Los secretos de la naturaleza y el planeta

JOSÉ MUJICA
Nos ha tocado vivir un tiempo de aprendices de brujo. Hemos puesto en marcha una civilización que ha logrado incesantemente mejorar la vida de muchísima gente, pero tal vez apresuradamente. No podíamos medir las consecuencias de tantas cosas que estábamos haciendo en el planeta. Esta nave con la cual andamos por el universo tiene sus propias complejidades y ahora estamos aprendiendo, con dolor, que tenemos que modificar muchos aspectos de nuestro comportamiento para que la Tierra se mantenga sostenible.

No somos tan poderosos ni tan sapientes como a veces lo creemos. En verdad, los juegos profundos de interrelación de la naturaleza y de las actividades humanas entrañan una hondura de misterios. En este sentido, tenemos que agradecer en primer término a los científicos que han dedicado su vida a indagar los secretos de la naturaleza. Esta es una dedicación que solo puede explicarse por una pasión por la causa humana.
Hoy en día, nadie puede desentenderse de los desafíos de convivir y de hacer sostenible el medio ambiente. Todos somos corresponsables.

Sin embargo, y paradójicamente, existe una responsabilidad mucho más grande por parte de aquellos que primeramente accedieron a los dones de la civilización moderna y contemporánea. Pero esta no es una causa nacional, es una causa universal. Nadie está exento. Ningún país, por poderoso que sea, puede asegurar la continuidad de lo que está en juego.

Por eso los acuerdos de carácter mundial son cada vez más necesarios. Estos acuerdos deben poder contar con la fidelidad de su cumplimiento por parte de todos los integrantes de la comunidad mundial, con sostenibilidad de recursos, con una preocupación latente pero organizada, y, especialmente, con un trabajo concertado de los hombres y mujeres de ciencia para poder hacer frente a desafíos como el de una gran ampliación del extensionismo agrícola.

Hoy sabemos muchas cosas que deberíamos hacer, pero que no sabemos aplicar en masa. Por ello, educar y formar gente es decisivo.
Necesitamos investigar mucho más y necesitamos elaborar un tipo de conocimiento que sea propiedad de la humanidad y que esté al servicio deliberado de toda la humanidad, es decir, que sea accesible a todos los pueblos.

En esta parte de América tenemos desafíos que bien valdría la pena investigar con profundidad. Por ejemplo, nos hace falta saber enormemente más sobre el ciclo del fósforo; no solo nos envenenamos con mercurio, tenemos también graves problemas de plombemia y contaminantes tóxicos. Y esto sucede en esta región del mundo donde se halla una de las grandes reservas agrícolas en materia de alimentos de la humanidad y donde tendremos que duplicar la productividad para responder a la creciente demanda mundial de alimentos. Sin embargo, la forma de fertilización que aplicamos es impropia en relación con el respeto del medio ambiente. Y no sabemos dominar todavía vastísimos fenómenos de nutrición vegetal.

En este momento, el Uruguay tiene en el horizonte la angustia de lo que pase o no pase en el lejano Océano Pacífico. Un fenómeno como el del llamado El Niño puede repercutir en este país con una eventual sequía y esto sucede cada vez con más frecuencia.
Necesitamos que la ingeniería genética nos permita desarrollar vegetales mucho más fuertes para resistir la sequía. Pero todavía no tenemos la capacidad de hacerlo. A las grandes gramíneas, les tenemos que trasladar la resistencia que tiene el sorgo, pero tampoco sabemos hacerlo. Estas respuestas nos las tiene que proporcionar una investigación al servicio de la humanidad y no se trata de un sueño, pues es perfectamente posible.

El extensionismo agrícola es por un lado fundamental, pero no es suficiente.
Hay que incorporar intensivamente la investigación no solo con un sentido de actualidad, sino también para prever lo que va a venir. Para esto necesitamos de la ciencia. Todos estos esfuerzos tienen que ver con sustentar el medio ambiente para que el hombre pueda mantener y mejorar su vida, siempre con conciencia social, por lo menos en este continente, que es uno de los más ricos del planeta en recursos naturales.

Pero es también el más injusto en la Tierra porque distribuye mal los frutos de su riqueza. Y la vida nos ha enseñado que cuando hay penuria, los sectores más débiles de la sociedad son los que terminan pagando.
José Mújica es presidente de Uruguay.

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