jueves, 25 de mayo de 2017

¿Se puede ‘desinventar’ la bomba nuclear?

Las potencias atómicas creen que no es viable dar marcha atrás en la escalada de construcción de armas nucleares que se vive desde la Guerra Fría

Milutin Petrovic
El País
Corea del Norte realizó la semana pasada el enésimo ensayo con un misil. Unos días antes, unas fotografías de satélite mostraban avances en la perforación de nuevos túneles en el centro de ensayos atómicos de ­Punggye-ri. Funcionarios de inteligencia, citados por la prensa de EE UU, afirmaron que Washington estaría dispuesto a lanzar un ataque preventivo contra Corea del Norte si llegase a tener la certeza de que se dispone a realizar una prueba nuclear. El ataque con 59 misiles Tomahawk contra una base aérea del régimen sirio o el bombardeo de la facción del ISIS en Afganistán con el mayor artefacto no nuclear han sido interpretados como un aviso al régimen norcoreano. Por otra parte, el Consejo de Seguridad Nacional de EE UU ha propuesto al presidente, entre otras medidas, posicionar cabezas nucleares en Corea del Sur. Paradójicamente, en medio de este ambiente de tensión, representantes de la mayoría de países del mundo preparan una reunión para prohibir las armas nucleares (o al menos intentarlo) en la mayor conferencia de desarme de la historia.


Aunque ya ha habido encuentros preparatorios en marzo, las reuniones se celebrarán en Nueva York del 15 de junio al 7 de julio, y han sido propiciadas por la falta de resultados concretos tras dos décadas de negociaciones sobre desarme nuclear en el marco de la ONU. El encuentro cuenta, además, con el apoyo de 2.500 científicos de 70 países. Nadie cree que estas conversaciones puedan llegar a buen puerto, entre otras cosas porque no reciben el apoyo de ninguno de los nueve países que disponen de armas nucleares, pero el solo hecho de que se celebren es un símbolo poderoso y la señal de que la mayoría de los Estados siguen sin aceptar que la humanidad pueda destruirse a sí misma.

Su objetivo es incluir de nuevo el tema en la agenda internacional y abrir un debate que desde el principio de la era atómica parecía imposible: dar marcha atrás en el equilibrio basado en la destrucción mutua asegurada. Como señala una de las organizaciones que defienden las conversaciones, “es algo histórico, porque simboliza un cambio fundamental en la dinámica de poder detrás de las armas nucleares”. La resolución 71/258, aprobada en 2016 por las Naciones Unidas con el apoyo de 123 países, permitió la convocatoria de esta conferencia multinacional para tratar de prohibir “el desarrollo, producción, pruebas, adquisición, almacenamiento, transferencia, despliegue, la amenaza y el uso de las armas nucleares”.

Los países que son miembros oficiales del club nuclear, que son también los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido), y los Estados que disponen de la bomba, aunque no de forma oficial —Israel, Pakistán, India y Corea del Norte— se han opuesto con mayor o menor vehemencia a la conferencia. “No hay nada que yo quiera más para mi familia que un mundo sin armas nucleares, pero tenemos que ser realistas. ¿Hay alguien que piense que Corea del Norte prohibiría estas armas?”, se preguntaba la embajadora de EE UU ante la ONU, Nikki R. Haley. Por su parte, el embajador de Chile señaló en una reunión preparatoria: “Nos encontramos cautivos en la trampa fáustica de la disuasión nuclear”. Finalmente, todo se reduce a una lucha de poder. Algunos analistas opinan, además, que prohibir las armas nucleares solo abriría la puerta a la búsqueda de otra arma, quizás hasta más peligrosa.

El mundo actual no está
exento de un conflicto
nuclear. Una conferencia
internacional pretende
desmontar el discurso
del equilibrio del terror

El encuentro, resultado de años de esfuerzo liderado por países como Noruega, Austria, Suecia, México o Nueva Zelanda y de múltiples ONG, se produce después de la falta de resultados en las conferencias de revisión del Tratado de No Proliferación (TNP). Este acuerdo trata de frenar el incremento de este armamento, restringiendo y verificando el acceso de los países firmantes a las armas nucleares, mediante múltiples organismos como la Agencia Internacional de la Energía Atómica. Sin embargo, la realidad es que las potencias nucleares no tienen ninguna intención de reducir su capacidad nuclear, solo tratan de adaptarse a los nuevos tiempos, y todos ellos están llevando a cabo una modernización de su armamento, así como de los vectores (misiles, aviones, submarinos) que lo transportan.

Existe un amplio consenso entre los políticos y militares de los países nucleares y de sus aliados en que la disuasión funciona y en la irreversibilidad de los artefactos nucleares. Como señalaba el director del laboratorio de Los Álamos, Stephen M. Younger, “las armas nucleares no pueden desinventarse”. Otros autores, sin embargo, consideran que el conocimiento altamente especializado que poseen los diseñadores de estas armas solo podría ser replicado, en el caso de que ellos desaparecieran llevándose consigo ese conocimiento, mediante un proceso de aprendizaje similar a la invención original. Donald MacKenzie y Graham Spinardi, de la Universidad de Edimburgo, escribieron que “lograr el desarme nuclear de forma permanente y verificable es un problema político más que técnico”.

El mundo en que vivimos, si bien no son los años de plomo de la Guerra Fría, no está ni mucho menos exento del riesgo de un conflicto nuclear. Se calcula que, en la actualidad, el arsenal mundial está formado por 9.920 artefactos, repartidos principalmente entre EE UU y Rusia, con más de 9.060 cabezas entre las dos potencias. Las tensiones entre Pakistán e India son el principal motivo de preocupación. El régimen totalitario de Corea del Norte les sigue a la zaga. Su capacidad nuclear está demostrada, aunque algo bien distinto es la miniaturización de las cabezas, un paso necesario para soportar las condiciones extremas de un lanzamiento de misiles. El régimen trata de mejorar sus cohetes con el uso de combustible sólido, lo que permitiría un lanzamiento mucho más rápido que el de los actuales misiles de combustible líquido, así como desarrollar un misil intercontinental fiable con el que podría alcanzar cualquier punto del planeta. Por otra parte, como hicieron décadas atrás las potencias nucleares, Pyongyang trata de obtener armas de fusión, muchísimo más potentes.

El profesor de Yale Paul Bracken afirma en su libro Fire in the East: “Vivimos en una segunda era de proliferación nuclear masiva, donde, frente a un mundo bipolar con grandes bloques que se disuaden, tenemos un mundo multipolar con armas nucleares como elementos de protección y símbolo de estatus, que lo convierte en mucho más peligroso”. Qué lejanas resuenan las palabras del expresidente Barack Obama en su discurso en 2009 en la plaza ­Hradcany de Praga: “Así que hoy declaro claramente y con convicción el compromiso de Estados Unidos para buscar la paz y la seguridad en un mundo sin armas nucleares. No soy ingenuo. Esta meta no se alcanzará rápidamente, quizás no durante mi vida. Se necesitará paciencia y persistencia. Pero ahora también debemos ignorar las voces que nos dicen que el mundo no puede cambiar. Tenemos que insistir. Sí, podemos”. Desde luego, será el objetivo de los 123 países reunidos en junio en Nueva York.
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