lunes, 22 de mayo de 2017

La bomba que sacudió Italia

El atentado contra el juez Falcone, del que se cumplen 25 años, debilitó a la Cosa Nostra, aceleró la descomposición del país y allanó el camino otras organizaciones como la 'Ndrangheta

Daniel Verdú
Palermo, El País
Algunas vivencias colectivas activan recuerdos muy personales. En Italia nadie olvidará qué hacía pasadas las cinco de la tarde del 23 de mayo de 1992. Marco conduce hoy un taxi y esquilma a turistas incautos, pero entonces tenía 16 años y jugaba al ping pong con sus amigos en Capaci, el pueblo pegado a Palermo donde veraneaba. Oyeron la explosión, subieron a los ciclomotores y aceleraron por la carretera de tierra persiguiendo la columna de humo. Al llegar al puente de la autopista, encontraron tres coches destrozados. Cientos de metros de asfalto arrancado, la tierra del campo parecía labrada con sangre. La policía todavía no había llegado. Sucedió a las 17 horas, 56 minutos y 48 segundos. Él y sus amigos lo supieron luego porque el trueno quedó registrado en el instituto de Geofísica y Vulcanología del monte Erice. Un minúsculo movimiento para las agujas de un sismógrafo acostumbrado a la tierra nerviosa. Una sacudida histórica para Italia, que asistía ya a la descomposición de una era.


Aquel día el juez Giovanni Falcone quiso conducir al llegar al aeropuerto de Palermo. Su esposa, la también magistrada Francesca Morvillo, iba a su lado. Ninguno llevaba el cinturón de seguridad y con la explosión salieron despedidos. Murieron también tres escoltas. Desde el lugar donde saltó por los aires el Fiat Croma blanco, a unos metros del desvío hacia Capaci, puede verse la pequeña colina desde la que Giovanni Brusca, por orden de Salvatore Totò Riína, activó el detonador de los más de 400 kilos de trinitrotolueno (TNT) oculto bajo a carretera de Trapani a Palermo. En la torreta blanca, donde se escondió para tener mejor perspectiva, alguien ha escrito en letras negras bien grandes: No a la mafia.

Este lunes se cumplen 25 años del asesinato de Falcone, al que seguiría solo 57 días después el de su adjunto, Paolo Borsellino. Y su ciudad se prepara para celebrarles. Pero ni Palermo es como era, ni Italia se parece ya en nada. Aquellas bombas dinamitaron también los equilibrios de poder entre la mafia y un Estado que hacía aguas con el megacaso de corrupción Mani Pulite. La guerra desatada devastó al país, pero también a la Cosa Nostra, cuya represión permitió a organizaciones como la 'Ndrangheta aumentar su influencia y tejer una extensa red internacional.

Más allá de dar con la Piedra Rosetta de la mafia, la legendaria confesión de 329 folios que Falcone obtuvo de Tommaso Buscetta, el primer arrepentido —en realidad antes estuvo Leonardo Vitale, pero al oírle creyeron que estaba majara y lo ingresaron en un psiquiátrico—, el magistrado revolucionó el sistema de investigación desde su famoso bunker. La clave era el dinero, recuerda Luca Rossi, escritor y excelente cronista de aquel periodo, autor de obras como I disarmati, buen conocedor del juez y de su adjunto. “De ese modo llegabas a la organización. Él hacía mucho trabajo de oficina con las cuentas bancarias. Pero, además, tomó la decisión de formar un equipo de magistrados en el que cada uno lo supiera todo sobre el proceso. Si moría uno, los otros seguían adelante”.

