miércoles, 23 de noviembre de 2016

Primeros con la doble G

Los goles de Gameiro y Griezmann dieron el triunfo al Atlético, que llega a octavos como líder del grupo, a falta de la última jornada. El empate le valía con la derrota del Bayern.


Patricia Cazón
As
Cuando el Atlético saltó ayer al césped del Calderón lo hacía abrazado a dos realidades. La primera venía desde Rusia: el Bayern había tropezado en Rostov, había perdido. Vía libre para ser primero de grupo. Un punto bastaba para que el partido de Múnich pasara de infierno a, casi, amistoso. La otra salía directamente del vestuario. Simeone rebobinaba. Su Atleti volvía a antes del verano, al viejo Atleti, con Tiago como compañero de Gabi en el centro, ese doble pivote que tanta solidez y gloria ha dado. Eso sí, antiguo sistema, viejos vicios.


Porque sí, el Atleti salió con el aire guerrero de antes, intenso, roca atrás, con Carrasco moviéndose como una centella arriba, pero entre que Gameiro sigue como si se hubiera comido una de las galletas de la Alicia de Lewis Carroll (esas que convertían las cosas en miniaturas) y ve la portería como si fuera un hoyo de golf y que un cabezazo de Godín tras lanzamiento de Griezmann acabó en las manos de Zoet, todo ese aire se diluyó. Con Koke en la banda se gana solidez atrás, sí, aunque tenga que ser Griezmann quien rebañe los últimos balones para evitar ocasiones de gol. Así pasó en la contra de Pereiro, la más peligrosa del PSV: Godín resbaló y el último defensa fue el francés, siempre en todo. Qué futbolista.

Esa ocasión del PSV fue el comienzo de otro partido. De repente, el Atleti rebajó su línea de presión y se dedicó a esperar más que crear. El PSV tenía el balón pero no mordía. Salvo un codazo involuntario de Zoet que dejó a Willens tendido en la hierba, no pasó nada. O sí, bostezos.

Fue a los diez minutos de que la segunda parte comenzara cuando la portería recuperó su tamaño habitual ante Gameiro y se le espantó el horrible aire espeso. El francés, que había fallado otras dos fáciles, una clamorosa, tras pase picado de cabeza de Giménez (gran partido), hizo el gol en la más difícil, con un disparo cruzado, raso, cuando casi no tenía ángulo que tocó la base del poste y se fue a la red. En realidad, lo de antes no habían sido ocasiones falladas, sólo estaba poniendo las marcas en el área holandesa que le llevaran al gol. El pase, por cierto, se lo había dado Griezmann, el que siempre está en todo, el futbolista total. Si antes había evitado uno, ahora lo daba. En la siguiente jugada lo marcaría. El pase, de Tiago, que en la misma jugada robó y asistió. Llevaba un mes sin jugar. En cinco días hará un año que se rompió la tibia y ahí está, con 35 años dando un recital. La clase es eterna. La suya más.

Estaba el Calderón celebrando que otro signo del Cholismo había rondado el partido (Gameiro envió un balón al palo tras lanzar Koke un córner) cuando la sonrisa se puso a juego con la noche: congelada. Filipe se llevaba la mano atrás. Filipe, el insustituible. Filipe, ese que lo ha jugado todo, todo. Filipe se lanzaba al suelo (parece muscular) en el 79’. Fue la sombra de una noche llena de viejas sensaciones y buenas noticias. El Atleti dejó atrás la ciclotimia de la Liga. En Europa es otro. Y nadie pisa más fuerte que él. Simeone lo llama la senda de los alemanes, el insistir una y otra vez. Y es curioso: en este camino a Cardiff le sobra Múnich.
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