domingo, 27 de noviembre de 2016

El Atleti resurge en El Sadar

Godín, Gameiro y Carrasco hacen olvidar el varapalo en el derbi. Oblak paró un penalti con 0-0 y Tiago volvió a dar equilibrio al Atlético. Segunda derrota de Caparrós..


Patricia Cazón
As
Interior, vestuario visitante de El Sadar, mediodía: Simeone ha repartido ya papeles. Hay silencio: va a rodarse La vida con Tiago, capítulo 167. Un clásico. Sin embargo es como si se estrenara. Lo marca el calendario. Mañana (por hoy) justo hace un año que el protagonista se rompió la tibia y el Atleti se vio obligado a reescribir su guión. La vida sin Tiago duraría lo que quedaba de temporada. El spin-off de Simeone, Saúl, fue un éxito. Pero hoy Tiago ha vuelto. Sin hacer ruido, poco a poco. Gira de verano, cameos… Hace unos días grabó un piloto, Atleti-PSV, que gustó, gustó mucho. Devolvió al Atleti, además, audiencias pasadas. Hoy La vida con Tiago vuelve al prime time del fútbol: LaLiga. El escenario no es ideal, El Sadar, campo maldito. En el otro banquillo, además, está Caparrós, director experto en épicas.


Exterior, césped de El Sadar, tarde: los jugadores se reparten por el césped. En el centro, junto a Gabi, Tiago ocupa su sitio, como si estuviese pintado en tiza, a lo Dogville de Lars Von Trier. El balón rueda. El episodio 167 de La vida con Tiago comienza. Enseguida, quien toma protagonismo es Osasuna. Sale con ganas: primer segundo y un córner. En el 2’, la suerte le hace una mueca: Flaño despeja un balón a la cara de Tano, Grizi roba y cede a Gameiro que, solo ante Nauzet, la envía fuera. Tardarían los rojiblancos en volver por allí.

Osasuna quería acción y acción tuvo: en treinta minutos pasa de todo. El Atleti no termina de entrar y, en el 13’, tras una ocasión de Kodro que repele Oblak, el silbato de Mateu suena a thriller: en la misma jugada, Giménez había empujado a Riera en el área. Penalti. Lo lanza Roberto Torres, flojo y a media altura. Detiene Oblak, Míster Hyde en las tandas, Doctor Jekyll en los partidos. Ha parado cuatro de ocho, cincuenta por ciento. Aquí fue determinante.

El partido da un viraje: el suspense se mezcla con la bélica. Hay patadas, tarascadas, amarillas. Es imposible apartar los ojos del césped. Hay dos remates de cabeza de Giménez en área contraria que huelen a red, internadas constantes de Kodro, incansable, y también ocasiones claras falladas. Correa la tiene tras un robo de Griezmann pero en vez de picar el balón ante Nauzet se lo estampa en el cuerpo. Sigue la intriga. El suelo de los banquillos es un lecho de uñas mordidas: en el de Caparrós, quizá, por el recuerdo del penalti fallado. En el de Simeone, seguro, porque perder es dormir a 12 del Madrid. Un mundo. Un lío.

Entonces el Atleti resuelve. Dos minutos le bastan. Es lo que tienen las superproducciones. El primero es el 35’. Y de córner, viejo símbolo cholista: Koke lo lanza y Godín lo cabecea. El segundo es en la jugada siguiente, el 36’: pase al hueco de Correa para la carrera de Gameiro que, esta vez, en el mano a mano con Nauzet, no falla. El Atleti ya había hecho suyo el marcador. El control hacía varios minutos que lo tenía. Normal: Tiago había pedido el balón para darle pausa, equilibrio y sentido. Es lo que tiene La vida con él, que todo lo bueno que ocurre es porque siempre, primero, pasa por sus pies.

Exterior, césped de El Sadar, la tarde cae: los 45’ que quedan se hacen largos. El fútbol es horizontal. No hay ocasiones, sin embargo, sí un susto. De pronto Griezmann cojea. Es un instante, un frame que enseguida se va, pero asusta, asusta de verdad. Ante la falta de fútbol, Mateu pide foco y pita nada en dos manos de Osasuna en el área. La de Oier, bajo palos, es clara; la otra, de Unai García, también. Simeone mueve banquillo. Fuera Gameiro, Correa y Grizi. Dentro Saúl, Carrasco y Thomas. Aquel Atleti que comenzó la temporada jugando con cuatro delanteros ayer terminaba sin ninguno pero con gol. Lo hacía Carrasco, en el 89’, tras un regalo de Unai. La vida con Tiago no podía tener un final más adecuado.

Fundido a negro (aunque con Tiago sobre el campo ni es fundido ni es negro, sino todo lo contrario).
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