lunes, 28 de noviembre de 2016

Adiós, Fidel Castro

Un desfile popular de homenaje abre siete días de despedida al padre de la Revolución cubana

Pablo de Llano
La Habana, El País
Después del fin de semana de atonía que siguió al anuncio del viernes de la muerte de Fidel Castro, Cuba encendió hoy los motores de la despedida al tótem de la Revolución. A las nueve de la mañana, mientras soldados de las Fuerzas Armadas Revolucionarias disparaban 21 salvas de artillería simultáneos en La Habana y Santiago de Cuba, se abrían de par en par las puertas del memorial José Martí, sancta sanctórum del nacionalismo cubano, para que el pueblo entrase en fila a darle el último adiós al hombre que marcó sus vidas.


“Vine a cerrar una parte de mi propio duelo”, decía sollozando Nieves Carrillo, de 66 años, al salir del salón de tributo instalado dentro del memorial. “Aquí tiene usted a la bisnieta de una esclava que se llamó Tomasa Carrillo. Yo pude estudiar una carrera universitaria y como pobre, como mujer y como negra vengo a darle las gracias a Fidel Castro”. Niños en uniforme escolar, mulatas vestidas con las ropas blancas de la santería, adustos agentes del Ministerio del Interior, abuelas de pelo blanco como la nieve, los cubanos llegaban paso a paso avanzando en una larga fila que se perdía de vista, entraban al memorial, donde una guardia militar flanqueaba una fotografía de los tiempos de guerrillero de Castro, la miraban, rodeada de arreglos florales, y salían, unos pocos llorando, todos con cara seria. “Chico, son cosas tan grandes las que siente uno…”, comentaba al salir Eduardo Boullón, 84 años, con una gorra del batallón miliciano al que perteneció en los primeros tiempos de la revolución. “Yo soy un viejo que luchó contra los bandidos en los montes del Escambray para defender a Fidel y hoy se me salen las lágrimas. La nuestra fue una guerra muy bonita”. La urna con las cenizas de Castro no fue exhibida.

La Plaza de la Revolución, donde está el memorial, amaneció llena de gente impaciente por despedir en persona al cubano más relevante de la Historia, uno tan poderoso, tan presente, que para mencionarlo bastaba un pronombre: él.

El mismo que con su voz aguda e hipnótica, con su índice derecho trazando arabescos antiimperialistas en el aire, mantuvo miles de horas ante sí, ante el Comandante en Jefe, a generaciones de cubanos en la propia Plaza de la Revolución, escenario principal de sus cátedras de ideología soberanista y marxista. “Era solemne, hablaba con la palabras y con las manos. Pasamos momentos muy duros con él y respeto a los que lo critican, pero yo nunca le perdí la fe, y mire que soy atea”, decía Libia Salazar, de 53 años. “Recuerdo su voz y siento escalofríos”, se expresaba Consorcio Castillo, de 73 años.

La oposición da la espalda a los fastos

En las redes sociales, mientras el acto seguía su curso en la plaza, las voces opositoras de la isla han manifestado su opinión. “Todos los funerales de los tiranos son muy parecidos, solo hay que revisar un poco la historia”, ha escrito el activista José Daniel Ferrer, de la Unión Nacional Patriótica de Cuba. “La prensa oficial dice que hay pocas personas en la calle porque están recogidas en su dolor. Lo cierto es que hay miedo, mucho miedo”, ha comentado por su parte la periodista crítica Yoani Sánchez, directora del diario digital 14 y medio, censurado en la isla.Ayer las Damas de Blanco suspendieron su marcha de los domingos en La Habana.

En el mausoleo no estuvo la alta jerarquía cubana. El presidente Raúl Castro, de 85 años, que ahora, sin la presencia de su hermano mayor, deberá echarse a la espalda el peso del sistema en su incierta transición al siglo XXI, participará mañana martes en el que probablemente sea el momento más abrumador de la semana, cuando a las siete de la tarde dé comienzo a lo que el protocolo del Estado socialista anuncia como “un acto de masas”. Cientos de miles de cubanos, “quizá un millón”, aventuraba hoy un miembro del Gobierno, se apretarán en la explanada para darle el último adiós a Fidel Castro en la oscuridad de la noche.

Pero quedarán, todavía, después de la catarsis de mañana, cinco de los nueves días de homenaje. El miércoles las cenizas del revolucionario que un día caminó con botas militares al borde del cataclismo atómico serán acomodadas en un coche fúnebre para emprender un recorrido solemne a través del espinazo de la isla hasta llegar el sábado a Santiago de Cuba. Una ruta de doble implicación simbólica porque desanda la que hizo Castro con su columna rebelde en 1959 desde el extremo oriental del país hasta su entrada en La Habana, y porque en Santiago recibirá sepultura en el cementerio de Santa Ifigenia, donde se ha construido un mausoleo para él junto al de José Martí. El Apóstol de la Independencia de Cuba espera a Fidel Alejandro Castro Ruz para abrirle el portón de entrada al otro mundo. Si los muertos hablasen, la tertulia se prometería ciclópea. Como decía un veinteañero el fin de semana en el Malecón de La Habana, “tirando talla” –explayándose, en jerga cubana– “era tremendo Fidel, tanto o más que Martí”.

Este lunes, por lo tanto, ha comenzado el entierro del fundador de la Revolución cubana. Un entierro que durará siete días y siete noches. De tal magnitud será el último acto del Comandante. Pero este sin cuerpo. Este sin voz.
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