lunes, 29 de mayo de 2017

Vil desprecio por la competencia local

José Vladimir Nogales
Por si quedaba algún escéptico, Wilstermann se encargó, el domingo, de confirmar con estruendo su fracaso en la competencia doméstica. Con una alineación patéticamente remendada, Mosquera echó el partido a la basura. No le importa nada. Ganar o perder es indiferente. Los puntos no sirven. Son una alegoría estadística, una banalidad. Sólo importa la Copa, el "Santo Grial", y en su búsqueda se embarcaron todos: jugadores, comando técnico y dirigentes. Una decisión no muy bien digerida por la afición, pero bendecida por la prensa partidaria, que admite todo y compra, sin rubor, el humo que le venden. Nadie cuestiona las decisiones del adiestrador peruano, ni cuando son conscientes de sus errores intrínsecos. El "gurú incaico" ha traído, con un aire despótico, un autoritario estilo de conducción que no admite críticas, cuestionamientos ni insubordinación. La disidencia ideológica, futbolística, espiritual, doctrinal o conductual merece la proscripción social o civil, el escarnio público. Así funciona el fascismo. Son enemigos los que se oponen, los que piensan distinto. Y son perseguidos, desprestigiados o acallados. Es por eso que las decisiones de Mosquera, aún las más infames, adquieren rango de ley. Sólo se acatan. No se debaten ni consensúan. Nadie las discute, ni el círculo directivo, aún cuando desprestigien al club.


Con esa aura de intocable, el técnico actúa con ilimitada discrecionalidad. No se inmuta ante el oprobio liguero, cuya responsabilidad le cabe a pleno por su insultante desprecio al torneo o por la sobreestimación de una plantilla de pobre calificación media. Abunda, en el espectro laboral, elemento de inflacionada remuneración. Mucho peón con calificación de torre y salario de alfil. Piezas sin rango en el campo de batalla, donde acreditan su desprestigio y el del club. Pero nadie objeta nada. Todos elogian el sofisticado plan de Mosquera y se alinean detrás suyo. Lo asimilan, aunque uno de los objetivos del proyecto descarrilara prematuramente por cierta miopía en la optimización de los sobrevaluados recursos. El plan de rotaciones (por preservar materia prima para la Copa) fracasó estrepitosamente, pero desnudó a la plantilla. Los emergentes carecen de gradación. No son equivalentes, en categoría, a los titulares. Pero, de acuerdo a la demagogia oficial, el nivel es parejo. Una alegoría comunista que equipara al proletariado en una masa amorfa, sin aristas que distingan a sus componentes. Una falacia impugnada desde la crítica y empíricamente demostrada en el campo (la unidad B encadenó tantas derrotas como infame fue el nivel expuesto), pero arrogantemente ratificada por el comando técnico mediante el controvertido uso de una retórica viperina, entregada a la desafiante negación de la realidad, pródiga en adjetivos salameros o ególatras. Se animó a calificar, el de Sucre, como el "mejor partido" jugado como visitante. Y eso que fue un prodigio de vulgaridad que, además, deja expuesto su proyecto, su profesionalismo. Presentar un equipo tan descosido, descoordinado, invertebrado, sin rodaje, falto de conceptos; le delata. No es nada serio componer un rejuntado de jugadores con el único y repudiable objetivo de cumplir con el calendario para evitar sanciones. Es evidente que, si pudiera elegir, Mosquera no se presentaría en la incordiosa competencia local. Es un fastidio. Por eso no le importan los resultados. No le sirven. Aburren.

Una vez más Wilstermann volvió a Cochabamba sin lograr los tres puntos. El conjunto rojo no pudo romper el mal fario que le persigue siempre que se desplaza lejos del Capriles. Y a pesar de conjuros en el vestuario, de exaltación de la dignidad, de la fe en las tradiciones y demás historias, sigue siendo un equipo fantasmal en la Liga, demasiado distante entre sus líneas, incapaz de imaginar media docena de combinaciones coherentes. Este Wilstermann se comienza a asemejar a una montaña rusa y nos vamos acostumbrando a sus subidas y descensos, en ambos casos, por lo general, vertiginosos.

Desde que comenzó la Copa Libertadores, Wilstermann planteaba dos incógnitas fundamentales: la Liga y la Copa Libertadores. El once titular se había demostrado, un semestre antes, capaz de ganar un campeonato y se sabía que, a pleno esfuerzo, el equipo resultaba bravo y competitivo. Sin embargo, sin fichajes adecuados, nada parecía resolver los problemas del fondo de armario. Pensar que los suplentes habrían crecido durante el segundo torneo de 2016 era un acto de buena voluntad y poco fundamento. Imaginar que la madurez bastaría para asaltar los retos pendientes resultaba de una inocencia celestial. En Sucre lo comprobamos. Falta banquillo, como se sospechaba, y la campaña liguera fue un fraude, tal y como se temía.

