sábado, 10 de junio de 2017

Adiós al Brexit duro

May se reveló como una líder nada “fuerte” ni “estable”, sino floja y volátil, aunque despótica

Xavier Vidal-Folch
El País
¿Por qué Theresa May ha hecho el negocio de las cabras en esta elección? Por culpa suya, únicamente suya. Porque ha formulado propuestas retrógradas, como el impuesto sobre la demencia, un copago sanitario a los jubilados del que responderían hasta con su vivienda. Porque, bajo el lema tautológico y vacío de que “Brexit is Brexit”, ha enarbolado una de sus versiones posibles, la más dura y extremista, renegando del mercado interior (y de la unión aduanera) que el Reino Unido tanto contribuyó a configurar; y vehiculada además en tono agresivo contra los inmigrantes y los socios europeos.

Y porque se reveló como una líder nada “fuerte” ni “estable” —como recoge ¡el propio manifiesto electoral tory!—, sino floja y volátil, aunque despótica, con ocasión de los dos atentados terroristas: centrifugó responsabilidades propias (era la ministra de Interior que con David Cameron recortó dotaciones policiales) hacia la sociedad, presuntamente permisiva con el terrorismo. Y anunció limitaciones a los derechos fundamentales.

Con estas habilidades logró que le saliera el mal tiro de las elecciones por la culata de su propio poder, ahora jibarizado, como el de todos los eurohostiles. Pretendía arrasar logrando cien diputados más y se ha quedado con bastantes menos. Ni siquiera logró apropiarse de la fuerza del siniestro UKIP, que ahora felizmente se evapora al menos por un rato largo.

Y le costará formar Gobierno. Deberá contar en todo caso con los unionistas del Ulster (aún peores en estándares de extremismo). Pero bajo tortura: el pacto individualizado de cada medida y de cada ley. Y al precio de rebajar el Brexit de duro a blando, pues los correosos herederos de Ian Paisley tendrán como prioridad que la frontera con la vecina República de Irlanda sea también muy blanda: algo obligado por sus propios ciudadanos, los primeros interesados en mantener las actuales relaciones comerciales, escolares y personales con el Eire.

Theresa May se ha hecho un cameron, un arturmas, llamó a elecciones para ir a por lana y obtuvo unos resultados que la dejan trasquilada. Con la convocatoria pretendía (aunque implícitamente) cubrir el déficit democrático del referéndum, pues la ajustada victoria brexitera de hace un año no alcanzó ni la mayoría cualificada (del 55%) prescrita internacionalmente para el referéndum de independencia de Montenegro: el esperado gran triunfo electoral debía vigorizar esa exigua mayoría. Buscaba vitaminar la versión más extremista del Brexit, para la que no disponía de mandato terminante e indubitado. Y ansiaba aumentar su poder y su control de los conservadores díscolos, tanto para aparentar más potencia hacia afuera, frente a Bruselas en la inminente negociación; como para consolidarse hacia dentro, cercenando a la oposición laborista y eliminando toda contestación.

Nada de todo eso ha ocurrido. El desastre es apocalíptico. Será degustado con fruición en las capitales del continente. El Brexit duro queda tocado de muerte. Y Theresa May es una sombra de sí misma. Sombra, nada más.
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