lunes, 3 de julio de 2017

‘Keko’ busca su quinto milagro

Iniciamos una serie para promover la adopción con historias de animales de distintas asociaciones que pueden ser acogidos

Berta Ferrero
El País
Keko ha tenido muy mala suerte en sus tres años de vida. Ahora busca familia para dejar atrás todo lo que ha vivido. No habla, como es normal, así que no puede contar todo lo que ha pasado. Pero sus cicatrices son un libro abierto, no hacen falta palabras, solo hay que mirarlas, tocarlas e incluso acariciarlas para saber que tiene un pasado duro, lleno de golpes, desprecios y algún que otro mordisco. Poco más se sabe de su pasado, salvo que es un mestizo de pitbull y perro de caza. Seguramente perteneció a un cazador y nació en una rehala. Y, esto sí que se intuye, tuvo problemas de socialización, lo que significa que no tuvo mucho contacto con humanos, al menos contacto del bueno. No sabe cazar, ni intención de aprender. Tampoco sabe pelear, ni ganas que tiene. Quizá eso le llevó donde le llevó. Porque Keko, sin comerlo ni beberlo, y pese a su aspecto de perro duro y fuerte, a los dos años de vida, es decir, en plena adolescencia, se convirtió en un perro inservible, de usar y tirar. Y tirado acabó en la perrera de Huelva, esperando una inyección letal. Keko es uno de los 90.000 perros abandonados al año en España-


La inyección no llegó gracias a la protectora Valverde Animal, de Huelva, que se le apareció en forma de milagro. Isla, su presidenta, sabe que los perros como Keko tienen todas las papeletas para ser sacrificados, ya que el estigma que sufren los Perros Potencialmente Peligrosos (PPP) es un lastre importante para conseguir una adopción. Así que lo sacó de allí antes de que fuera demasiado tarde y se puso a tratarle. Porque es cierto que Keko no sabía ni cazar ni pelear, pero estaba claro que había recibido palos y que había pasado hambre. Había trabajo por delante.

Una luz apareció de repente en su horizonte. Su segundo milagro. Una adopción en Italia: un chico muy especial que quería hacerse cargo de él, de cuidarle, de tratarle y lo más importante, de mimarle. Parecía imposible que su estrella hubiera cambiado tan pronto. Así que Isla lo mandó a Madrid, donde le esperaban varios colaboradores de la protectora, además de su entrenador personal, para recibirle y llevarle al veterinario. Era una puesta a punto, lo normal en estos casos, para que Keko volara a Italia con su cartilla en orden, sano y salvo. Pero no todo iba a ser tan fácil para él. Los análisis revelaron que en la perrera había cogido moquillo y que debía empezar a tratarse inmediatamente.

Con la enfermedad, su posible adoptante se esfumó. No porque no le quisiera, sino porque se decantó por otro perro que también lo necesitaba y estaba en condiciones de volar. Así que Keko volvió a quedarse en el limbo de los perros sin hogar mientras luchaba contra el moquillo para sobrevivir. Le costó lo suyo, en concreto estuvo unos tres meses a base de medicamentos, pero salió adelante. Y acabó siendo acogido en casa de Miri, una colaboradora de Valverde Animal que vive a 40 kilómetros de Madrid. Su tercer milagro. Aquello fue una especie de flechazo. Había algo en la mirada de Keko que pedía a gritos una oportunidad. Y ella decidió dársela a pesar de tener que sacarse la licencia para PPP y de convivir ya en casa con una pequeña manada que no sabía cómo iba a reaccionar.

Natacha, una bóxer de 11 años, le recibió en pie de guerra. Le dejó bien claro desde el principio quién mandaba en esa casa. Y Keko acabó con un importante agujero en una de sus almohadillas e ingresado otra vez en el veterinario. Pero lo más importante de todo esto es que él ni se inmutó. Se dejó. Recibió. Ni se defendió. Es importante ese detalle porque si Natacha hubiera intentado hacer lo mismo con Casia, una yorksire de 13 años que también vive con Miri, la respuesta hubiera sido inmediata, aunque evidentemente las consecuencias de su mordisco hubieran sido insignificantes. Keko agachó las orejas y se rindió. Aún así, conforme pasaban los días, Miri detectó algo raro en el carácter de Keko, como si tuviera delante a un cascarrabias prematuro. A veces se escondía cuando había jaleo en casa y no soportaba los gritos y los movimientos bruscos. Se volvía arisco. Y algo así en un perro con la envergadura de Keko como mínimo te pone en alerta. Un día, de repente, dejó de caminar. Empezó a arrastrar las patas traseras y, de nuevo, volvió a ingresar en el veterinario. Las pruebas revelaron que los palos que había recibido tiempo atrás fueron tan fuertes que le habían dañado dos vértebras. A pesar de los fuertes dolores había seguido adelante casi sin inmutarse, pero en ese momento su cuerpo se había plantado y estaba sufriendo las consecuencias. Otra vez a empezar.

Keko se ha convertido en el perro de los milagros, porque aquí llega el cuarto. Tras una rehabilitación intensa, Keko volvió a andar, dejó atrás los dolores, enamoró a Natacha, a Casia, a Aba -la gata de la casa- y se transformó completamente. Lejos quedó el cascarrabias y, ya sin dolores, floreció su verdadero yo, su auténtica personalidad.

“Es el perro más dulce del mundo. Mimoso, faldero, protege a su manada, a los perros, a los gatos, a los humanos… De vez en cuando te golpea con el morro pidiendo caricias y enseguida se pone panza arriba. Ha pasado mucha hambre en su vida, muchísima, pero es capaz de dejar un solomillo humeante recién hecho si llegas tu y te pones a acariciarlo. Lo deja todo. Te mira y se le para el tiempo. Da su vida por una caricia”.

Esas son las palabras de Miri, su casa de acogida, con quien lleva ya casi un año. Dice que Keko es tan especial que le costará soltarlo, dejarlo marchar, aunque sabe que debe hacerlo para recibir a otros. Keko, debido a su raza, parece que tiene un caparazón de acero, pero solo hay que mirarle a los ojos para ver que está relleno de algodón de azúcar con extra de dulce. Le encanta el campo, la tranquilidad, jugar con otros perros, adorar a los gatos, y ponerse panza arriba.

Y sobre todo, busca familia.

¿Alguien se anima a ser su quinto milagro?
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