sábado, 10 de junio de 2017

Se avecina el caos

El colosal error de May al convocar las elecciones sumado al colosal error del voto a favor del Brexit han condenado al Estado británico y a sus habitantes

John Carlin
El País
En la política, como en la vida, la tristeza o la felicidad dependen de las expectativas. El Partido Laborista británico perdió las elecciones generales de 2015 y su líder, hundido, dimitió. El Partido Laborista británico acaba de perder las elecciones generales de 2017 pero su líder, exultante, se siente más fuerte que nunca. Mientras, la líder del partido ganador, la conservadora Theresa May, se tambalea. Muchos especulan que es ella la que en poco tiempo se verá obligada a dimitir.


Todo tiene que ver con el margen de victoria. Nadie, pero nadie se esperaba este resultado cuando la primera ministra anunció elecciones anticipadas en abril. El consenso total en el mundo político británico, empezando por los diputados parlamentarios del propio partido laborista, era que los conservadores iban a ganar por goleada. No solo no ganaron por goleada sino que perdieron su mayoría parlamentaria. Por eso fue que, aunque los laboristas acabaron con 57 escaños menos que los conservadores, en circunstancias normales un desastre, el líder laborista, Jeremy Corbyn, se declaró “orgulloso” y pidió la dimisión de May, que sigue como primera ministra pese a que el resultado electoral ha sido un fiasco político y una humillación personal.

La confusión hoy es total; las posibilidades, muchas. May ha anunciado una alianza con los unionistas de Irlanda del Norte que le daría una mínima mayoría parlamentaria, pero ¿durará ella más de unas semanas al frente de un Partido Conservador en plena rebeldía contra su calamitoso liderazgo electoral? ¿Dimitirá May, entregando el liderazgo de su partido al payasesco pero erudito Boris Johnson, “Donald Trump con un Tesauro”? ¿Intentará Corbyn formar más adelante un gobierno de coalición? Y en tal caso, ¿con quién lo formaría? ¿Con el partido nacionalista escocés, que acaba de sufrir un revés electoral tan inesperado y tan desastroso como el de los conservadores, que a su vez ganaron muchos más votos de los previstos en Escocia?

Dada la dificultad que tendrían los dos principales partidos para gobernar ¿se celebrarán otras elecciones generales en el otoño, y quizá otras más unos pocos meses después, a la española?

Todo esto sería de interés meramente local, y ni necesariamente de gran trascendencia para los propios británicos, si no fuera por el hecho de que en diez días Reino Unido inicia negociaciones formales con Bruselas sobre los términos de su salida de la Unión Europea. La idea de May cuando anunció las elecciones era que el enorme voto de confianza que ella lograría se traduciría en una posición negociadora más fuerte frente a los europeos para poder conseguir lo que ella lama “un buen Brexit”. May se jactó una y otra vez durante la campaña (hasta el agobio de los votantes, como se vio) de que lo que necesitaba el país en este momento de tan enorme importancia para el futuro de todos los británicos era el liderazgo strong and stable, fuerte y estable, que solo ella era capaz de ofrecer. Le salió el tiro por la culata.

Hoy no solo es May la que se encuentra en una posición débil e inestable. Su colosal error al convocar las elecciones del pasado jueves sumado al colosal error del voto a favor del Brexit en el referéndum del año pasado ha condenado al Estado británico y a sus habitantes a un futuro más que incierto. Todo indica que lo que se avecina es el caos.

Pero en la política, como en la vida, todo cambia. A río revuelto, ganancia de pescadores. ¿Quién sabe? Quizá a la larga los británicos aprendan del trauma que padecen hoy; quizá, eventualmente, se celebre otro referéndum sobre el Brexit.
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