miércoles, 12 de julio de 2017

Los habitantes de Mosul recuperan su ciudad tras la expulsión del ISIS

A pesar de las cicatrices de la guerra, la actividad vuelve a las calles de la orilla oriental liberada en enero

Ángeles Espinosa
Mosul, El País
“Es nuestra ciudad”, responden un grupo de universitarios para explicar por qué se quedaron en Mosul después de la llegada del Estado Islámico (ISIS) en junio de 2014. La misma respuesta da un pequeño empresario que, tras escapar con su familia a Erbil, ha regresado para empezar desde cero a pesar de haber perdido el trabajo de 25 años. El este de Mosul, la parte de la urbe que se extiende por la orilla oriental del Tigris, empieza a recuperar el pulso en medio de las cicatrices dejadas por la guerra para desalojar a los yihadistas.


La entrada en Mosul por el Este no impresiona tanto como cuando se llega desde el Sur, por la carretera del aeropuerto. Aunque también hay numerosos edificios destruidos, empieza a notarse el esfuerzo por retirar los escombros y los vehículos calcinados. En la avenida en la que se transforma la carretera que llega desde Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, incluso hay varias brigadas de barrenderos adecentando las aceras y la mediana luce una ristra de pimpollos.

“Es obra de una organización de caridad”, señala un lugareño. El coste del esfuerzo bélico para derrotar al ISIS ha vaciado las arcas del Estado que ahora afronta un difícil reto para ganarse la confianza de una población traumatizada por la guerra, los excesos del ISIS y el olvido previo del Gobierno central.

En cualquier caso, la mayoría de los mosuleños no ha esperado para reanudar su vida y tratar de recuperar la normalidad. Seis meses después de que el Ejército liberara la parte oriental de la ciudad, numerosos comercios han reabierto, la gente sale de nuevo a la calle y, sobre todo, ha vuelto el tráfico infernal que caracteriza a las urbes iraquíes desde el derribo de Saddam Husein en 2003. Mosul, el este de Mosul, es un gran atasco.

A medida que se avanza a golpe de claxon en dirección al Tigris, los talleres y tiendas de depósitos de agua, un armatoste imprescindible en un país donde el abastecimiento no está asegurado, dejan paso a pequeños mercados de ropa y alimentos. En el zoco de Nabi Yunus, muy cerca de la destruida tumba del profeta Jonás que da nombre al barrio, las patatas a 650 dinares y los tomates a 1.100 (0,48 € y 0,81 €, respectivamente) son un chollo en comparación con los precios que esos productos básicos alcanzaron durante el malhadado califato. Aun así, no todos pueden pagarlos.
Los habitantes de Mosul recuperan su ciudad tras la expulsión del ISIS

A las 12.20, la llamada a la oración de mediodía deja impasibles a los viandantes. Nadie sale corriendo hacia la mezquita como era de obligación bajo la férula del ISIS. En un cafetín cercano, unos hombres fuman sus pipas de agua sin inmutarse por los 44 ºC que marca el termómetro. Pero la apariencia de normalidad es engañosa.

Al llegar a la calle Suez, el derrumbe de uno de los pocos edificios de más de tres pisos devuelve a la realidad. Enfrente, unos relucientes coches nuevos de la policía local impiden el paso hacia la orilla del río porque “todavía es una zona de operaciones”. Pero quienes patrullan las calles son soldados y miembros de la policía federal, pertrechados con chalecos antibalas. Por encima de las barricadas de tierra, se intuye la ausencia del puente de Al Yumhuriya (La República), uno de los cinco que unían ambas márgenes y cuya voladura al principio de la ofensiva dejo la ciudad amputada. Nadie sabe si las detonaciones que se oyen del otro lado son aún fruto de los combates o de la limpieza de trampas explosivas.

Privada del acceso al río, me dirijo hacia la colina de Nínive con la vana esperanza de otear las ruinas, o lo que queda de ellas tras el paso de los vándalos. Una valla que rodea el perímetro impide el paso. También está tapiado el acceso al Museo, cuyos cristales rotos atestiguan el intento del ISIS de borrar la historia, de Irak y de la civilización.

Justo enfrente encuentro un motivo de esperanza. "CAFE VALENCIA" anuncian unas letras rojas sobre una fachada recién pintada. Dentro del local, se afanan Nisar Ahmed Abed, uno de sus empleados y un pinche. “Es todo lo que me queda”, me cuenta el hombre que hasta la llegada del ISIS era dueño de Al Rayan, el mayor estudio fotográfico y de reprografía de Mosul, y dos sucursales en la orilla Oeste. La buena localización del negocio atrajo a los yihadistas que se lo apropiaron al poco de tomar la ciudad hace tres años. Como decenas de miles de vecinos, Abed y su familia huyeron a Erbil. Hasta el pasado enero, cuando tras la liberación, emprendió el camino de regreso dispuesto a empezar de nuevo a sus 54 años.

“No me esperaba esto. El trabajo de 25 años destruido”, recuerda mientras muestra las huellas del fuego que prendieron los barbudos en su huida el pasado diciembre, en la trastienda y el piso superior. De momento, sólo ha podido arreglar la zona de atención al público. Es con todo una apuesta de futuro. “Es nuestra ciudad, no podemos dejarla”, justifica. No obstante, va a diversificar “porque la economía no termina de despegar”. Junto a la tienda de fotografía, más pequeña, la cafetería. ¿Ha estado en Valencia? “No, pero he visto por televisión que es una ciudad bonita”, dice, como desearía que fuera Mosul.

Un poco más al norte, frente a la Universidad muchos de cuyos edificios aún permanecen derruidos, un grupo de estudiantes se agolpa en un puesto de zumos. Son días de exámenes, pero están exultantes de haber reanudado el curso. “Hemos perdido tres años”, coinciden quitándose la palabra para contar que la vida bajo el ISIS era un infierno. “Sólo había muerte”, dice Mohamed, de 22 años, que estudia Económicas. “Claro que no nos gustaba”, añade Abdalá, 24 y que cursa Pedagogía. ¿Y por qué os quedasteis? “Es nuestra ciudad”, responden al unísono antes de defender que la del ISIS no es una ideología propia de Mosul sino venida de fuera.

Entonces un espontáneo se une a la conversación y culpa a Europa y a Estados Unidos. “Los aviones americanos incluso les echaban comida”, señala ante mi expresión de incredulidad. ¿De verdad cree eso? “No tengo aquí mi teléfono para enseñarle los vídeos…”, insiste vehemente. Dara, mi acompañante, considera que es tiempo de irse. Responsabilizar al extranjero en general tal vez sea un recurso psicológico para superar el trauma de lo vivido, pero una deformación tan descabellada de los hechos puede ser un signo de otras simpatías. Como me dirá más tarde un militar kurdo, “la derrota del ISIS en Mosul, no significa el final de su ideología”.
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