Los malos augurios comenzaron incluso antes del pitido inicial. Chávez no viajó y Álvarez entró en su lugar. El partido fue especialmente cruel con él. Desde la noble posición de segunda punta, Álvarez completó otra actuación absolutamente desquiciante. Cometió todos los errores posibles, los cómicos y los dolorosos, y si no salió condenado para los restos es porque jamás dejó de intentarlo.

Ya fuera un problema de ansiedad o de calidad, la culpa no es del futbolista. La culpa es de quien reparte becas en la alineación. Ni Álvarez ni Ayala (un defensor sumamente vulgar) están preparados para jugar en un equipo que sólo debería admitir la juventud excelente y que, en las situaciones de sequía, sólo debería permitirse la excepción de la cantera.

Pero tampoco basta esto para justificar la derrota. Es la estrategia la que conduce a Wilstermann a un callejón sin salida. Sin desborde por las bandas y sin más inspiración creativa que las ocurrencias de un Cardozo ególatra, el equipo se inclina irremisiblemente al pelotazo como fómula única.

Wilstermann no encontró soluciones. Continuó peleando y eso le alcanzó para rondar la portería de Robledo. Los movimientos de ataque adolecían de continuidad, eran arrebatos sin guión que terminaban demasiadas veces en el frenesí de Álvarez, un jugados entregado a los alardes y sutilezas técnicas cuando carece de una técnica elemental. Como un mago embustero, falto de trucos.

La receta de Mosquera y el vestuario resultó vulgar, propia de un equipo de cuarta, por mucho que intentara maquillar el resultado con un asalto final a golpe de corazón. Wilstermann quiso igualar el partido a pelotazos, con trazos largos de punta a punta para evitarse problemas en la zaga. Todo con tal de no perder la posición; ningún afán por gobernar el juego, por damnificar a Universitario, que se sintió cómodo ante su ilustre visitante. Al fin y al cabo, su vía era la misma. Del maltrato general a la pelota surgió un partido espeso, anestésico para cualquiera, sin chispazos, sin un mínimo alarde salvo el gol de Velasco (que retrató el endémico mal posicionamiento defensivo de los rojos). Para Wilstermann, sólo se trataba de no prolongar su agonía en la competencia doméstica (donde coquetea con el farolillo de cola), no perder como fuera, sin importarle un rábano el método. En realidad, nunca lo ha tenido, pero en Sucre aún fue más plano de lo habitual, expuso su versión más timorata, más mísera.

La defensa de Wilstermann volvió a dar miedo y por la zona izquierda, defendida por Ayala (stopper de una defensa de tres) y Aponte en la banda, llegó el gol de Velascó y un par de postreras acciones dilapidadas. Aunque no sirva para justificar los errores de los defensas, incluido Ayala, que completó otro partido mediocre, lo cierto es que la inédita zaga (que Mosquera improvisó, sin darle rodaje para conseguir coordinación) siempre se vio en inferioridad frente a los ataques de Universitario. De los centrocampistas no tuvieron más ayuda, y no fue mucha, que la prestada por Machado. La baja de Chávez fue otro contratiempo que debilitó aún más el sistema defensivo. No es que el argentino colabore en exceso en defensa, pero menos aún lo hace su sustituto Álvarez, un futbolista que siempre mira hacia delante y nunca para atrás (alguien debió impedir que Colombo navegase limpio en la acción que precedió al gol). Claro que nadie le fichó para defender.

El desastre para este remendado Wilstermann pudo ser peor, pero lo evitaron Olivares y el desacierto de los atacantes locales. El portero del cuadro rojo vive días inciertos y está lejos del nivel que nos llevó a considerarle un bastión del equipo. Tan acostumbrados nos tenía a paradas imposibles, que ahora que se ha humanizado tan de golpe nos tiene muy desconcertados.

