lunes, 7 de agosto de 2017

Ídolos de quita y pon en el Camp Nou

A excepción de Messi, los grandes jugadores extranjeros que pasaron por el Barcelona se fueron como Neymar, antes de tiempo y de mala manera

Jordi Quixano
Barcelona, El País
Messi es la excepción que confirma la regla porque casi todos los grandes jugadores extranjeros que han pasado por el Barcelona han salido por la puerta de atrás o peor. Caso de Neymar, que a cada ocasión que intenta explicar por qué se ha ido al PSG, se enreda más. Su adiós ejemplifica la dificultad histórica del Camp Nou para retener a sus estrellas. Estas son las más significativas.


Cruyff. Un retiro precipitado. Su llegada, en 1973, fue de chiripa porque el club pretendía a Müller, estrella del momento que no cuajó porque para Alemania Occidental era una cuestión de Estado. Fue el mejor golpe de suerte para el Barcelona, que años después lo contrató como técnico para mantener hoy en día su filosofía como libro de cabecera. Y ese adiós sí fue una despedida traumática.

Como futbolista no fue tan trascendental, por más que escribiera su nombre en oro en el 0-5 sobre el Madrid durante su primer año. Acusado de borrarse en los partidos exigentes, de languidecer en su fútbol, Cruyff no renegó de su papel como capitán porque consiguió que echaran y readmitieran a Michels; que influyó en el fichaje de Neeskens; y también en el despido del técnico Weisweiler. Tensiones que trasladó a la directiva y que no arregló Núñez al ganar las elecciones de 1978 porque decidió no pagar sus deudas —al contrario que al resto de la plantilla— en la declaración de impuestos retroactiva que se impuso por ley porque estaba a punto de irse. Eso, su voluntad de retirarse a los 31 y los problemas económicos por malas inversiones empresariales (como en una granja de cerdos), le hicieron dar un paso al lado. Hasta que su asesor y suegro, le dijo: “Quítate de la cabeza los negocios y haz lo que sabes”. Pero ya no lo hizo en el Barça, al menos con las botas puestas.

Maradona. Adiós por las malas. “Muy a pesar mío, Maradona se va”. Así anunció Núñez el traspaso del 10 en 1984. “En la reunión del pasado viernes no llegamos a las manos porque somos razonables. Y sí, es cierto, me voy sin despedirme de Núñez porque él no tuvo ningún respeto hacia mi persona. Un día antes de cerrarse el traspaso, fui a verle a su despacho y no quiso recibirme”, respondió Maradona.

Atrás quedaban los días de vino y rosas, cuando Núñez lo recibió en su casa para que firmara el contrato y le dijo: “Estoy encantado de tenerte aquí, te quiero mucho”. También quedaban en el olvido algunas actuaciones estelares del Pelusa, aunque tampoco fue el jugador que brilló en el Nápoles. Pero sí se le recriminaba desde el club la tangana de la final de la Copa del 84, cuando agredió a Sola y fue sancionado por tres meses. El castigo, los enredos con la directiva y problemas económicos por culpa de la mala gestión de su apoderado Jorge Czysterpiller, propiciaron su adiós. “Faltó un esfuerzo económico, pero también de mentalidad porque la vida de Maradona empezaba a ser un poco desordenada. La directiva no se vio capaz de reconducirla porque él veía muy lejanos a los directivos por su carácter, y ahí se acabó la historia en el Barça”, recuerda su compañero Víctor Muñoz. Al principio se negó Núñez, pero cuando vio la validez de los avales presentados por el Nápoles (8,3 millones), aceptó el adiós del jugador más querido.

Schuster y el puente aéreo. Núñez trató de resolver el enfrentamiento entre el técnico Udo Lattek y Schuster —que llegó a acusarle de beber demasiado— con un abrazo. Días más tarde, Schuster, que decidía en algunas ocasiones cuándo entrenarse y cuándo no, que también alegaba lesiones sospechosas y que en una ocasión le costó que le apartaran del equipo, explotó: “No entiendo la postura de Lattek porque estaba para jugar. No quiero más abrazos, el problema es con el entrenador y no podemos arreglarlo”. Más tarde, evidenció que esa no era la única realidad. “Para los directivos, hemos pasado de ser las estrellas a ser un trozo de basura que se puede tirar cuando se quiera”.

El presidente le respondió: “El día que entre a matar habrá sangre y algunos llorarán. Me temo que esto sea un nuevo caso Maradona”. Entre otras cosas porque sabía que Schuster se había decantado por el Madrid, y así lo hizo en el 88, cuando acabó su contrato con el club.

Romario. Más samba que fútbol. Nada más llegar, maravilló en su estreno oficial, con un hat-trick frente a la Real. Prometió 30 goles y cumplió, pero tras el Mundial del 94 se cansó del fútbol porque entendió que ya no podía hacer nada más. El aviso llegó en pretemporada, cuando aterrizó tres semanas tarde. “En estos momentos, para mí no existe”, entonó Cruyff. “He cometido un error muy grave y pido perdón. En ningún momento he querido ofender a la afición del Barça y pagaré por ello”, respondió a su llegada Romario, que tampoco escondió su voluntad de irse, comprometido con la situación desfavorable de Brasil y saciada su sed de éxito. “Mi transferencia cuesta 7,8 millones y no hay ningún club en Brasil que pueda pagarlos”.

Hasta que en navidades, el Flamengo buscó patrocinadores —cerveza Brahma, el centro comercial Barra Shopping, el banco Real de Brasil y Umbro— e hizo posible un traspaso que el Camp Nou se negó a creer. “Es por motivos personales, es el momento de volver a mi país con mi familia”, resolvió.

Figo. Fichaje presidencial. Pocos fueron tan queridos como Figo, que desequilibraba a cada ocasión que encaraba y que prometió amor eterno al Barça... Hasta que llegó el Madrid y su dinero. Eran las elecciones presidenciales y Florentino Pérez logró sacar un acuerdo al agente del futbolista, José Veiga, en el que se comprometían a pagar 30 millones de euros el que rompiera el acuerdo de traspaso en el caso de que el primero ganara la presidencia.

Figo explicó años más tarde el motivo: “Fue por una cuestión de prestigio y porque Núñez no creyó en mi palabra”. Se refería a que en ese verano de 2000, le presentó otra oferta y el presidente la obvió porque pensaba que quería más dinero. Así que, entre enfadado y nublado por el dinero del Madrid, se marchó ante la incredulidad generalizada. Fue la salida que más dañó a la hinchada, que hasta le tiró una cabeza de cerdo en su primera visita al Camp Nou con la camiseta blanca.
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