Guerra de cifras entre fidelistas y castristas

El legado de Castro divide tanto a los cubanos, que echan mano de estadísticas sobre la alfabetización o la producción de azúcar para criticarle o alabarle

Mauricio Vicent
El País
Fidel Castro y la revolución cubana pertenecen a esa categoría de cosas que están más cerca de las vísceras y del corazón que de la razón. Por eso se hace tan difícil hacer una valoración ponderada de su legado. Para sus detractores todo es negativo, nada se salva, incluso lo aceptado generalmente como positivo, como la universalización de la salud y la educación. Para los defensores del fidelismo, y no son pocos en América Latina y entre los más desfavorecidos, hasta lo inadmisible se justifica por razones de fuerza mayor —la supervivencia de la revolución—, y debido a ello incluso la crítica más inocente es catalogada de “contrarrevolucionaria”. Cualquier valoración de Fidel Castro que se haga, si es medianamente mesurada o incluye matices, satisface a pocos.


Cualquier valoración de Fidel Castro que se haga, si es medianamente mesurada o incluye matices, satisface a pocos. Este, quizá, es uno de los resultados más visibles del fidelismo después de casi seis décadas en danza: haber dividido a los cubanos y a la opinión pública internacional en dos bandos irreconciliables, el de los detractores convencidos y el de sus defensores a ultranza. En una cosa al menos coinciden ambos: la Cuba que deja Castro en muy poco se parece a la que recibió el 1 de enero de 1959.

Los adversarios del líder comunista se sirven de algunas estadísticas de la Cuba republicana para demostrar el fracaso de su régimen: en 1959, con una población de seis millones de habitantes, la isla poseía más electrodomésticos que cualquier otro país de América Latina y tenía más kilómetros de líneas férreas y mejores infraestructuras que cualquiera de sus vecinos, incluso más que su antigua metrópoli, España, que vio circular un tren y tuvo televisión en color después que La Habana.

En 1958, la producción de azúcar superó cuatro veces la alcanzada en las últimas zafras, que estuvieron en torno a los 1,4 millones de toneladas anuales, cifras increíblemente bajas. Antes de la revolución el peso cubano tenía igual valor al dólar, había seis vacas por habitante (hoy la proporción es de una vaca por cada seis cubanos) y el número de periódicos de tirada nacional superaba la decena (ahora solo hay dos, Granma y Juventud Rebelde).

Para los defensores de la revolución, los datos que cuentan son otros: antes de 1959 la mortalidad infantil era superior a 60 por cada mil nacidos vivos —ahora es de alrededor de 4,2—; la esperanza de vida al nacer era de 60 años para los hombres y de 65 en el caso de las mujeres —hoy se ha elevado en 15 años para ambos sexos—; la cifra de médicos por habitantes, uno por cada mil en 1958, es hoy de 7,7 por mil habitantes, esto es, uno por cada 130 cubanos, la más alta del planeta (5,4 por mil, si se restan los 25.000 médicos que cumplen misión en Venezuela y otros países del tercer Mundo); el 44% de la población en el campo antes no pisaba una escuela, ahora todo el mundo está escolarizado. Otro dato esgrimido por los revolucionarios es que, en una isla que supera ya los 11 millones de habitantes, las mujeres constituyen el 65% de la fuerza técnica del país.

Antes de la revolución, el 8% de los propietarios poseían el 70% de las tierras del país; en 2008, más del 70% de las tierras cultivables estaban en manos del Estado, aunque de nuevo se empezó a entregar la tierra a los campesinos debido a la ineficiencia socialista. Casi todo el tejido industrial de Cuba, unas 3.000 empresas, es también estatal, y los espacios para la iniciativa privada son reducidos, pese a su expansión en los últimos años debido a la apertura económica impulsada por Raúl Castro desde que relevó a su hermano en 2006 al caer enfermo. En 2016 el número de trabajadores por cuenta propia superaba el medio millón de personas, pero aun así representaba menos del 11% de la población activa.

Las reformas económicas que el Gobierno introdujo en los años noventa para paliar los efectos del derrumbe del campo socialista quedaron interrumpidas en cuanto pasó lo peor del Periodo Especial y Fidel Castro encontró un aliado incondicional en la Venezuela de Chávez, que llegó a suministrar a la isla alrededor de 100.000 barriles diarios de petróleo a precios preferenciales —la mitad de las necesidades del país—.

Pese a la “recentralización” decretada por Fidel Castro a inicios de la década de 2000, Raúl dio un giro considerable y abrió el país a un proceso de reformas económicas —controladas, es cierto, pero aun así las de mayor calado en medio siglo de revolución—.
Una mujer en La Habana, tras un cartel de Fidel
Una mujer en La Habana, tras un cartel de Fidel EFE

Para economistas disidentes y del exilio, Castro hipotecó el futuro del país y deformó la economía, primero “sovietizándola” y llenando el país de tecnología obsoleta, después haciéndola dependiente de los petrodólares de Hugo Chávez. “Eso”, decía el fallecido economista opositor Óscar Espinosa Chepe, “sin contar la pérdida de la cultura de trabajo, pues en Cuba todo el mundo se ve obligado a robar para sobrevivir ya que los salarios no alcanzan”.

Algunos sociólogos, aun reconociendo los males de la estatización masiva y la falta de estímulos inherentes al socialismo cubano, señalan como positivo el capital humano creado en el último medio siglo —los universitarios son más de un millón, un 10% de la población—. “Es el principal activo con que cuenta el país para el futuro”, según Rafael Hernández, director de la revista Temas, uno de los pocos espacios de debate que existen en la isla. La falta de una cultura de debate y de canales legales para expresar las opiniones divergentes, así como la existencia de un sistema unipartidista y de una prensa dócil y sometida a la “necesidad de unidad frente al enemigo”, son herencias envenenadas para el próximo Gobierno.

Un ex embajador europeo en La Habana, en un esfuerzo de equilibrio, señalaba como un “logro” no desdeñable de la revolución la consolidación de un pensamiento nacionalista cubano, presente no solo en los dirigentes sino en la mayoría de la población. Esto, en opinión del citado diplomático, “hará difícil después del castrismo un Gobierno entreguista de EE UU”, país que por historia y cercanía es factor decisivo en el futuro de Cuba, más ahora que Cuba y EE UU han decidido restablecer relaciones diplomáticas después de 53 años de desencuentros.

Los críticos del fidelismo aseguran que son demasiados los desastres que deja Castro: la economía destrozada por años de políticas voluntaristas y subsidios locos; los derechos civiles y las libertades más básicas cercenadas; y para más desastre, muchos de los problemas que fueron bandera de la revolución, como la lucha contra el racismo, sin resolver. Para los defensores del comandante, pese a todos los errores cometidos, la revolución supuso un salto histórico y un avance para Cuba, y aunque sea solo por ello y por su valor de referente en América Latina y el Tercer Mundo, la historia y el tiempo le absolverá.

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