La exigente Copa Libertadores puso en evidencia a Wilstermann, que se vio despojado de sus contados, pero eficaces recursos, en cuanto tuvo que tirar del fondo del vestuario. Con una plantilla muy desigual, quizá le valga para brillar en el torneo continental, pero la competencia local es un órdago que supera, ampliamente, a las austeras capacidades de su segunda unidad, que carece de trabajo, de estructura y de jerarquía. Pese a la envolvente retórica de Mosquera, quien asegura disponer, en la abundancia de efectivos, una pareja gradación; lo cierto es que la que está a su mando es una plantilla sumamente dispareja, sobrevaluada y renga. Universitario, un equipo poco organizado y con una partitura muy ensayada pero mal ejecutada, le propinó su enésima derrota sin gran oposición. Al menos el domingo, cuando los hombres de Daniel Córdoba siempre dieron la impresión de manejar mejor las entrañas del partido. Mucho mejor que en la ida, cuando al conjunto rojo sólo se le escapó el resultado. El duelo del Capriles (previo a la cita con Peñarol) nada tuvo que ver. Entonces como este domingo, Universitario se refugió cediéndole la iniciativa a Wilstermann, al que, corto de fútbol, primero le faltó intensidad y no le bastó con un arreón final. El cuadro de Mosquera nunca tuvo el control de la batalla (aún teniendo la pelota) y Universitario tocó mejor todas las teclas, sin grandes alardes, pero de forma muy precisa, como si hubiera programado la cita.

A Wilstermann le faltó mayor voltaje, organización, capacidad técnica, un ideario claro e imaginación, mucha imaginación. Mosquera prescindió de varias piezas fundamentales del mecano (cuesta entender por qué acude tanto a jugadores de comprobada incompetencia) y, sin algunas puntadas imprescindibles, el equipo se resiente más de lo que se le supone a una plantilla como la de Wilstermann, tejida con demasiados costurones. Álvarez, por mucho que fuera el más incisivo (no el más claro, ni el más prolífico), está a una luna de Ríos; la drástica depreciación de Ayala revaloriza aún más a Alex da Silva. Cuéllar más Ortíz no suman, siquiera, un entero. Obvio que con eso no alcanza para nada. El caso de los dos pivotes es el más sintomático. Ambos sufren en la orfandad de un esquema sin balance. Nadie colabora con ellos y, casi siempre, se ven superados en número por sus oponentes. Machado, de gran Libertadores, ha experimentado un deterioro en sus prestaciones. Se para mal, no recupera, pierde en las divididas y juega deficientemente el balón. No siempre, pero cuando ocurre se nota mucho. Saucedo se desprende bastante para conectar las invertebradas líneas de un sistema que se descompone según qué jugadores integren la formación. Sin un enganche,  el equipo pierde pase y profundidad. Saucedo intenta subsanar ese déficit, pero sin respuestas arriba. Frente a ellos, los volantes locales se sintieron complacidos. Con ellos, a Cardozo no le alcanzó para dar una puntada al juego, para encontrar aliados con los que dar carrete a Álvarez y Cabezas, dos atacantes con un singular talento para descomponer lo que des ofrecen.

Sin luces en el eje, Wilstermann tampoco encontró soluciones por las orillas, donde flotó, sin mayor trascendencia, Ruddy Cardozo. A Aponte le falta depósito para dominar él solo, al estilo de Morales, toda la vía izquierda. Morales, deficiente en el retroceso, ha visto degradada su virtud técnica, por lo que sus evoluciones por banda resultan todo menos útiles. Así, sin juego, sin plan, Wilstermann añadió otra derrota a su degradado palmarés, colocándose cerca del abismo. Pero, la crítica posición parece no importar a nadie. Es una anécdota.

El único gol del partido desnudó el deficiente posicionamiento de Wilstermann en defensa.
Colombo, defensa de Universitario, avanza si oposición desde su propio campo. Hasta más allá de la divisoria, nadie le sale al cruce. Detrás de Machado, que intuye el peligro e intenta frenar al rival, flotan rivales sin marca. La defensa se mantiene en línea, sin tomar marcas y sin escalonarse. Los laterales (Morales y Aponte) vuelven si marcar a nadie.
Superado Machado por la embestida de Colombo, la defensa (atónita y descoordinada por falta de trabajo) permanece inmutable, sin saber qué hacer. Dos rivales sin marca se muestran como opción de descarga.

Tardíamente, Ortíz sale para intentar la intercepción de Colombo, que encara libre buscando una descarga. Machado, superado, corre por detrás. Ayala no toma ninguna marca y descubre su espalda. Aponte no alcanza a cerrar.

Ortíz quedó a mitad de camino. Colombo entregó el balón a Velasco, que aprovechó la indecisión de Ayala para ganarle la espalda y enfilar hacia el arco, La defensa roja, vulnerada, corre hacia atrás, mirando hacia su arco.

Ayala, a paso paquidérmico, no consigue detener a Velasco, quien al entrar al área saca un disparo limpio, libre de obstáculos para vencer a Olivares. Atrás se observa a una defensa desguazada, que corre impotente hacia un final sin remedio.




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