sábado, 26 de noviembre de 2016

Conmoción en el fútbol inglés por un escándalo de abusos sexuales

Varios exjugadores ingleses se atreven a denunciar la pesadilla que sufrieron con el 'monstruo' Barry Benell

Pablo Guimón
Londres, El País
Al “monstruo”, como Barry Bennell se definió a sí mismo ante el juez, le gustaban morenos, vulnerables y muy jóvenes. El pequeño Andy Woodward encajaba en el perfil cuando, con apenas 11 años, empezaba a destacar en los círculos del fútbol escolar de Stockport, a las afueras de Manchester.


Bennell, reputado ojeador de jóvenes promesas del fútbol en el noroeste de Inglaterra durante tres décadas, además de pederasta en serie, se fijó en el joven defensa. Le dio una oportunidad en el Crewe Alexandra, un club que juega en las categorías inferiores considerado desde principios de los ochenta un ejemplo de gestión de la cantera.

Woodward era un niño loco por el fútbol. Quiso ver en el Crewe el principio de su sueño, pero acabó tornándose en una espeluznante pesadilla de abusos sexuales que destrozaron su carrera y su vida. Un terrible secreto que contó a la policía en 1998 y que ahora, a sus 43 años, ha decidido hacer público, con la esperanza de que su testimonio anime a otros a denunciar un fenómeno que considera que va mucho más allá de un caso aislado.

El desarrollo de los acontecimientos parece darle la razón. Desde que Woodward contó su experiencia hace una semana en The Guardian, otros cinco exjugadores han roto su silencio para denunciar públicamente los abusos de Bennell. La policía asegura haber recogido, en los últimos días, más de una decena de testimonios de supuestas víctimas del entrenador. El escándalo trasciende al Crewe y Bennell no es el único técnico denunciado. La Sociedad Nacional para la Prevención de la Crueldad a los Niños ha activado una línea telefónica para denunciar abusos que, solo en 24 horas, recibió medio centenar de llamadas.

El secreto que carcomía a Woodward, y del que decidió zafarse el 16 de noviembre, es terrorífico. Bennell —a quien un compañero del Manchester City comparó con “el flautista de Hamelín” por la influencia que ejercía en los niños— violó a Woodward centenares de veces, más de las que puede recordar, entre los 11 y los 15 años.

El caso responde al patrón clásico del abuso. Vergüenza paralizadora, chantajes, amenazas físicas —Bennell resultó ser un virtuoso con el nunchaku— y psicológicas. En este caso se añade el fútbol como elemento de control: Bennell se encargaba de recordar a Woodward que, en cualquier momento, podía hacerlo desaparecer y el sueño que lo era todo para él nunca se cumpliría.

Su historia da un giro macabro cuando Bennell empieza a tener una relación con la hermana menor de Woodward, de 16 años. “Él era mucho mayor que ella y al principio no quería que la gente lo supiera, así que me dijo que no volvería a jugar a fútbol en mi vida si decía una palabra. Yo estaba muerto de miedo porque en ese punto ya ejercía un poder absoluto sobre mí”, recuerda en The Guardian.

Cuando la relación se hizo pública Woodward tuvo que ver cómo su abusador cenaba cada domingo en casa de sus padres, compartiendo risas y bromas en familia. En 1991 se casaron y el hombre que durante años explotó, manejó y abusó de Woodward se convirtió en su cuñado.
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Mientras tanto, su prometedora carrera futbolística se desvanecía, en una espiral de depresión y ansiedad. En más de una ocasión fingió lesiones para ocultar ataques de pánico. Ha intentado quitarse la vida, reconoce, hasta en diez ocasiones.

Cientos de menores

El temor de Woodward es que Bennell haya podido abusar de cientos de menores. Estaríamos ante un Jimmy Saville —el locutor de la BBC que, un año después de su muerte en 2013, se reveló como un depredador que había abusado de centenares de niños— del mundo del fútbol.
Woodward se siente decepcionado con el mundo que rodea al deporte con el que creció. Con esa venenosa cultura de que nada debía salir de las puertas del vestuario. “Durante todos esos años en Crewe, mucha gente hablaba de ello”, explica. “Otros jugadores me decían: ‘Seguro que te hace esto, sabemos que lo hace’. Existía toda esa bravuconería del vestuario. Pero después, fuera del club, nunca se hablaba de ello. Así es cómo funcionaba el fútbol. Nadie quería romper el círculo de confianza”.

Intentos anteriores de arrojar luz en los infiernos de Bennell, como un documental de principios de los noventa, han chocado con un mundo del fútbol cerrado en banda. Ni los mandos del Crewe ni la Football Association, organismo que rige el fútbol profesional inglés, mostraron disposición a investigar. El mundo del fútbol no estaba listo para escuchar entonces. Ahora, forzado por las historias de las víctimas, parece que no tendrá más remedio que reflexionar sobre cómo permitió que niños que soñaban con la gloria del fútbol fueran destruidos por monstruos.


El “monstruo” sigue sabiendo cómo asustar

La denuncia de otra víctima detonó una investigación policial que incluyó alegaciones de abusos en campamentos en España y Estados Unidos. Bennell, que tiene ahora 62 años, cumplió cuatro años de cárcel en Florida por el asalto a un niño de 13 durante una gira deportiva. En 1998 fue deportado a Reino Unido, donde fue condenado a seis años más tras admitir 23 cargos de delitos sexuales. En 2015 ingresó de nuevo en la cárcel para cumplir otra condena de dos años por abusar de otro niño durante un campamento de fútbol. Hoy, según la BBC, está en libertad y vive bajo el nombre falso de Richard Jones en Milton Keynes.
Incluso desde dentro de la cárcel, Bennell supo encontrar maneras para ejercer el control mental sobre sus víctimas. Escribió cartas a jugadores a los que había entrenado durante todos estos años. En ellas, no ofrecía explicación alguna ni daba muestras de arrepentimiento. Les pedía un favor: que le enviaran dinero por motivos que no explicaba. Y, de paso, les demostraba que el monstruo seguía sabiendo cómo contactarlos.
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