miércoles, 21 de junio de 2017

Boca, ese equipo que juega mal hasta cuando sale campeón

Marcelo Guerrero
Clarín
El próximo miércoles se cumplirán diez meses del inicio de este torneo, el más largo del período profesional. Boca tomó el liderazgo en la fecha 13, después de su victoria 4-2 en el Monumental. Completará casi 200 días en el primer puesto. Concluirá seguramente como el equipo más goleador, su N° 9 será el Pichichi y si mantiene la tendencia de las últimas cuatro jornadas, en las cuales le anotaron (de penal) un gol, tal vez sea el de valla menos vencida. ¿La mejor defensa del campeonato? Eso dicen los números. En los zócalos de los programas de TV se lee otra cosa. En muchas ocasiones, al margen de algún desliz ortográfico, esos textos parecen producto de la imaginación de un talentoso guionista.


Guillermo Barros Schelotto sabe de qué se trata la diferencia entre ficción y realidad. El 7 de mayo de 2003 leyó en la tapa de un diario que Carlos Bianchi pensaba sacarlo. Era otro síntoma -se explicaba en páginas interiores- de la crisis que azotaba al equipo. Nueve días después, en esa misma publicación y en casi todas, se veía al delantero gritar los tres goles que le había hecho a Paysandú en la vuelta por octavos de la Libertadores. “Si está bien, sin lesiones, yo pongo siempre a Guillermo. Más en un partido de Copa”, confiaba Bianchi. La supuesta situación límite se disipó en junio, con vuelta olímpica en el Morumbí.

Casi una década y media después, ya en funciones de técnico, el Mellizo habrá asimilado que los escándalos de Boca dejaron de ser semanales: ahora son cotidianos. Y no se relacionan ya sólo con cuestiones futbolísticas: cualquier comportamiento inapropiado fuera de la cancha se llevará a los paneles de debate como una muestra irrefutable de la falta de conducción, de la escasez de liderazgos consistentes. Así, las denuncias contra Ricardo Centurión podrían estar vinculadas a la permisividad del vestuario xeneize. Incluso más: se le cuestiona al entrenador que le respete la titularidad, como si sus potestades fueran legislativas y judiciales.

Centurión fue una de las herramientas ofensivas que usó Boca para abrir defensas cerradas. También sirvió como custodio de la pelota cuando el equipo se hallaba en ventaja y quería que el partido acabase. En las cuatro oportunidades que Boca no ganó en la Bombonera, el actual jugador del San Pablo estuvo ausente: con Central lo expulsaron, ante Talleres y Patronato faltó, contra River se lesionó. Quizás eso ayude a entender la insistencia del entrenador por incluirlo y su deseo de contarlo para la próxima temporada.

“¿No se compra un lío Boca si renueva con Centurión?”, planteará algún conductor antes de repetir 11 veces la pregunta. Cualquier hincha más o menos informado sabe que las vergüenzas y los papelones de Boca no requieren del involucramiento de algún profesional del club en hechos penosos. Repasemos, si no, el trato de las declaraciones de Tevez contra Riquelme. “Revive el cabaret de Boca”, se entusiasmó el portadista de un matutino, 24 horas antes de que Boca goleara en Mar del Plata y avisara a los cuatro vientos que el campeonato tenía dueño. Tevez y Riquelme son ídolos, figuras influyentes en los últimos 20 años de Boca. Entre ambos metieron 155 goles, apenas 81 menos que Martín Palermo. Y entre los dos suman 500 y pico de presencias con la camiseta azul y oro, casi 100 más que Roberto Mouzo.

Si alguno imaginó que la confrontación mediática entre dos símbolos de Boca podía afectar la marcha del cuestionado puntero, se equivocó. Le pifió tan feo como esos comentaristas obsesionados en investigar crisis de un lado y describir paraísos del otro.
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