martes, 29 de noviembre de 2016

El mundo árabe tiene que invertir en sus jóvenes si quiere evitar otra ‘primavera’

Un informe de la ONU alerta del riesgo de radicalización de las nuevas generaciones árabes

Ángeles Espinosa
Dubái, El País
El mundo árabe tiene que hacer más por sus jóvenes si quiere evitar nuevas protestas como las que se desataron en 2011. Tal es la conclusión del último informe de la ONU sobre el desarrollo humano en la región, dedicado a la juventud y publicado este martes. Con dos tercios de la población por debajo de 30 años, una tasa de desempleo juvenil que dobla la del resto del mundo y una educación desconectada del mercado laboral, el estudio alerta de que la región no sólo está desaprovechando su potencial de crecimiento, sino dando alas al extremismo violento.


“Los principales avances de las dos últimas décadas (como la reducción de la pobreza extrema y la escolarización generalizada) están amenazados hoy, debido sobre todo al aumento de la desigualdad y la exclusión social de los jóvenes. Los responsables políticos [árabes] no pueden seguir ignorando estos problemas. Las recomendaciones del informe son un aviso, antes de que la región se hunda todavía más en el conflicto y la marginación”, declara a EL PAÍS Jad Chaaban, profesor adjunto de Economía en la Universidad Americana de Beirut y líder del equipo de especialistas que ha elaborado el texto.

El estudio, titulado La juventud y las perspectivas del desarrollo humano en una realidad cambiante, examina los retos y las oportunidades que afrontan los jóvenes árabes, en especial desde los cambios que sacudieron a muchos países en 2011, durante la llamada primavera. Su objetivo es abrir un debate amplio con responsables políticos y las nuevas generaciones sobre el futuro del desarrollo de los países de Oriente Próximo y el Norte de África.

“No estamos proponiendo una política para la juventud, sino que se permita a los jóvenes decidir su futuro”, explica, por su parte, Adel Abdellatif, el coordinador del proyecto en el que han colaborado destacados académicos y profesionales del mundo árabe. “No basta con hacer una reforma, hay que dar la vuelta por completo al sistema”, resume convencido de que los Estados han fallado en sus promesas de proveer educación, sanidad y empleo.

El informe mantiene que “los sucesos de 2011 y sus ramificaciones son el resultado de políticas de varias décadas que han llevado a la exclusión de amplios sectores de la población de la vida económica, política y social”. Los autores hacen un delicado equilibrio para enviar a los jóvenes el mensaje de que las protestas plantearon las preguntas correctas, aunque no dieran con las respuestas adecuadas. Muchas de las observaciones de este nuevo análisis auspiciado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) suenan familiares a quienes leyeron los cinco anteriores, sólo que ahora se enfocan a los 105 millones de árabes que tienen entre 15 y 29 años.

El diagnóstico es que están “insuficientemente representados en la vida pública” y su marginación siembra las semillas de la inestabilidad. Mientras la edad media de los 350 millones de árabes es de 25 años, la de sus ministros es de 58. Esa exclusión es aún más acusada en el caso de las mujeres. Aunque se trata de la región del mundo con mayor proporción de jóvenes (y lo va a seguir siendo durante los próximos 20 años porque otros cien millones tienen menos de 15 años), sólo constituyen el 24% de la fuerza laboral (el18 % en el caso de las mujeres), el menor porcentaje regional.

A Chaaban le ha sorprendido que “el nivel de satisfacción vital entre los jóvenes árabes es el más bajo del mundo cuando se compara con jóvenes de otras zonas e incluso con países de similar nivel económico”, según confía en un intercambio de correos.

El panorama es desolador. Aunque la región árabe sólo supone un 5% de la población mundial, suma el 68,5% de las muertes por guerras, el 57,5% de los refugiados, un 47% de los desplazados internos y un 45% de los atentados terroristas, según cálculos de los autores con cifras de 2014. Los conflictos en Libia, Siria y Yemen han hecho retroceder 15 años el índice de desarrollo humano (IDH) en esos países. Las proyecciones del IDH para 2050 sitúan a la zona en el quinto puesto, sólo por delante del África subsahariana.

Ahmad Alhendawi, enviado de la ONU para la Juventud

“Pertenezco a una parte del mundo que en este momento está en caída libre”, admitía el jordano Ahmad Alhendawi, enviado del secretario general de la ONU para la Juventud y miembro del consejo asesor del informe, durante una reciente conferencia en Abu Dhabi en la que adelantó algunos de los datos del mismo.

Incluso antes de la primavera, durante la primera década del siglo XXI, los países árabes tenían “una de las tasas más elevadas de emigración de mano de obra cualificada”. Eso a pesar de que la región es rica en recursos y sus gastos militares per cápita son 65 % más elevados que la media mundial. Entre los árabes, uno de cada cuatro jóvenes está en paro (dos de cada tres en el caso de las chicas), frente a uno de cada ocho en el resto del mundo.

Alhendawi dijo que necesitan crear 60 millones de trabajos para 2020. “Nunca vamos a crear 60 millones de puestos de trabajo. Si somos afortunados, crearemos seis”, le respondió otro de los participantes, Yasar Jarrar, un consultor experto en nuevas tecnologías. El futuro que éstas auguran apunta al emprendimiento y el autoempleo, algo que requiere una formación para la que los jóvenes árabes no están preparados.

A pesar de los avances en la escolarización, incluida la de las niñas, “la calidad de la educación y sus resultados distan de ser competitivos”. Los estudiantes árabes, constata el informe, puntúan muy bajo en las evaluaciones internacionales en conocimientos científicos, matemáticas, lectura y habilidades creativas. “Es un motivo de preocupación a la vista de los requisitos de la sociedad del conocimiento”, constatan los autores del informe.

De ahí que propongan un nuevo modelo de desarrollo que empodere a los jóvenes, incluidas las mujeres, a través de una educación de calidad, oportunidades de trabajo, respeto de los derechos y libertades políticas y sociales, y en un clima de paz y seguridad. Reconocen que no se trata sólo de mejorar la situación de la juventud, sino de “un llamamiento a reconstruir las sociedades árabes de forma que garanticen un futuro mejor para todos”.
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