La macabra filosofía del pool antimafia adquirió carácter de profecía autocumplida. Falcone era el escudo y, una vez eliminado, el resto supo que tarde o temprano se reuniría con él, recuerda el alcalde de Palermo, Leoluca Orlando. Él lo tenía tan claro que escribió un libro titulado Yo tenía que ser el próximo. El regidor, figura clave de la lucha ciudadana antimafia, está en plena campaña para ser elegido por tercera vez. Y como en los años de plomo, acusa de nuevo a uno de sus rivales de estar impulsado por capos de la Cosa Nostra. Ahora, sentado en la misma silla donde apoyaron el trasero regidores de la Cosa Nostra como Vito Ciancimino, Orlando habla de cómo a su mentor, el democristiano Piersanti Mattarella —hermano del actual presidente de la República— lo traicionaron desde su propio partido y lo asesinaron en 1980. Su lápida está en la entrada del despacho. No tiene dudas de la connivencia de la mafia y el Estado. Del balcón, cuelga una pancarta en apoyo al juez Nino Di Matteo, que investiga aquel turbio pasteleo de la trattativa (negociación).

La muerte de Falcone trajo el 41 BIS —el régimen carcelario que incomunica a los presos para segar su capacidad de mando y bajo el que hoy todavía permanecen 728 detenidos— y redujo a la Cosa Nostra (4.000 muertos desde su origen) a la mínima expresión de una organización más antigua que la propia Italia. Un espacio de poder que, según todos los informes de la Fiscalía Nacional Antimafia, ha ocupado la 'Ndrangheta, la organización criminal más poderosa de Europa. Pero en Sicilia nadie se fía. Aunque, más allá del fugado Matteo Messina Denaro, no queden ya grandes capos. Uno de los policías que participó en la caputra de aquellos hombres, recuerda así su austeridad. “Deteneníamos a tipos que vivían como pastores, si luz ni agua. Solo les interesaba el control del territorio, el poder les cegaba. ¿La cárcel? Les parecía un lujo poder ducharse cada día”.

Así cayó en 2006 Bernardo Provenzano, que llevaba 43 años fugado y dirigía la organización, desde su refugio en Corleone, a través de las notitas escritas a máquina que mandaba al exterior. Le cazó Renato Cortese, entonces jefe de la legendaria escuadra móvil y hoy superintendente de la policía en Palermo. Son las ocho de la tarde y llega con la escolta, cruza la puerta de su despacho, enciende una colilla de puro y se quita la chaqueta. Aquí es un héroe. “Aquella captura tuvo un doble significado. Militarmente, detener al capo dei capi significaba desestructurar la organización. Pero lo más importante fue el impacto que tuvo sobre la gente de Sicilia. Él era el inarrestable, el invisible, llevaba 43 años fugado. Para le gente era el mito de la invencibilidad. Cuando lo logramos, fue una liberación colectiva”.

El asesinato de Falcone y los años posteriores proporcionaron varias lecciones a los investigadores. La primera: cuando la mafia no mata, hace negocios. La segunda: el ruido y las bombas asustan al dinero. Lo puso en práctica Provenzano con la táctica de la inmersión. Había que esconderse e infiltrarse en las instituciones. Y la 'Ndrangheta, una organización todavía basada en lazos de sangre y mucho más implantada internacionalmente, tomó nota. “Hoy es potencialmente más peligrosa. Está más extendida en Italia y en el mundo. Pero la cuestión es: ¿La Cosa Nostra silenciosa porque está debilitada, o porque analizando su historia se ve que ha alternado fases silentes para hacer negocios? Hay que estar atentos, porque es una organización a la que solo le hace falta encontrar un cerebro para volver a ponerse en pie. No hay que bajar la guardia”.

El riesgo ahora en Sicilia, señala un alto mando de la policía en Palermo sorbiendo un café en la avenida Maqueda, procede de los excarcelamientos que ha habido en los últimos meses. Han pasado 25 años, para bien y para mal. Y muchos han cumplido su pena. Otros están a punto. “Estamos en una situación de transición. Saldrán más capos de la cárcel que acaban de cumplir condena en los próximos meses y hay que monitorizar la situación. Esto es como un cáncer, si te saltas una revisión puede volver a brotar”, señala. Se refiere a hombres como Tommaso Di Giovanni, Giulio Caporrimo y Giuseppe Scaduto. A la incógnita sobre el poder que conservan. La parte buena, sin embargo, es que en Italia todavía nadie ha olvidado qué hacía aquel 23 de mayo.
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