martes, 30 de mayo de 2017

Los ultras de Irán maniobran para frenar la acción política de Rohaní

El ala dura del régimen responde a la reelección con advertencias y campañas de desprestigio

Ángeles Espinosa
Dubái, El País
El Consejo de Guardianes de Irán ha ratificado este martes la reelección de Hasan Rohaní como presidente desestimando las quejas de sus rivales electorales. El equipo del derrotado Ebrahim Raisí denunció irregularidades y pedía la revisión de tres millones de papeletas. Ese intento de deslucir el claro triunfo de Rohaní, con un 57% de los votos, hace temer que los ultras vayan a reforzar su resistencia a las promesas del presidente para el segundo mandato: más libertades sociales y profundizar las relaciones con el resto del mundo.


"Rohaní obtuvo los votos y es presidente, pero no consiguió la victoria (…) [porque los] logró según los criterios de la democracia, no de la democracia islámica”, advertía en un artículo Abdolah Ganji, el director del periódico conservador Javan, al día siguiente de conocerse el resultado electoral.

Es sólo un ejemplo de la campaña de desprestigio con la que los más recalcitrantes entre los principalistas han intentado empañar el éxito de Rohaní. Aupado por una coalición de reformistas, centristas y conservadores moderados, este no sólo va a tener que hacer equilibrios para tratar de satisfacerlos a todos, sino afrontar la dura oposición de un sector del régimen que a medida que pierde puestos electos (presidencia, consejos municipales y Parlamento), se aferra con más fuerza a los poderes fácticos.

El primer aviso ha llegado del jefe del poder judicial, el ayatolá Sadeq Lariyaní, quien ha advertido al presidente de que carece de autoridad para levantar “el arresto domiciliario”. El ayatolá Lariyaní no mencionó nombres, pero todo el mundo sabe que se refiere a los líderes del Movimiento Verde, confinados a sus casas sin juicio desde 2011. Su puesta en libertad es una demanda de los reformistas y aunque Rohaní ha evitado pronunciarse de forma directa, ha dado a entender que va a intentarlo. “¿Quién es usted para acabar con el arresto domiciliario?”, le ha espetado el jefe judicial.

Pero la prueba de fuego para el presidente va a ser la economía, que ya ha declarado prioritaria. Durante su primer mandato, y gracias al impulso que supuso el acuerdo nuclear, Irán ha pasado de la recesión a un crecimiento del 6,6%, reducido la inflación del 40% a menos del 10%, recuperado la exportación de petróleo hasta niveles previos a las sanciones y atraído 12.000 millones de dólares—10.800 millones de euros— de inversiones extranjeras. Aun así ha sido insuficiente para reducir el desempleo y extender los beneficios a todas las capas sociales, tal como explotaron sus rivales durante el proceso electoral.

Rohaní ha tomado nota. Por un lado, ha señalado la importancia de resolver los problemas de los más desfavorecidos. Por otro, consciente de que el beneficio del levantamiento de las sanciones ha quedado limitado tanto por las sanciones unilaterales de EE UU como por el proteccionismo interno y la falta de regulaciones homologables, ya durante la campaña anunció su deseo de trabajar para eliminar ambas trabas. Y ahí es donde los mismos que le han criticado olvidarse de los pobres, tienen interés en que fracase.

En lo financiero, la apertura al exterior y las reformas internas son las dos caras de una misma moneda. Atraer inversiones exige acometer una profunda reforma del sistema bancario y generalizar el sistema impositivo, para que incluya tanto a las fundaciones (bonyad), bajo control de los religiosos más conservadores, como al sector semiprivado-semipúblico (que los iraníes denominan jusulati, palabra inventada que podría traducirse como príblico), en el que se encuadran las empresas vinculadas a los Pasdarán, el poderoso Ejército paralelo. Es previsible la oposición de ambos estamentos.

“Rohaní tiene poder y apoyo popular, pero es insuficiente para cualquier cambio que toque intereses arraigados”, estima Luciano Zaccara, experto en Irán y profesor de la Universidad de Qatar.

En cualquier caso, el propio Rohaní ha admitido los límites a esas reformas mientras Washington no levante sus sanciones unilaterales. Durante el último debate electoral, se comprometió a trabajar para eliminarlas. Eso significa hablar de nuevo con el archienemigo EE UU y, como el mismo presidente dijo en su primera conferencia de prensa tras la reelección, que “el líder supremo asuma la responsabilidad”. Que consiguiera ese apoyo para negociar el acuerdo nuclear no garantiza que vaya a obtenerlo ahora, pero tal vez el mayor obstáculo no sean los ultras, sino la Administración de Donald Trump y su empeño en crear un frente antiiraní en Oriente Próximo.
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