ocasión, el cuadro rojo contó con los jugadores que, hasta el martes último, habían participado en la Copa Libertadores y con cuyo aporte el equipo primigenio tuvo un salto cualitativo.
Fue amplia la diferencia futbolística que expuso Wilstermann en el campo y que, por impericias en la definición, no trasladó al marcador. La defensa, con la inclusión de Mauro Machado (la gran figura en la Copa Libertadores) en el pórtico, Marcelo Carballo y Diego Bengolea, exhibió una granítica solidez, quizá en parte por la inocuidad e inocencia del adversario que, carente de juego y consecuente anemia, casi nunca llegó armado a posición de gol.
En mitad de campo, Christian Machado y Víctor Hugo Melgar (cuya inexperiencia e inmadurez les pasó factura en la Copa) tomaron control del trámite, gravitando tanto en la recuperación, distribución y organización de las jugadas como volantes centrales de un dispositivo 4-4-2.
Es cierto que en muchos partidos de nuestro medio, y particularmente de esta categoría, las imprecisiones en la última línea no suelen ser aprovechadas por los delanteros para generar peligro. En este caso, Wilstermann dispuso de no menos de diez claras situaciones de gol y si bien pudo concretar tres, mostró una clara actitud ofensiva. Universitario salió a jugar con un sistema análogo, pero con énfasis en la marca, escasa vocación asociativa y precario volumen de juego. Pese a las precauciones, Wilstermann llegaba a con enorme facilidad porque el medio campo manejaba bien la pelota. Salía con claridad clara desde Christian Machado, se trasladaba con solvencia cuando la capturaba Melgar y tenía un toque purificador cuando llegaba por las bandas.
Precisamente la cantidad de situaciones despilfarradas dejó ver una deficiencia en Wilstermann: define muy poco de lo que genera. No será alarmante mientras gane, pero llegará un día que dispondrá de una menor cantidad de situaciones para concretar y, con un índice tan bajo, podría no alcanzarle para redondear un solitario gol. ¿Cuáles son las deficiencias? Tres esencialmente: a) Agilidad en las ejecuciones. Los volantes exteriores demostraron mucho desborde pero excesiva adicción por las jugadas marginales. Se exceden en movimientos extras, esos que dilatan sin necesidad las maniobras y terminan anulándolas. b) Falta potencia ofensiva. Los atacantes no son dominantes, no se bastan solos para definir o encarar a una defensa afilada. Sucumben ante la fricción, además de no encontrar el lugar para definir. c) El equipo necesita de una mayor repertorio de movimientos y variantes para dotarse de volumen de juego. Controla el balón, lo maneja, pero no es lo suficientemente profundo ni resolutivo como para cristalizar ese dominio en la red. En síntesis, falta mayor profundidad y poder de fuego. Evidente es, en ese sentido, que los tres goles llegaran de pelota parada: Melgar anotó el primero al impactar un centro bajo a la salida de un córner. Garzón y Erick Rojas, con sendos cabezazos, estructuraron la goleada, haciendo alarde de juego aéreo, pero desacreditando las capacidades atacantes de la infantería.

