jueves, 6 de julio de 2017

Europa y EE UU libran una guerra comercial de baja intensidad en el G20

Los líderes encaran una reunión marcada por el cara a cara entre las posiciones proteccionistas de Washington y librecambistas del Viejo continente

Claudi Pérez
Ana Carbajosa
Bruselas / Hamburgo, El País
Guerra de guerrillas entre librecambistas y proteccionistas, entre el multilateralismo de Europa y una nueva —e inclasificable— forma de hacer política en Washington. La UE y EE UU librarán hoy en Hamburgo, con el G20 como escenario, una guerra comercial de baja intensidad. Europa y Alemania llegan a la cita tras cortejar a Japón y China; Donald Trump inicia su segunda gira europea con un acercamiento al Este y una retórica cada vez más beligerante contra la globalización.


Trump cerró su primera gira europea hace unas semanas con el anuncio de su retirada del acuerdo sobre medio ambiente de París. Y en su segunda visita tiene en su peculiar diana la globalización: la sombra de algo parecido a una guerra comercial planea sobre Hamburgo. El presidente norteamericano aterrizó ayer en Europa con la misión de redefinir la posición comercial de EE UU en el mundo, y de paso con deseos de cuestionar los consensos que rigen desde hace décadas en el tablero geoeconómico. Los países que se han dado cita hoy y mañana en el G20 representan tres cuartas partes del comercio mundial y temen la deriva proteccionista del nuevo inquilino de la Casa Blanca ante la inminente aplicación de una ley que data de la Guerra Fría para poner trabas al comercio del acero.

Las crisis suelen aparecer de repente, sin previo aviso. Pero en este caso no es así. El nuevo inquilino de la Casa Blanca venía avanzando sus posiciones desde la campaña electoral estadounidense, y no ha hecho más que aplicar su programa. Europa reacciona tratando de ocupar el espacio que deja Trump: la canciller alemana, Angela Merkel, estrechó el miércoles lazos con el presidente chino Xi Jinping, y la UE lanzó un mensaje político de primer nivel con la firma de un principio de acuerdo comercial con Japón, histórico socio de EE UU y prácticamente un protectorado norteamericano durante décadas. Europa coquetea con Canadá, México, el Mercosur y ahora con China y Japón. “Algunos dicen que vuelven el aislacionismo y la desintegración, pero estamos demostrando que no es así, que el mundo no tiene necesidad de volver 100 años atrás”, apuntaron al alimón el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, y el jefe de la Comisión, Jean-Claude Juncker.

Washington contraatacó donde más duele. Trump eligió Varsovia para reunirse con los líderes de 11 países del Este y les ofreció protección, apoyo y lo que haga falta. “Si alguno de vosotros necesita energía, no tiene más que llamarnos”, dijo en alusión a los problemas con el gas ruso. EE UU ha firmado ya acuerdos con Polonia para suministrarle gas licuado.

Trump ataca por tierra, mar y aire. Con ese gesto, trata de meter una cuña en las relaciones Este y Oeste en una etapa de gran tirantez, tanto por la relación con Rusia como por el ramalazo populista en algunos países y por los problemas que han surgido con Bruselas tras la crisis migratoria. Y en lo comercial, está decidido a imponer medidas drásticas contra los países que, a su juicio, cometan competencia desleal.

Washington acusa directamente a China (en particular a la industria siderúrgica), y veladamente a Alemania, de dumping: los abultados superávits comerciales de ambos países se han convertido en la nueva bestia negra del presidente tuitero. Trump ya desconectó a su país del Acuerdo Transpacífico y reclama la renegociación del pacto con Canadá y México: el proteccionismo es ya algo más que una tentación en la Casa Blanca. Alemania, por su parte, aparece como campeona mundial del libre comercio, con la UE de su lado.

Pero Washington ha denunciado que Berlín maniobra para engordar aún más el que ya es el mayor superávit comercial del mundo, con un déficit crónico en su demanda y una anemia permanente en los salarios que ha impulsado la competitividad de su industria pero que empieza a despertar recelos incluso en Europa.

Una larga lista de economistas han alertado de los excesos de la globalización en los últimos años: Paul Samuelson, Paul Krugman, Alan Blinder, Martin Wolf, Larry Summers, Thomas Piketty y tantos otros expertos han subrayado que no todo son bondades. Trump ha elevado varias octavas el tono y prácticamente declara la guerra a la globalización. Europa responde con acuerdos comerciales de nuevo cuño, incluido el suscrito con Japón, pero tampoco ha logrado sustraerse a los nuevos aires que soplan. El presidente francés, Emmanuel Macron, reclama a la UE que proteja a la industria; hasta la librecambista Bruselas declara que Europa “no puede ser naíf”, y ya ha aprobado medidas para protegerse contra la competencia desleal, precisamente del acero chino, contra el que también dispara Trump.

El proteccionismo es un todos contra todos: no hay nada de eso, por ahora, en el tablero global. Pero la tentación está ahí. El mundo ya vio una vez el colapso de la globalización, en los años de la Primera Guerra Mundial, que derivó en la Gran Depresión y una segunda gran guerra. La globalización ha dado lugar a una gran prosperidad, pero está también tras fenómenos como el Brexit, el trumpismo y los populismos que aparecen aquí y allá. Toda esa tensión descansa sobre un multilateralismo superficial, el alza de la desigualdad en Occidente y los coletazos de la Gran Recesión. Y cristalizará en un G20 marcado por la lucha entre los defensores del libre comercio, con Europa a la cabeza, y los partidarios de recuperar ciertos mecanismos de protección, liderados por Trump: dos visiones del mundo cara a cara en Hamburgo, en pleno movimiento de placas tectónicas de la geoeconomía global.
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